Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VIII. Capítulo VII.

– VII –

                                                                       En parlons point du tout ceci,

mon frère, vous en connaissez pas

encore quel est mon caractère.

 

                                                                       Cuando regresaba en verano, me aguardaba en el pequeño apeadero del pueblo la tía Mercedes; en realidad, sólo su perfume y su chauffeur, un huertano seco rescatado de las labranzas.

-”Por ahorrar, ¿sabes? Cuando pasan de los cuarenta, ella busca a sus colonos ocupaciones más fructíferas. Ahora, por ejemplo, tiene media docena podando los rosales de otoño, ya ves, y apenas ha terminado la primavera”-. Me hablaba, ya en la salita del palacete donde residían, la hermana de Mercedes, mi tía Matilde, una simpática solterona cargada de sortijas, siempre mostrando una doble hilera de dientes amarillos, y, lo que llamaba mi atención especialmente y atraía las miradas curiosas, un espléndido bigote gris, que se rizaba al aire, más allá de las comisuras de la boca. Bueno, era sólo pelusa, pero tan espesa y pertinaz que constituía ya un galardón imprescindible, tributo que la originalidad otorgaba a aquel rostro de gnomo gigante. Mi tía Matilde me atiborraba de té con pastas, acompañado además todo ello con unos pastelitos de crema preparados ad hoc en el obrador de Riquelme. -”Hijito, qué de cosas buenas te perderás allí en tu retiro… En fin, si tu padre se empeña… Pero es un crimen. Y eres tan guapo…”-. Me sobaba los carrillos repletos de dulces. Yo apenas le dirigía la palabra, y en cuanto escuchábamos los sonoros pasos de la hermana menor, el hechizo se rompía. Matilde aguardaba rígida, muy seria, la solemne entrada de Mercedes en la sala. Yo tragaba a toda prisa, ya sin más placer que el producido por mi consciencia del inminente desastre, los pastelillos que introducía ansiosamente en mi boca. Y, como una tromba, llegaba. Sus enormes brazos, de los que pendían al viento colgajos de sedas multicolores, me estrujaban. Hasta lo más profundo de mis oídos llegaba el tintineo interminable de la cadena de oro provista de medallitas y monedas que cubrían amplias zonas de sus antebrazos. Mi cabeza, hundida en sus senos esponjosos, zumbaría ya toda la noche. Entonces, agarrotándola como si se tratara de una sandía a punto de pesar,  la separaba chillando, es decir, hablando a su modo, como lo haría un híbrido de mandril y zarigüeya. Contemplaba el espectáculo de mis ojos aterrados un instante, y acto seguido, sin la menor piedad ni disimulo, mientras me zarandeaba, iba depositando gruesas capas de carmín, desprendidas de su inmensa plantación de labios, sobre mis mejillas, mi nariz, mi frente, y otras zonas nobles de mi anatomía sufrida. Luego metía en el bolsillo de mi chaqueta cinco monedas de duro, de plata, pelucones o rizos, y me despedía con atisbos de locura amorosa en la puerta de su casa, ordenando a su criado, que surgía de entre los mármoles grises como un aparecido de librea y gorro de plato, que condujera al señorito Carlos hasta su casa. Poco más tarde en el vehículo que me transportada durante los cinco minutos escasos que mediaban de una casa a otra, yo, acariciando las monedas cuyo destino trazaba con diligencia inusual, iba borrando con mi pañuelo las huellas de la conflagración, pues tenía prohibido acercarme, bajo ningún concepto, a casa de las ricas parientes. Una antigua disputa cuyo origen nadie recordaba con precisión y cuyas consecuencias mantenía mi padre como motivo primordial de su existencia, unido a la caza y al bridge. No obstante, aún me pregunto cómo podía ser tan distraído y no darse cuenta de mis interesadas visitas tempraneras, sobre todo porque últimamente conseguía, de muy hábiles y elegantes maneras, que mi fortuna disminuyera, siempre, en dos quintos, que pasaban a engrosar la suya. ¿Tributo o quizás nostalgia? A mí aquello no me importaba demasiado, tal vez porque el dinero como medio de adquirir bienes -su fin primordial- no me resultaba necesario. Lo consumía principalmente en obsequios para mis hermanos y mis primas. También, en secreto, guardaba una parte en el buró que mi abuelo conservaba, cerrado mediante un sistema de resortes que me enseñó sólo a mí, y que ocupaba un rincón de su dormitorio. Desde entonces, mis ahorros constituían una fuente de recursos que me venían al pelo, sobre todo para hacer regalos a Eva. Fue mi primera mujer. Como los dos éramos niños, aunque yo bastante mayor que ella, nuestros amores permanecían ocultos, ya que sabíamos que los mayores nos separarían a la menor sospecha. En parte, claro es, porque Eva era la hija de una de las criadas de mi abuela. Su condición de fámula hija no impedía que tuviera unos inmensos ojos negros, rodeados por un rostro bellísimo, al que complementaba un cabello inagotable, derramado en cascadas que la luz abrillantaba con reflejos transparentes. Un día, mientras yo dormía la siesta, Eva entró en mi habitación. Escuché sus menudos pasos y percibí su respiración cerca de mí, excitando mis sentidos. Hacía calor y todos se habían refugiado en los frescos cuartos de la casa, que en el Valle llamaban El Palacio de D. Miguel.

