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15 M en serio.

27 septiembre 2011

Madrid.-El fiscal jefe de la Comunidad de Madrid, Manuel Moix, ha aprovechado este martes el discurso de apertura del año judicial en los tribunales de la región para hacer una crítica velada a las instituciones por su actuación ante los indignados del 15M y ha reconocido que hubo “tolerancia malentendida en general” frente a un grupo que ignoró “el principio primordial de convivencia democrática”.

Así lo ha manifestado el máximo responsable de la Fiscalía de Madrid en el solemne ceremonia de apertura de la actividad de los tribunales madrileños. Las críticas de Moix hacía la actuación de las instituciones han venido acompañadas de una defensa del Estado de Derecho en el que, según ha recalcado, ha de imperar “el acatamiento de la Ley y de las resoluciones judiciales”.
En sus palabras, el fiscal jefe de Madrid ha mostrado su preocupación por la “actual crisis institucional” debido a la desconfianza de los ciudadanos hacia las instituciones. Prueba de ello, ha hecho mención a “conductas como la masiva ocupación ilegal de las vías públicas, la obstaculización de la constitución de Parlamentos autonómicos o el impedimento a la ejecución de resoluciones judiciales firmes”, en alusión a los desahucios.
Al respecto, ha criticado que quienes protagonizan estos actos “exteriorizan su ignorancia acerca de los valores que deben inspirar la convivencia democrática”. “Y muestran su ignorancia del principio primordial de una convivencia democrática: ningún derecho, ni siquiera los derechos reconocidos como fundamentales, es absoluto”, ha aseverado.
Además, ha advertido de que “un proceder institucional que pudiera ser eventualmente interpretado como de pasividad, tolerancia o incluso simpatía con los infractores, dejaría traslucir una debilidad que acrecentaría la desconfianza, ya legítima, en las instituciones”.
Asimismo, ha alertado de que se debe estar alerta sobre “la inmoralidad que podría suponer pretender trasladar a la opinión pública la falacia de que es lícito y hasta bueno realizar actos ilegales al margen de los cauces establecidos por las normas jurídicas”.
Al concluir el acto, Moix ha señalado a preguntas de los periodistas en que en “una sociedad democrática no se puede ocupar la vía pública porque se quiera” y ha recalcado que hubo “tolerancia malentendida en general” por parte de las instituciones en su actuación para resolver esta situación.

El Cambio. ¿El Fin?

27 septiembre 2011

Es evidente que el mundo se acaba. Entre las profecías y las hipotecas, los políticos y los económicos -que salen muy caros- nos vamos a paseo. Por fin. Ha llegado la Apocalipsis, que es griega y femenina, como Artemisa, al contrario que el KGB,  masculino y soviético, como Putin, pero el caso es cambiar los géneros, ahora que están en guerra y es políticamente correcto.

-¿Y qué pasa con el derecho?

-Que está torcido.

Antes se ironizaba con el revés… del derecho. Lo facilón, con guasa. Luego se confundieron los términos, y pasamos a decir que la Justicia es un cachondeo.

-¡Ojalá!

Es como los principios de Thomas Jefferson, el antiesclavista que no daba libertad a sus esclavos, por el qué dirán. O como el hijo mentiroso del Evangelio, que no acude a la viña, aunque dice que sí a todo.

-¿Y de qué va esto?

-Ya llegamos. El cambio y el fin, el poder y la gloria, siempre dos cosas, Jano, el culo y las témporas, la dilogía. La Trinidad.

-No me líes. ¿Son dos cosas o tres?

Dos son compañía, tres son multitud. Paco el ingeniero descubrió la Trinidad y la trinidad en el trino de unas líneas, que se unen y separan como los esquemas de Escher, en planos imposibles pero ciertos. O sea como la lógica femenina y el pensamiento vasco.

El derecho es el esclavo, por eso me acuerdo de los últimos modelos en la nueva América, tan antigua. Los sureños eran mucho más civilizados, entendían de clases, y plantaban café, arroz y… tabaco. Ahora en las pelis dicen eso de que no maltratan animalitos, no se financian de las empresas tabaqueras y sólo hacen pornografía intelectual sana y democrática.

A Patacero, que se va con sus carguitos y sus euritos esto le da igual. Sus gobiernos han sido prototipos de la esclavitud del derecho a los amos económicos y políticos, entendiendo por éstos, claro, los intereses. No los generales, que son los buenos, sino los otros. Los de bando y bandazo. ¡Pobre Rajoy y su mayoría absoluta! Esta culebra tiene las escamas a la contra, y pases por donde pases la mano, te raspas.

-Pero siempre es así: ya lo han dicho muchas veces. Las normas pueden ser injustas. Pero deben cumplirse.

-Por eso me acuerdo de Paco el ingeniero, humanista y tenor. Mi otro amigo, el de Chinchón, es churrero, talabardero y músico particular. No sé si sería buen novio para la condesa, ahora que los aristócratas ligan de la plebe.

-Estoy hecho un lío.

-Pues desenrosca: como abogado, tengo que perseguir la aplicación de la ley, en la forma más ventajosa para mi cliente. Sin considerar que sea o no justo. Como jurista debo analizar las normas para denunciar su desviación de la justicia, en ese contexto de los principios del bien y de la correcta distribución. Y como humanista debo rechazar las leyes injustas, de manera terminante, denunciando tanto a los emisores de las mismas como a sus inductores y a quienes las aplican. Remember nazis, y tantísimo ejemplo, desde el bueno de Hammurabi.

-¿Y puede darse en una misma persona esa confusión?

-Ahí está. Debería. Siempre que no sea magistrado con pretensiones de ascenso o prebenda. O torticero.

