Fisgas y matracas. (No-vela) Entrega V. (Capítulo IV)

– IV –

                                                                                  ¿Cuándo, ¡Oh sabio!, los

guerreros comprenderán

el mensaje?.

 

Fue un dichoso invierno, en el que la opacidad perenne del aire gris y de la húmeda tierra quedaba iluminada por mis íntimos fuegos, de suerte que este símbolo de la energía se apoderaba de los entornos y hacía en ellos morada sin tristezas. Los toques de reunión, el timbre y la campana, las filas de retozantes novicios, los peregrinos transeúntes, y el áspero estudio, cuyo tedio me abrumaba, y hasta el frío que calaba los huesos y despertaba a media noche con sus alfileres de carámbano, resultaban no ya soportables sino incitadores. Descubrí la perspectiva de las cosas, la oscilación de la vida, la relatividad y los prismas que afrontan las imágenes sin verlas. Descubrí que todo valía la pena. Si uno se encuentra con su imagen y la conoce y la estima hasta el único punto inexcusable, el de la sinceridad que reduce los pecados a las formas y las estructuras de cada instante que llaman historia. Descubrí que la historia que nos cuentan, y que ignora las pasiones de las personas que las hacen y sus íntimas razones, y su esencia, no es más que una crónica muerta y deforme. Y todo me causaba, a la postre, alegría, porque rechazaba sin más lo accesorio y me quedaba con lo importante. Lástima no participaran mis mayores y mis maestros del mismo criterio, lo que supuso hartos contratiempos, pero yo insistí en mi contumaz creación: quería ser yo mismo, fuera quien fuese, y no el mejor o lo que ellos consideraban bueno. Sólo un prejuicio persistió y persiste: la turbación mostrenca que, tal vez por la ceguera ínsita en los muros silenciosos y en la fauces rígidas de sus cultores, se agarró a mis entrañas como un parásito tan fiero que aún pienso si no será parte de mí y de la verdad. Las postrimerías, el pavor escatológico, la hinchazón venenosa del infierno. La muerte, la destructora de la amistad y la separadora de los amantes, y también, la creadora de nuevos amigos y reparadora de amores hartos que sustituye por otros nuevos, constituía para mí una porción de la oscilante realidad: a veces esquiva, otras cercana; risueña en ocasiones, otras llorosa. Pero poseía una “cualitas” distinta, tal vez señera: su carácter solemne e irritable. Su irrecuperable faz. Me habían adiestrado en las solemnes promesas de la eterna vida, pero yo sólo había sentido en mí la fuerza del destino, y éste, incierto y personal, identificado con misteriosos sueños que soplaban, como el espíritu, donde querían y como deseaban. Mi voluntad estaba atenta a la creación, pero ésta, como la muerte, venía sólo cuando menos se esperaba, atendiendo, sí, a una voz, pero no a la llamada de la inquietud o del deseo. Había comprendido la inútil firmeza de los esquemas que los sabios realizaron y el valor de la soledad; supe ya para siempre que los auténticos valores residen en la intimidad, y conocí la dificultad de su acceso feliz, aquel donde la armonía se reviste de lejanos sueños. Y cuando más tarde, imbuido de ocultas sombras, acepté los ritos de la especie truncada por sus pesarosos esfuerzos, recordé aquella luminosa certeza que me mostraba los senderos ocultos de la dicha. Pero ya el tiempo había cernido con sus cadenas inquebrantables una trampa crispada que sólo los elegidos pueden destruir. Desgraciadamente, yo no estaba entre el mínimo número de los héroes.

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