 

Mi abuelo, el Marqués, quería que toda la familia viviese unida, aunque sólo conseguía que estuviera junta. Las treinta y seis habitaciones sólo se llenaban de muebles, objetos y recuerdos, pues incluso cuando llevábamos invitados, el piso superior permanecía casi vacío. Mi habitación tenía dos ventanales que daban a un patio interior descubierto, repleto de plantas, casi todas con enormes hojas, las preferidas de mi abuela. Mi cama tenía dos o tres colchones, y era de un tamaño desmesurado, apta para recorrerla de pie en los juegos infantiles. Eva conocía bien las costumbres de la casa, y por eso, acudiendo a mi llamada silenciosa, estaba allí en ese momento. Por los ventanales cerrados penetraban rayos perdidos de sol, produciendo efectos sombreados de azul y blanco sobre las paredes del techo. Yo estaba desnudo sobre la colcha, de modo que debió notar mi erección enseguida, pues se posó como una tórtola en el borde de la cama, con un ligero temblor que me excitaba aún más. Puse mis manos en sus pechos, apenas florecidos, y, ante mi sorpresa, las desplazó dirigiéndolas a su vientre. Toqué un pubis sedoso que se entreabrió dulcemente mientras yo, con mi torpeza, iba desgranando los botones de su faldita. Tenía la ropa interior blanca, y, los muslos densos introducían mi embajada amorosa sin obstáculos hasta la palpitante oscuridad. Era hermosa y delgada, turgente, sincera, húmeda, con un ardor expandido que brotaba de sus poros asustados y deseosos. Acaricié sin tino sus nalgas y a ese contacto todo mi ser pareció retornar al limbo feliz de los sueños de amor, a esos instantes estremecidos que apenas existen. Quise, por instinto, penetrarla, pero mi entusiasmo se desbordó sin rumbo, a todo lo largo de sus encantos, ahora derribados a mi enlace. Sustituí mi torpeza y mi incauta precocidad con la manipulación de mis dedos que rápidamente se empaparon de líquido brotado de las fuentes del amor. Yo no entendía bien hasta qué punto la pasión se alejaba del amor, y para mí todo era normal, es decir, deseable. Cierto que no debía extrañarme aquella secreción líquida que manaba de la gruta amorosa de Eva, pues antes había manado de mi grifo, y aún seguía haciéndolo, en forma de baba inagotable, de mi boca. Porque yo era, y sigo siendo un baboso impenitente. Pero debo reconocer que tal fecundidad de líquido me asombró. En parte porque se identificaba demasiado con las expansiones de varón, y yo siempre escuché frases perdidas que se oponían a cualquier asimilación, ni siquiera parecido, entre el activo dinamismo del macho y la pasiva lasitud de la hembra. Pero, ¡qué va! Mi amada, sin apenas esfuerzo, desbordaba los vasos del placer por encima de mis arrebatados jadeos de garañón. ¿Qué sería de haberme empleado a fondo? Durante años aquella pregunta no me fue respondida. Con Eva me sucedió algo que se perennizó en mi vida; como yo era una olla nueva, su olor impregnó de tal modo mis paredes, el recipiente de que estoy hecho, que aún persiste, y ha supuesto una constante de mis interiores; incluso cuando he atravesado esas tristes jornadas de soledad, en las que los ojos se humedecen y se crispan los dientes, momentos en que no me servía la convicción de que la vida vale tanto por sí misma que ningún suceso, por extremado y hostil, ninguna especie de ser u objeto, por atentado o próximo o lejano, tiene entidad, ni calidad, ni justificación para hurtar un segundo al placer de vivir, ella se aposentaba, ya lo digo, como el alimento primero que recibiera un peregrino sin horizonte. Yo pensaba, en la sabia incuria de mi edad, que cada momento vale la pena por sí mismo, y que sólo acierta quien no se plantea tantos lacerados porqués. Más tarde, ganado por el pensar y la ignorante sabiduría de la madurez, descubrí y aprobé la gran complejidad de la existencia, cuyo valor estaba en relación directa con la profundidad de las ojeras, el volumen de los problemas o el grado de poder, que viene a constituir la excepción, pues siendo el más atroz de aquéllos, se resuelve por sí mismo, al no resolverse nunca, por definición, con su ejercicio, los problemas ajenos. Pero, resuelto el propio -el de quien manda- resueltos, por fin, todos. Sólo resta al histrión poner cara de circunstancias, fruncir el ceño, escuchar con aire interesado, y aconsejar, opinar e incluso disponer lo que se tercie. ¡Cuán lejos de la vida está el ambicioso de poder, tanto que nunca se dará cuenta de ello! Mi abuelo así me lo decía, al tiempo que mi abuela cargaba de órdenes imprecisas las espaldas de aparceros, labriegos, criados y doncellas. Yo nunca he sentido la tristeza del súbdito que quiere ser señor. Para mi pequeña historia, y sólo en ocasiones, la vida se ha nublado por otra causa, que los poetas llaman amor y los ángeles simplemente deseo. Al fin y al cabo, todo confluye. Y yo he sentido la única pobreza del mundo, no en la pobreza, ni en la insatisfecha ambición, ni en los perdidos honores, sino en el amor-deseo, siempre tan cerca, nunca o casi nunca alcanzado tan de veras y sin ambages como en los primeros momentos, aquéllos en que la piel era el fruto prohibido del Paraíso, el purísimo deleite que justificaba el cielo y hacía sentir ganas de hacer el bien, de rezar, de creer en Dios y amarle, porque me había creado en un maravilloso Universo, a su imagen y semejanza. Naturalmente, esta derivación de mi Fe no era aceptada por las mentes teológicas de mis lejanos maestros, pero ese era su problema. Al fin y al cabo, se me daba una higa casi todo lo que pensaban, una vez aclarado el misterio de la vida, y apenas intuido el rostro feliz del tiempo, hermano de la muerte.