Es la trinifrenia, porque nos parte en tres. Un poco de lo de Zubiri: la parte psíquica, la somática y la espiritual.

-A mandar. Oiga, ¿y eso del fin, con mayúscula?

-Vaya usted a saber, a estas horas…

BILDU se cisca en el T.C. y Rucalbaba les lame el culo.

15 septiembre 2011

No hay papel higiénico suficiente para limpiar la inmundicia con que Bildu ha ensuciado Alsasua. La burla nazi de los delincuentes etarras -o sea, de los asesinos cobardes que ya no necesitan matar porque tienen la pasta gansa del Estado que aborrecen- les retrata, cerdos sin gracia, escoria inmunda, alabada por desechos humanoides con vara de Alcalde y piara de acólitos. Las risas de los palafreneros de ese gran cabrón, la bestia que entre todos construyen, se atraganta el día de San Juan Crisóstomo entre quienes aprecian la palabra como expresión del ser humano. Pantomimas y falso humor, desfiles de acomplejados ratones, castrados paladines de ratas oscuras, tenebrosos festejos en la maravillosa tierra de Sancho Garcés, hijo y padre de García. De eso hace sólo más de mil años.

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XXI. Capítulo XX.

15 septiembre 2011

 

-XX-

 

 

 

 

 

 

 

Nec quae fugit sectare nec miser vive;

sed, obstinata mente, perfer, obdura.

 

                                                                       Hoy he conocido ese aliento inevitable, la soledad. Lástima que mi naturaleza no sea tan generosa como para extraer de esa presencia conclusiones atrayentes, pues todas las he reducido al enfrentamiento con mi vanidad de hombre. Todas menos una, en la porción de verdad que pueda existir en el amor. Si es que se puede hablar de este sentimiento. Yo había reducido mis horizontes al sexo, y siendo éste tan elemental y primario, daba por suficientes los escasos argumentos, que utilizaba -esa es la palabra- para la conquista: arrebato, regalo, verbo, ilusión… Pero al mostrarme silencioso y rutinario, el encanto que pudo existir desapareció, y con ello el atractivo. He sido rechazado. Y me siento herido menos en mi amor propio de hombre que en mi convicción de la propia torpeza; desatino groseramente, pretendiendo ser encantador. Mi fascinación es una sombra de la autocomplacencia o de la ilusión. Aunque tal vez esto forme parte del otro rito, el elegido por ciertas mujeres, que se rodean de barreras para justificarse. No seré yo quien se desnuque para saltarlas, pues no pienso esforzarme más allá de lo habitual: galanteo, farsa, requiebro, y alguna prenda. Es la servidumbre del garañón. Pero me resta la amargura de este pensamiento, e incluso la duda, acerca de la naturaleza residual o trascendente, y es que he vislumbrado el gesto de amor, ante el que no existen trabas. Solo que también este dios ciego y azaroso es parte del destino. Y caprichoso como inmaduro y como feliz. Su mayor encanto es tal vez su inestable y grácil versatilidad, su pasajera sombra. Por eso, no alcanzo a comprender mi tristeza, que además carece de sentido en el ámbito de la asunción del destino en que creo, y que excluye la melancolía, arrojándola en brazos de los insensatos y de los ateos. En suma, carezco de respuestas adecuadas para todas las situaciones, pero ese no es motivo de encono contra mí mismo, ni de repulsa frente a la situación; eso es una consecuencia de la naturaleza del hombre y las cosas, y parte de la vida escrita en las estrellas. Como el dolor, difícil de describir pero necesaria e inevitablemente reconocible. Nada existe tan directamente  en su totalidad como el dolor físico; nada excepto la angustia, que es aún más dolorosa porque anula la fuerza misma del cuerpo, y con ella también sus debilidades, de tal suerte que poco importa

