Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VII. Capítulo VI

– VI –

 

 

 

 

 

 

Et quod vides perisse

perditum ducas.

 

Las cosas se me echan encima, de manera que, cuando quiero darme cuenta, ya las tengo sobre mí, desbordándome, mostrando la auténtica faz de los aconteceres. Por ello mi aprendizaje se refleja en la vida y no en los libros o en las escuelas de cómo ser y hacerse, cada vez más lejos del propio ser que es uno cuando se mira, por fin desnudo, ante el espejo. Y las viejas metáforas retornan a la vuelta del desprecio que la nueva sabiduría atada con pinzas le prodigó, confundiendo el tópico con el tónico y la gimnasia con la magnesia. Y hoy te he visto ya tan mayor y tan lejos, con la desenvoltura y el despego alegre que me hace sentir tu alegría y mi tristeza, una por ser como eres y otra por ser como soy, y me hace más viejo aún mirando los retozos del nieto travieso sobre las alfombras, con la regañina que nunca pasa de acoso al temperamento, inicio de atrabilis y de jaqueca. Te he visto ya fuera de mi órbita, yo el gran planeta que atrae a los pequeños y vistosos satélites descuidados, que van creciendo y por fin o se evaden o te ignoran. Y he recordado la figura endeble del viejecito con el bastón y el ancho abrigo, remirando con pupila de tarta de nata la fiesta de los pequeños y los adultos, ahora ya excluido por un sorteo de esquemas del centro y de la influencia, reclinado para su escaso siempre en las cuclillas expectantes de la soledad. He sentido por primera vez el crujir de mis vértebras duras, contrastadas por tu insultante lozanía cimbreada y vigorosa, y, aún sabiendo cuál es la respuesta, he callado, porque los jóvenes adolescentes no podéis comprender -como tampoco yo supe- el secreto del tiempo. Asumirlo como se acoge lo inevitable, sin el temor que acorta la vida, ajeno a la convulsión de las ansiadas diferencias. Buscaba yo un paisaje propio, que identificara mis párpados ante la visión de la mañana, esa entidad que algunos llaman futuro, y el espejo sólo mostraba la mutabilidad de las arenas. Comprendí que nada hay tan diferente a sí mismo, tan alejado de la monotonía -de la igualdad o del hastío- como ese desierto de mi sueño simbólico. Y me acogí al placer del instante, al sabor intenso de cada minuto, sin buscar la trascendencia o la explicación, marginando las referencias que entorpecen, hurtadas a la memoria las memorias, vividor del tiempo que se muda a sí y para sí sin mudar. Y ese es el secreto, liso y armónico al modo de las perlas, el único misterio, encubridor de respuestas que las cifras y los datos no pueden jamás rellenar, porque carecen del sentido y escapan al lenguaje. La lluvia, por fin, golpea con acre paciencia los turbados vientres del gran tambor, dormido en el ocaso. Las ánforas del Acuario derraman el agua de plata de Sherezade.

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