 

Mi abuelo fue un hombre instruido, aunque de modo especial, como él hacía todas las cosas. Sus citas preferidas se referían a las postrimerías, o, según palabras de mi padre, a lo escatológico. Como yo sigo sin entender bien una y otra cosa, me da lo mismo; pero sí recuerdo que decía: “un tropiezo en la vida es como un lunar en el Sol”, cuando alguna doncella quedaba en estado sin casarse, o, “elige tus alimentos y tus bebidas, ya que no puedes elegir tu destino”, cuando alguien le pedía que bendijera la mesa, con evidente desconcierto del invitado, sobre todo si era cura, aunque en estos casos la bendición corría a cargo del profesional, al modo clásico y rutinario. Una vez me explicó que el autor de “Las mil y una noches” era maravilloso aún más por sus contradicciones que por su poesía lineal. “¿Ves?, aquí te dice que alejes la zozobra de tu corazón, pues éste será vencido si no lo haces. Y que no tengas en cuenta la angustia, pues lo que está escrito, deberá cumplirse, y no debe, por el contrario, preocuparnos lo que no está escrito. Sin embargo, más adelante señala que la fortuna no asiste a quien en sus actos no considera el fin y las consecuencias… ¿Lo entiendes?”. Sí lo comprendía, pero me daba igual. La contradicción para mí no resultaba ilógica, pues dependía de la perspectiva, e incluso de la inspiración, o del tiempo, o, simplemente, del pensamiento, que en cada caso difiere, y no por eso excluye uno la bondad o malicia del otro. Mi padre censuraba esa “enfermiza síntesis, ese eclecticismo diletante”, que achacaba, sin duda con razón, a la ignorancia. Pero yo creo que es uno de los descubrimientos en pro del bienestar psico-físico mayores de la historia. “Me gustan rubias y morenas”, decía yo, incapaz de citas mejores, que explicaran con palabras de otro lo que uno se basta y sobra para comunicar. A mí me repugnaba que fuese necesario para verificar el conocimiento o comprobar la excelencia del juicio, hurgar en dichos ajenos, emanados de gargantas sesudas y profundas. Sólo recuerdo las citas que los demás me comunican, y en especial las de mi abuelo, que cayeron sobre mí como rocío en los tallos de una mandrágora. Cuando se hundió el mercado minero del que era capitalista, sólo dijo aquella frase de Don Quijote: “Podrán los encantadores que me persiguen quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo no lo conseguirán”. Y siguió tan pancho. Yo creo que las frases solemnes le producían un deleite que iba más allá de la vanidad, hurtando el desánimo, y provocando la eclosión de las Fuerzas Sagradas que conducen al éxito. Porque eso quería él. “De nada sirve el tesoro si no se muestra, y para nada el talento si no se utiliza, y con ello se logra el éxito, y, con ello, la felicidad”. Me decía algo sobre Shopenhauer y su criterio que asimilaba a la felicidad el éxito para inmediatamente situarla en el interior del hombre, del individuo. “Es característico de los genios la contradicción”. Una vez me dijo que él citaba porque se aprendía sin querer las ideas que le parecían excelentes, y porque su reproducción literal era además un buen ejercicio intelectual, la única forma de comunicar exactamente el pensamiento de su autor. “Las glosas y las interpolaciones conducen inevitablemente a la confusión y a la deformación”. Antes de decidir eliminar las citas de mi vida, aprendí una, de Hegel, que servía a mis propósitos: “Cuando más firme,  bien definido y espléndido es el edificio erigido por el entendimiento, más incontenible es el deseo de la vida por escapar de él hacia la libertad”. Era eso lo que yo quería: la libertad de vivir, aspirar la vida por sí sola, amarla y disfrutarla en el único sentido que la justificaba, ella misma.

 

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2 comentarios to “Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VIII. Capítulo VII.”

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