-es secundario al menos- sufrir en la piel, ya que el dolor del alma invade los íntimos recodos de la mismidad, sin resquicio para la conmiseración o la autocompasión. No es que haya nubes grises, ni depresión del ánimo: es que no hay ánimo y todo es gris humedad. De ahí se deduce el error en la perspectiva, pues nada puede justificar la tristeza salvo alcanzar la conciencia de la miseria ajena y la permisión de su estable permanecer, como propio de la vida. Por eso cuando he intentado abrazarte y te has apartado de mí diciendo “no me toques”, he sentido escalofríos, y una íntima sensación de miseria, no por mí, sino por tu pobreza de espíritu, que no alcanza más allá de la estupidez. Apenas durante un segundo me he visto pequeño y avergonzado, por tu hipócrita “posse”, tan artificiosa como un batallón de húsares. Se me ocurre que el mejor tratamiento a semejante artificio será no la ficción de la conquista, sino la indiferencia, el desdén, que surtirá efectos al estilo homeopático, por la simpatía de los afines, y más que por ti, lo digo por la enseñanza, para el futuro, ya que en esto de los juegos de galanura hay que ser avispado y veloz, pues la oportunidad se agosta en el punto de un santiamén, y sólo retorna en trasuntos de nuevos afanes, como los rayos, distintos, aunque tan parecidos, del sol filtrándose a través de los ramajes tendidos en el techo de los bosques. Quiero decir que ya he aprendido, sé qué hacer, y no vale la pena perder ahora tiempo contigo, sólo en mérito a la vanidad -incluida en retozo previsto- así que te folle un pez, que tiene frío y húmedo el miembro, a ver si consigue, también por magia homeopática, acabar con tu frigidez, y por paradoja, con tu sequedad, que pareces la higuera maldita, estéril, maltrecha, huera… Sólo bien provista -y a conciencia, vive Dios- en lomos y caderas, pues tienes un par de nalgas que valen sus curvas en azafrán y platino… Pero la más profunda impresión sobre el lienzo en el que están perfilándose los rasgos de mis paisajes íntimos, ha surgido de lo inesperado. Yo había salido del cuarto caliente -lo llamábamos así por su proximidad a las calderas, que lo mantenían siempre tibio- y después de caminar unos metros, escuché a través de la puerta de un dormitorio, un rumor apagado. Me detuve, escudriñé la penumbra, y os vi allí, frotándoos los sexos, chupándoos con pasión animal -la misma que yo empleaba- hartos de desnudeces y de sobos, ajenos a mi presencia; atónito, a punto de marearme, comprendí que te quería, o, tal vez que el amor total, visto desde fuera, como espectador, es terrible como un ejército en desbandada: al menos en combate cabría esperar una ordenada lucha. Sí, me parecía irreal, lleno de brutalidades, sentí asco y un desgarrón inmenso en mi ser; creía que la metamorfosis se adueñaba de mí cuando miraba aquellos cuerpos enlazados, para quienes yo no existía, e intuí, una vez más, la decadencia de las ideas que se constituyen sobre el convencimiento de la verdad, sobre la firmeza de lo estable… Nada, ni la creencia misma de la duda, permanece sin que pueda alterarlo la vida, y menos aún si lo roza una mujer. Toda la insignia mitológica me asaltó, y ,entendí el por qué de las traiciones, las infidelidades, los quebrantos, las torturas, y sobre todo, la razón de los históricos eslabones que constituyen la cadena de la hembra. Comprendí, sí, que la única segura y fiel es la difunta, y que ni el cinturón de castidad ni el refranero pueden dominar la violenta voluptuosidad de Juno, de Mesalina, de Cleopatra… Lo curioso es que tenía la impresión de estar contándome argumentos que ya conocía, pero me resultaban nuevos porque, ahora, me sucedían a mí; yo era el protagonista, y, quisiera o no aceptarlo, un miembro más de la cofradía de los cornudos. Porque cornudo se es con independencia de la edad, o del estado civil; basta que tu hembra te la pegue, en una u otra forma, y eso es lo que estaba sucediendo. Además de aquella repugnancia -que me provocaba náuseas físicas- sentía un hondo vacío espiritual, como si el horizonte se hubiera esfumado dejando una nota al borde de un charco maloliente: “No volveré”. Y no volvió. Al menos como antes de despertar a la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XX. Capítulo XIX

15 septiembre 2011

 

 

-XIX-

                                                                       O dei, reddite mi hoc pro pietate mea.

 

                                                                       Este hombre me dice que le cuente y yo le cuento. Sucede sin embargo que algo debe ir mal, pues su rostro refleja asombro, y más aún perplejidad y todavía más estupor y escándalo… Está asustado, de tal suerte que el miedo le posee, como si estuviera en presencia del diablo. Pero en este lance, eso a mí no me importaba nada; incluso puedo estar imaginándolo. Debo estar fatal, pues me han ungido los óleos y escucho a las plañideras. Recoño con la costumbrita. Mi anillo… Tal vez me corten el dedo, pues no creo que salga solo. Estoy muy gordo. El rubí debe valer una fortuna. Tal vez ponga esa cara porque yo nunca he sabido contar bien las cosas. Pensarlas, sí, y con detalles, que recuerdo o imagino minuciosamente, pero transcribirlas, no. Parece que cambia todo según voy narrándolo, y que incluso yo me trasmuto y vengo a ser distinto, dejo de ser yo mismo, no sé… Creo que es falta de capacidad expresiva, o desorden en la comunicación, como si la realidad se escapara a su propio albedrío, ingrediente de la perspectiva que ofrece un segundo antes de traducirla en palabras. Además, me duele la cabeza; los ojos exactamente. No sé si veo o imagino, aunque si sé que me molesta la luz. A ver… sí, aún me la noto. Algo fláccida, pero no, responde como siempre, ya está engordando. ¡Qué pillastre de pito! Tendría que hacerle un homenaje, ofrendarle, por ejemplo, una docena de capullos, claro,  asar un par de huevos en loor de Príapo. Ya sé que no es un dios, pero, estaba siempre empalmado, como corresponde, y eso ya basta para justificar el sacrificio. Yo confundía a Príamo, el de Troya, pobre, con Príapo, el de falo antonomástico. Priápico, priapismo… Una vez me aticé con cierto mejunje, y estuve dos horas tieso, acabé escocido hasta el rabo. Ya no me quedaba ni sudor. Cogí tal manía a la elementa de turno, que al verla en días posteriores, me entraban náuseas. Para espantarla -porque, claro es, me tenía ganas- la trataba como a puta rastrojada, pero quiá, ya se sabe, la mujer como la mula recula, y si peor la tratas, mejor te paga; mímala, y te hincará el aguijón, pínchala tú y lo esconderá para otro más suave. Le dije a Raquel que sus pestañas eran como alas de palomo, y se reía moviendo los ojos y formando un dibujito similar al de las tetillas cuando dejan las axilas, pero en las comisuras de los labios. Le brillaban los pómulos como el cristal, o como nieve reciente, como la luz que va surgiendo o cediendo al día -la de la noche, que es de gris plateado, ese gris con más color que el arco iris-. Aunque he follado a lo bestia, tenderse, palpar y arremeter, sólo he podido amar cuando también amaba el rostro. No sé si es espejo del alma, pero para me significa el comienzo de un camino feliz. Raquel gruñía cuando le mordisqueaba la nariz, le chupaba la oreja, le sorbía la barbilla… Y yo disfrutaba aún más estimulado por sus grititos sofocados. Este hombre palidece aún más. Le contaré, pues, algo que revele mi auténtico interior, ya que no debo parecerle bastante sincero. En casa del herrero cuchillo de palo; los clérigos no sabemos confesarnos, un sacramento que es como una lavativa, y el confesionario, receptáculo de la mugre, como el excusado. Ahí se vomita y evacua, para dejar en paz la conciencia. Aunque yo nunca lo he comprendido en su globalidad, sino como simple medida de higiene…

