Fisgas y matracas. (Entrega VI) Capítulo V

– V –

                                                                       Fulsere quondam candidi tibi soles.

 

                                                                       Los paseos abiertos entre macizos y frutales se han cubierto de hojas doradas. El viento resuena a lo largo de las agitadas ramas. El cielo está gris y el aire húmedo, impregnado de olor a sarmientos recién cortados. Entre las zarzamoras atardecidas se deslizan los pequeños y vivaces sonidos de los topos. Aún asoman por las madrigueras los hocicos inquietos del conejo, y rebullen en las cuadras los jacos de paseo. La tahona calienta una pared medianera, a cuyo abrigo ponen las gallinas pelirrojas y se acurrucan gatos dormilones. Apenas un trueno lejano. La tarde se desliza por mis pupilas y en mis manos se agosta el temblor de los instantes dichosos. Entonces me siento al borde del estanque, y me adormezco mezclado de hiedra y campanillas multicolor, jugando con las sombras entre los dedos lejanos, frente al horizonte turbado de un violáceo carmín que se asemeja, por instantes, a las orejas escarlata de mi madre. Cierro con fuerza los párpados e intento ver la imagen blanca del caballo galopando sobre las luces, y a veces lo consigo. Luego inclino hacia la garganta mi lengua, intento paladear el néctar, la ambrosía de fuente velada. Una vez más, me engaño a mí mismo, me convenzo de que las sensaciones reales coinciden con las deseadas. Una vez más, la piel de las cosas se confunde con lo auténtico de las cosas, pues lo que importa no es, en ningún caso, la especulación académica, la retórica de salón poblado de cadáveres engolados. Y en el silencio que habla acuden a mí las respuestas a todas las cuestiones formuladas por el destino de la especie, las preguntas sobre su origen, intuidas por los poetas y negadas por los torpes sabios, y sobre su final más allá de la muerte y acerca de la vida que a veces sonríe, a veces lamenta incluso su prístina soledad. No obstante, aún se mantuvo lejos de mí, silente y ceñuda, la palabra: lo que significó el verbo -que más tarde, en una intuición febril, de esas que jocosamente, creo yo, llaman “éxtasis divino”, creí vislumbrar e incluso percibir al comienzo del caos, y en el caos distinto, no sé si peor, que ha transmutado los antiguos muladares de lava y geodesia en vertederos de conceptos y sucedáneos. Mordí con deleite un fresco melocotón, el extraño fruto que ignoran los dioses. No recuerdo si era totalmente feliz, ni siquiera me importaba; nada exigía de mí mismo y todo me era concedido: estaba en paz. Y tampoco fue necesario aprender el significado de este término; bastaba con sentirlo, arrullado en los brazos que cubría un jersey azul, de pico, con dibujos blancos. El mundo de los problemas y de los adultos, ignorantes y vanidosos, huecos y angustiados, crueles y hostiles, no existía. Pero de pronto, apareció la gran rata gris entre las zarzas. Su paso fugaz, raspando con las patas el seco lecho de hojarasca, semejaba un latigazo detenido.

 

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