Dos noches después de mi llegada de viaje -había ido a visitar a mi abuela, gravemente enferma; al acercarme a besarla, deslizó en mi mano un papelito, con nada menos que quinientas pesetas, y me miró con cierta picardía. Le hice un soneto que comenzaba: “Manos finas surcadas dulcemente, por mil sendas de otoños apagados, sereno el rostro, los ojos bien alzados, el alma grande y el corazón caliente- nos citamos, con harta temeridad, y yo penetré a las cuatro de la madrugada en su habitación, tras recorrer pasillos y abrir puertas, llevado sin ruido por ángeles del mal. A pocos metros, casi al alcance de la mano, dormían monjas y otras chicas. Yo estaba seguro de que en el universo sólo importaba aquello, y en aquel instante, así que sin negar que tenía el lógico temor a ser descubierto -y a que se acabase el festín para siempre- actuaba con seguridad y aplomo. Me deslicé a su lado; la cama chirriaba como carretón astillado, y era tan pequeña que no cabíamos uno junto al otro. Me coloqué en determinada posición, y comprobé que olía a lavanda y jazmín, y que sus ingles estaban frescas. Me decidí a probar aquello que vi en su momento, y que el aroma rezumón de los papos resudados me había vedado hasta entonces. Mi lengua tropezó con el clítoris, y lo excité con ansia. Raquel dio un respingo, abrió sus muslos, deslizó hasta más arriba de sus pechos su camisón de noche, que era más bien un trapo ligero, sin encajes ni perifollos. No pude evitar el pensamiento de traerle uno de mi casa, ya que ni mi madre ni mis hermanas lo notarían. -”Así lo haré”, me dije-. Aquel gesto suyo me enamoró completamente: la diosa se rendía sin lucha, ofreciéndose en inmolación al sacerdote de Cupido. Y con el nervio se disparó la verga, acertando justo en su boca entreabierta. Y allí fue el delirio. Todo ardía. Mi semen deseaba inundar aquella garganta que le llamaba con fervor, pero mi sensibilidad, o mi intuición, se resistían a dejarlo ir. Los dulces pliegues rosados temblaban, al contacto de mis labios, y el ojal de seda se hizo eréctil y vibrador con mi lengua próxima, succionadora como pico de oso hormiguero en faena. Pronto y a mi pesar, saqué de sus cunas a los niños perversos, y puse el mío en su lugar de natura, ya tan preparado que sobraba espacio y las paredes apenas presionaban el cilindro. Froté pubis con pubis rabioso y ausente ya de ternura, para derramarme al tiempo que las naves de Raquel, cargadas de especias orientales, arribaban al mismo puerto. ¡Y luego dicen que no hay palabras que expresen el agradecimiento! Para descubrir la pasión, para eso, sólo existe el verbo iluminado.

 

 

 

FRisgas y matracas. (No-velas). Entrega XIX. Capítulo XVIII.

15 septiembre 2011

-XVIII-

                                                                       IL y a un peu de folie

dans la manière de voir

de toute cette famille…

 

(Stendhal. Le Rouge et le Noir),

 

                                                                       Cuando mi abuelo organizó aquella partida yo apenas me afeitaba, y eso por presumir de hombre. Se reunían en la parte trasera de su gabinete, que formaba un acogedor saloncito decorado con divanes y cortinajes al estilo árabe. Mi abuelo había construido en el jardín un pequeño monumento al autor de “Las Mil y Una Noches”, y decía que si era un solo hombre, merecía gozar tanto como si fuera mujer, y si eran muchos, se merecían igualmente el monumento por haber narrado sin más cortedades que las impuestas por la ablución oral al Profeta y las invocaciones piadosas -y rituales, como el carraqueo búdico o el paso de las cuentas- hasta Alá, las aventuras de hombres y mujeres en el más noble ejercicio de su naturaleza. Mi abuelo odiaba intensamente la hipocresía, aunque tal vez podía permitirse ese lujo, ya que sólo a los ricos se les permite ser groseros, y sus impertinencias se califican como humoradas e incluso como muestras de vivo ingenio. Se reunían periódicamente a jugar, y lo hacían con tanto ahínco que a veces estaba sobre el tapete verde una finca, una casa e incluso una mujer. Mi abuelo se había jugado -y perdido- media docena de herencias, recibidas a lo largo de cincuenta años. “Hijo -me decía- no lo olvides: un hombre inteligente de verdad, jamás podrá ganar en el juego”. Yo no lo entendía muy bien -aún ahora no sé si me lo comentaba por simple ironía, o tal vez trasladando la clave de que no suele ganar -ni perder- quien no juega, signo de inteligencia-. “No se trata de apalear millones, que bienvenidos sean, sino de apalear azares, y combatir destinos, a ver si nos convencemos de una puñetera vez de que todo está escrito”. Les servían copas, dulces y comida, a veces varias mujeres jóvenes que traían desde los pueblos próximos, o eso decían. Una tarde, sin embargo, cuando bajaban del coche, oí a mi abuela decir, recriminando a las chicas con su mirada: “Ya está aquí el carretón de putas”. Y el tronco estaba formado no por vacas, sino por mulos, así que el calificativo sólo podía dirigirse a las escanciadoras del vino de mi abuelo y sus amigos. Cuando algún miembro de la familia le caía simpático, mi abuelo le invitaba a una partida y luego, si es que terminaba, durante dos horas le contaba historias de miedo, o le censuraba acremente su frialdad con la heráldica. Como mi abuelo tenía un aspecto físico sumamente atractivo, se le achacaban más aventuras amorosas que las reales -lo contrario de lo que sucedía conmigo, merced a mi pinta desastrosa- pero fue un experto en otros juegos, y éstos pasaron casi desapercibidos, porque la gente sólo ve lo que desea, y aplica los juicios según gusta y no conforme es de verdad. De aquella partida saqué yo buenas enseñanzas, es decir, que para el jugador hay un punto débil en el que todo se consigue si se intenta a su costa. Y que jugar es perder. Llevo perdiendo desde entonces -salvo ráfagas inesperadas- y de todo me han sacado en el momento de debilidad al que me he referido. Como Cristo dijo de los levitas, “haced lo que ellos digan, pero no lo que hagan”. Soy un pésimo seguidor de mis propias normas, y de las miradas esquivas, que me producen mareos y picores, como las salas atestadas y las pechugas de las pelirrojas, claveteadas de setas pecosas. Es una de las características de mi personalidad, atenta al detalle y olvidada de las esencias. A aquella partida, con mi abuelo y mi hermano, asistían dos aristócratas amigos de la familia, y algunos residuos sanos de la política -creo que otro par de diputados- además del inevitable ricachón, carnada para los demás, muy a su gusto. Mi hermano mayor puso en el tapete sus rentas, y el abuelo me hizo entrar en el juego. Saqué mejor carta, y así gané, contra nada, el mayorazgo. Ignoro cómo se lo explicó después a mi padre -se encargó el abuelo de ello- pero nadie me dijo una sola palabra al respecto. Noté un cambio, al principio suave y paulatinamente superior, de la conducta de todos hacia mí: yo había pasado a ser el futuro marqués de la Pineda. La primera vez que me di cuenta de la verdad de tal situación tenía en mis brazos a Raquel, o tal vez lo soñaba, pero sus manos me parecían las manos de una paloma cuando acariciaban mis mejillas ardientes, y sentía la fuerza de una estirpe en los miembros. Si llego a creer de verdad en los genes y en las familias, y en los títulos, hubiera satisfecho a cualquier virgen frígida. De ese talante deben sentirse los garañones de saco lleno o espalda cubierta cuando acometen a las busconas simuladas, y las criaditas apetitosas. Yo desde luego, me encontraba en un estado de autocomplacencia inexpresable. Canturreaba en los paseos, respiraba hondo, y hasta adelgacé un poco. Creo incluso, que, estaba más guapo. Un día me descubrí dibujando en las servilletas garabatos parecidos a la corona del título, con mis iniciales a su alrededor. Sólo entonces comprendí, y no lo sentí en absoluto, que mi precio era pequeño, y mis ambiciones escasas. “Soy un cerdo de la piara de Epicuro -me dije-, pero ahora además tengo bellotas propias”. Y me quedé tan satisfecho.

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XVIII. Capítulo XVII.

15 septiembre 2011

 

-XVII-

                                                                       No hay cosa más difícil, bien mirado

que conocer un necio, si es callado.

 

                                                                       Sentir menos, esa era la única cosa que mi adiestramiento mental no había conseguido, y ello a pesar de creer en lo inevitable del destino. No; no la identificación con el cinismo o con la falsedad, sino la semejanza con la roca que permanece inalterable frente a las olas. ¿O también la roca muda su aspecto y sus lugares? Sentir menos incluso las situaciones en las que nada sino el equilibrio, la armonía de lo bien hecho, contaba. Porque en el resto, yo sí asumía el dicho de Cervantes: no te metas en dibu, ni en saber vidas aje, porque en lo que no va ni vie, pasar de largo es cordu. Pero ¡quiá! Yo no pasaba de largo ante casi nada, e incluso, pese a mi sequedad y desdén aparente, deseaba la cálida, o al menos templada compañía. Mas ¿a qué forzarla? Vae soli!, dice la Biblia. Pero el refrán apaña: Más vale solo que mal acompañado. Y todo es verdad, sólo depende del cristal… La perspectiva hace oscilar la realidad y la trasmuta. Más vale equivocarse que transigir con la crispación, y ésta no se busca, llega prendida de las solapas de los seres aturdidos, que aturden al bueno sólo en méritos de su buen deseo, el de mudar los hechos en utopías. Hay cosas sin remedio, sí, y en pocos la claridad llega, como manejo del examen de conciencia, o su trasunto de análisis de uno mismo y sus actos, a fuerza de remover entre los dedos la piedra abandonada por el rayo. Dormir, morir, tal vez soñar… Hamlet remeda al eterno perfeccionista, cuyo único y enorme pecado es pretender esa perfección, inexistente necesariamente. Los árabes han sabido hacerlo mejor, y eligen los alimentos y las bebidas -cuando pueden- dejando a un lado el dolor o la inquietud por no poder elegir su destino. Éste se encuentra en las manos de Dios. Y el destino es cada día. Sufficit diei malitia sua. No lo adornemos con las sabandijas que trae, cogidas con alfileres, el enemigo del descanso. El diablo nació ya viejo y crispado, y se honra en ello. Today is the first day of the rest of my life. Yo, que vivo con la intensidad de los elegidos aquellos momentos en que olvido mi condición de dios, pierdo la fe en el torpe girar de la noria, cuando ya el cansado pollino respira pesaroso, al filo de la tarde. ¿Para qué habrás creado esa mirada de universos, rebosantes de luz, Señor, si me pierdo en un pie de tierra? Sólo el alma conoce los secretos de tanta miseria, adorno vago de tanta excelsitud. Mi oración, pues, no es hoy alabanza. Sino plegaria: hazme, Dios, como aquel fariseo, engreído, fatuo, seguro de sí, orgulloso, despectivo con los inferiores, generoso y potente. Yo quiero ser todo eso. Y no un pobre publicano limosnero, salteado de roña y escrúpulos, escoria de sí mismo. Tampoco ahí reside la armonía. Porque, una vez en la marcha hacia la soberbia, ya se encargará la providencia de situarme in medias res. Es mi destino.

 

 

 

 

 

Educando…

8 septiembre 2011

Sé que tengo que educaros.

Me lo ha dicho un pajarito.

Luego se ha escondido: cuatro notas

en el recodo azul de la noche.

 

Y como tengo que educaros, os educo:

‘No hagas, haz, quítate, ponte,

deja, no llores, calla, ven, a sentarse,

sigue, así no, eres tonto, boba, llorona…’

 

En fin, las cosas de esta pedagogía

tan avanzada. Y me miráis sorprendidos

una y otra vez, mientras pasa el tiempo

y os vais alejando para siempre.

 

Tiempo perdido sin remedio.

Tiempo que me ha brindado la vida

para quereros como sois, sin artificio,

como niños que abrazan su futuro.

 

Cada noche me confieso torpe y soso

como un koala, como un padre novato

que madura en el sueño sin notarlo.

 

Cada día me olvido. Perdonadme.

 

-Quédate un poquito, papá.

-Ahora vuelvo.

Fisgas y matracas. (No-vela). Entega XVII, capítulo XVI

7 septiembre 2011

 

-XVI-

                                                                       La vita fugge, e non

s’arresta una ora.

 

                                                                       Volvió, pues, la vida cenobial, y con ella distintos paisajes, que era el nombre clave de la compañía. Yo estaba cada vez más sorprendido de mi versátil personalidad, confusa y diáfana, respetuosa y osada temeraria y pacata. Deduje finalmente que lo que sucedía es que carecía de personalidad definida, que viene a ser como no tener ninguna. Así, pues, me constituí en ser -en ente- para la causa del instante, sin más objetivos y horizontes que pudieran obstaculizar la única plenitud, la que carece tanto de prejuicios como de escrúpulos, y que rechaza del mismo modo la selección y el sincretismo. Fue una de aquellas tardes, lentas y grises, al filo de la oscuridad rosada por las velas -candelabros de brazos y hachas de estopa, vuelta a la moda preindustrial, acogida con auténtico entusiasmo- silencioso y reprimido para evitar su fin, como represalia- por los amantes de la novedad, entre los que yo sobresalía sin duda. Conocí a Raquel. Sus ojos mudaban la expresión y el color, y tenía un rostro juvenil -bueno, era muy joven- algo delicado, que enmarcaba un espeso cabello, también de color mutante. Se encargaba de una sección de los telares, y era hija del jardinero. Este pájaro, un hombretón de casi dos metros, más de cien kilos en canal, dientes como tabas, manos como raquetas, y enormes orejas, pies menudos y ágiles, sonrisa estúpida, y torpe lengua, había engendrado más de veinte hijos, de los que vivían siete u ocho. Su mujer permanecía oculta -yo imagino que en pelota y dispuesta al cabalgador- en su casita del rincón, allá en el último y más frondoso huerto, y pocas veces veíamos al resto de la familia. Curioseábamos, no obstante, a la busca del pecado, por supuesto, como corresponde en quienes de desea crear el artificio de su importancia, e incluso de su existencia misma: todo excepto sufrir es pecado. Yo ahora pienso exactamente lo contrario: sufrir es pecaminoso y lo aceptado es impuro. La verdad es la belleza, y lo puro es bello. La verdad es pura. La sociedad miente: es impura, incluso -aún más, sobre todo- en sus instituciones inalterables. Frecuentemente tropezábamos con la mirada hostil de algunos mastines que defendían los contornos de la casita, y que el jardinero debía de procrear también, porque recordaban claramente su expresión y sus facciones. Sea como fuere, la perra -o las perras- siempre estaba preñada. Yo vi en una ocasión partir en dos a un gato rubio, de una potente dentellada, tras apresarlo en el aire cuando saltaba de un tronco a media altura, escena que me impresionó vivamente, no sólo por su crudeza sino por su inesperada precisión: el perrazo parecía reposar al pie del árbol, observando sin aparente interés los cautos movimientos del felino, que avanza, retrocede, se detiene… salta al fin, y, en ese instante los cien kilos del mastín giran en pos del enemigo, abren las fauces, aprisionan al pobre bicho, lo zarandean y lo destrozan: es decir, lo hacen literalmente trozos. Pues bien, Raquel era hija del dueño, o al menos cuidador de aquellas fieras, el jardinero. Confieso que yo desde el primer momento me dije que intentaría conquistar su plaza fuerte, y así fue cómo, urdiendo manejos hábiles al caso, me enteré de su adscripción a ciertas labores de hilado, que aprendía o perfeccionaba con una monja redondita y afable, que me lanzaba tiernas miradas constantemente. No sé si le recordaba yo al hijo que nunca tuvo, o al hijo que le gustaría tener con un amante más o menos similar. Pero es lo cierto que me manoseaba con sus insinuantes ojeos, que no eran lascivos, sino generosos, oferentes… El caso es que pedí a un criado -aprovechando la visita del domingo- que me trajera una carga de arpillera y lino, para confeccionar alfombras y roquetes, obsequio al patronazgo del buen San Judas, de mi pía familia. En este caso sí fue de caridad la obra, pues si por un lado ni se enteraron del affaire, de otro me hicieron un favor colosal y desinteresado. Y di gracias a Dios por ello, elevando mis plegarias para que los sacara del infierno no mucho más tarde de lo debido. Me encargué de llevar el paquete a la zona semiclaustral -sinónimo de total apertura- donde se refugiaban para las tareas de costura las novicias y niñas aprendizas, veladas por el magisterio de mi enamorada silente, la monja de las tiernas miradas. Como siempre me sucedía en casos similares, sentí al ascender la escalera interminable que llevaba al recinto, situado en una ala del Palacio -la sede física del lugar de exilio- en el último piso, el galope estridente de mi corazón, enfrentado sordamente a la emotividad, y esa especie de rumor o golpe seco en el hígado, punto donde reside mi sensibilidad emocional según creo. Mi alma debe de estar por esa zona, la primera que recibe los envites del azar y la que más se altera con el infortunio o la fortuna. Ya habíamos cambiado Raquel y yo con anterioridad esas miradas necesariamente furtivas en que la malicia sólo existe por la fuerza de lo vedado, cuyo origen reside en la perversión de la sociedad y no en nuestra naturaleza e inclinaciones. Yo sigo a este respecto sumido en la perplejidad de lo recíproco: comprendo que las mujeres, desde luego las bonitas, gusten y se complazcan en asumir el galanteo como símbolo de su coquetería, pero no alcanzo a comprender cómo un hombre feo, gordo y poco alto como yo, de rostro más bien vulgar, y aspecto de lacayo, provoque sentimientos de atracción o simple cosquilleos en las vulvas, salvo que el destino me haya situado en las encrucijadas de las mozas y damas más necesitadas de achuchón y requiebro. Lo cierto es que, a diferencia de los efebos, mi sola presencia no incita al placer, ni mis maneras y figura ponen en ebullición el sexo. Eso creo yo, al menos, a pesar de los aparentes estragos que una mirada medianamente templada parece causar en la mujer dispuesta a recibirla. Cuando eso sucedió por primera vez, los dos supimos que, con la mínima ayuda de la suerte, íbamos a encontrarnos pronto. Y a ese encuentro iba yo ahora, cargado de pliegues y manteos hasta la boca, pensando en las palabras oportunas y en el modo de eludir al ama claustral de mi doncella. No sé qué extraña perversión cruzó los nombres en quiasmo diabólico, de suerte que olvidando el cierto, se me antojó como único el de Sor Celestina. Por eso mismo quizás, después que llegué a la silla donde Raquel se hallaba sentada y nuestras miradas se cruzaron, nuestros ojos se dirigieron, como guiados por un solo pensamiento, hacia la monja. Ésta nos observaba, y en el transcurso de aquellos breves instantes, algo inequívoco debió interpretar en la silenciosa comunicación que nos había unido, pues adoptaba una actitud severa, casi crispada, que se tradujo casi de inmediato en una reconvención llena de acritud hacia ella, aunque no recuerdo las palabras. Lo cierto es que sus celos intempestivos fueron el instrumento más adecuado para nuestros propósitos, ya que al levantarse Raquel y salir de la sala, yo la seguí y poco después hablábamos a solas en un recodo del pasillo. Las características del edificio en general, y del ala en que nos encontrábamos en particular, incrementaba la sonoridad de los pasos y las voces, por lo que podíamos escuchar si alguien se acercaba. Por la misma razón hablábamos bajito, y muy próximos. En la penumbra, su cara resplandecía. Y toda ella, no sólo sus ojos, cambiaba de expresión, incluso de facciones, manteniendo, no obstante este ritmo mágico, una constante en sus labios, jugosos, bien perfilados, y en sus dientes que parecían transparentarse. Llevaba el pelo suelto y un vestido de color impreciso y paño fuerte, descubierto sólo el cuello y las manos. Me miraba tan fijamente, como deseando captar todo el sentido de mis palabras -yo no recuerdo qué le decía- que debió fascinarme, pues, sin más preámbulo, suavemente, sin dejar de hablar me aproximé y besé sus labios. Entreví una cierta sonrisa; la abracé, llevándola hacia la parte más recogida del suelo, donde formaban ángulo las paredes, y atrayéndola hacia mí, reanudé cada vez con mayor ahínco y extensión mi rociada de besos, salpicando el ritual con pequeños mordiscos en las orejas, menudas y blancas, en el cuello, en todo lo que permanecía descubierto. Mis manos, algo temblorosas, recorrieron sus pequeños senos demorándose en las sedes donde el botón de rosa ya respondía erguido a los requiebros, y, paulatinamente alcanzaron las regiones más cálidas del precioso cuerpo juvenil. No me atreví a desnudarla, y no por la incomodidad del lugar y lo intemperante del momento, con riesgo incluso de ser sorprendidos, sino sobre todo por una sensación de calor afectuoso, un delicado homenaje al tiempo que pensaba, o al menos deseaba, dedicarle, ofrendado al amor. Sí, amor; creo que esa extraña idiotez me invadía, y aunque mi instinto navegaba como casi siempre, velas desplegadas y rumbo seguro, esta vez iba acompañado de ternura. No escatimé caricias ni privé de retozos y osadías a mis dispuestos miembros, cansé mi lengua, hendí mis manos, holgué los muslos, ceñí, calcé y corrí, a veces sujeto por templanzas o miedos de ella, que al sentir la seguridad de su seguridad, se abandonó sin más trabas, mostrando la cadencia y el secreto que Juno entregó a sus congéneres cálidas, y cuyo goce es sólo comparable a la visión beatífica, según pienso. Cuando, cerca del supremo instante, presioné su íntimo vientre, y aunque ello sucedía, como digo, por encima de la ropa, percibí la vibración de su vulva, regalo del deseo. Poco después escuchamos los pasos. Rápidamente nos levantamos separándonos en silencio. Ella, ahora lo recuerdo, me preguntó: -”Por qué”-. -”Tú, lo sabes”-, le dije. No contestó. Yo no sé si lo sabía, ni qué debería saber. Lo que sé es que la respuesta a esa pregunta la estaba contestando ella. Así que se la hice yo también. -”Yo no”-. Y sonreía. Tal vez estaba urdiendo una justificación o preparando una salida, como las de quienes temen ser defraudados o sorprendidos. -”Es como un sueño estar aquí contigo”-, añadí. -”¿Sueñas mucho?”- me contestó, -”Ni siquiera te he dicho que te quiero”-, dije, en este disparatado coloquio, por otra parte maravilloso. -”No puede ser aún”-, respondió. -”Las palabras mienten y yo no quiero mentir. Júpiter se ríe de los perjurios de los amantes”.- -”Claro”.- Enlazados, felices, sobre el suelo -las maderas resultaban hasta acogedoras- sin  más luz que la reflectada por la luna, muy juntos, encontramos el mutuo silvo alegre del amor. Era inevitable, así que, resignado y sin comprender el por qué de mi tristeza, me confié al destino, jurando que haría todo lo posible porque éste fuera más o menos exactamente como a mí me complaciera más. E integré en mis planes de futuro a aquella muchacha de rostro cambiante que me fascinaba. Decidí incluso prestar una atención especial a los estudios, ahondar en ellos, concentrarme en los deberes que implicasen un avance en mi formación y en mis conocimientos -y a estas alturas sabía que eso era lo que me interesaba aprovechar, y no las enseñanzas de sermones y spiritualia – y, en definitiva, poner más reflexión, serenidad y constancia, algo de mí mismo, en las acciones y personas que lo precisaran, olvidando en lo posible mi vanidad enfermiza y ese orgullo que impedía aceptar un desdén, un reproche o una ofensa. De todo lo cual se infiere -si del bien se engendra el bien, y nunca del mal, salvo para aprovechar su enseñanza, razón por la que se dice “no hay mal que por bien no venga”- que aquello era bueno, y que Raquel, con cuerpo y todo, era un ángel, enviado del cielo. Y mi inmediato sueño fue el de Eneas y Dido hallando muto contentamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XVI, capítulo XV

7 septiembre 2011

-XV-

                                                                       Mon dieu! Donnez moi la médiocrité!

 

                                                                       Las situaciones breves pocas veces son ridículas; es la permanencia -incluida la disculpa- lo que las hace así. Yo me adaptaba con agilidad al aire que mejor soplaba, como buen pájaro. Y lo digo sin que ello represente mi autoelogio, pues creo pese a todo que el cinismo jamás enaltece. Hubiera preferido nacer poeta, y ser un austero y digno comparsa de la mejor sociedad inevitable. Elegí, sin albedrío tal vez, la peor sociedad, también inevitable, y contemplé la destrucción de los mejores a manos de los mediocres, como la ruptura de los cendales delicados de la verdad a manos del artificio y el fraude. Debí revestirme, sin duda por instinto, de una fría coraza de fría y dura agnosis por alejarme del gran peligro que para la propia pervivencia suponía el asumir la defensa del honor y del bien. La fortuna quiso, a pesar de mis sevicias, que no perdiera todo lo estimable o que lo sustituyera en mi selección de prioridades por la vulgaridad del falso triunfo, el conseguido con chapucerías y malas artes, aceptado sólo por los ignorantes -ni siquiera por los malvados- y cuyo final hiede como sepulcro en comandita. Cierto que abdiqué de mucho bueno, pero también que ello en muchos casos fue sólo apariencia o necesidad, pues las circunstancias, que son también uno mismo, fuerzan a lo que las esencias no llegan: la más silente hora del hastío, cuando la rosa se marchita en pesadumbre. ¿Por qué ser uno mismo es tan difícil de aceptar y tan censurado? Es falso que el “alius” convenga en tu dicha y se alegre con tu éxito; más bien será su carga, pues el bien ajeno produce tristeza en las almas poco generosas. Vivir con el esfuerzo de la dignidad, pero sin pugna por mostrarla, quebrando al viento los envites de los falsos amigos, cubiertos de oropel y vacíos como fuelles sonoros, cuyos productos son parto de montes, ruidosos ratones. El cansancio brota y se asienta en el coraje del mismo modo que inunda los párpados y tañe las pieles de la entraña. Entonces regresa el duende que bailó toda la noche, ebrio de huríes, restañando con verde musgo sus heridas recientes -son livianas y frágiles las alas grises y mínimas- y tocado de gorro frigio con cascabel real. El gato solemne se agiganta, destroza las cubiertas, se aterra de su sombra oblicua, y cae redondo, apresado en el terror de su metamorfosis. Vuelve a la cama junto con el silencio la densa noche, y el aire olvida los jazmines para amar el salobre ritmo de la nube marina. Es la ceremonia versátil del encuentro con la esperanza. Pronto alguien dirá: -”No tengo dinero, ni amigos, ni esperanza, soy el hombre más feliz del mundo”-; olvida añadir a sus motivos de felicidad que tampoco tiene talento. Por tanto, sí tenía esperanza (y con ella dinero, y con éste amigos). Por todo lo cual, más le valía haber callado, y así jamás esa frase cáustica -llena de poder e impureza- hubiera roto el ritmo de las alas invisibles con que cruzan por mi espalda, junto al oído derecho, rozando el ojo, los pájaros azules de la noche.