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Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VIII. Capítulo VII.

11 agosto 2011

– VII –

                                                                       En parlons point du tout ceci,

mon frère, vous en connaissez pas

encore quel est mon caractère.

 

                                                                       Cuando regresaba en verano, me aguardaba en el pequeño apeadero del pueblo la tía Mercedes; en realidad, sólo su perfume y su chauffeur, un huertano seco rescatado de las labranzas.

-”Por ahorrar, ¿sabes? Cuando pasan de los cuarenta, ella busca a sus colonos ocupaciones más fructíferas. Ahora, por ejemplo, tiene media docena podando los rosales de otoño, ya ves, y apenas ha terminado la primavera”-. Me hablaba, ya en la salita del palacete donde residían, la hermana de Mercedes, mi tía Matilde, una simpática solterona cargada de sortijas, siempre mostrando una doble hilera de dientes amarillos, y, lo que llamaba mi atención especialmente y atraía las miradas curiosas, un espléndido bigote gris, que se rizaba al aire, más allá de las comisuras de la boca. Bueno, era sólo pelusa, pero tan espesa y pertinaz que constituía ya un galardón imprescindible, tributo que la originalidad otorgaba a aquel rostro de gnomo gigante. Mi tía Matilde me atiborraba de té con pastas, acompañado además todo ello con unos pastelitos de crema preparados ad hoc en el obrador de Riquelme. -”Hijito, qué de cosas buenas te perderás allí en tu retiro… En fin, si tu padre se empeña… Pero es un crimen. Y eres tan guapo…”-. Me sobaba los carrillos repletos de dulces. Yo apenas le dirigía la palabra, y en cuanto escuchábamos los sonoros pasos de la hermana menor, el hechizo se rompía. Matilde aguardaba rígida, muy seria, la solemne entrada de Mercedes en la sala. Yo tragaba a toda prisa, ya sin más placer que el producido por mi consciencia del inminente desastre, los pastelillos que introducía ansiosamente en mi boca. Y, como una tromba, llegaba. Sus enormes brazos, de los que pendían al viento colgajos de sedas multicolores, me estrujaban. Hasta lo más profundo de mis oídos llegaba el tintineo interminable de la cadena de oro provista de medallitas y monedas que cubrían amplias zonas de sus antebrazos. Mi cabeza, hundida en sus senos esponjosos, zumbaría ya toda la noche. Entonces, agarrotándola como si se tratara de una sandía a punto de pesar,  la separaba chillando, es decir, hablando a su modo, como lo haría un híbrido de mandril y zarigüeya. Contemplaba el espectáculo de mis ojos aterrados un instante, y acto seguido, sin la menor piedad ni disimulo, mientras me zarandeaba, iba depositando gruesas capas de carmín, desprendidas de su inmensa plantación de labios, sobre mis mejillas, mi nariz, mi frente, y otras zonas nobles de mi anatomía sufrida. Luego metía en el bolsillo de mi chaqueta cinco monedas de duro, de plata, pelucones o rizos, y me despedía con atisbos de locura amorosa en la puerta de su casa, ordenando a su criado, que surgía de entre los mármoles grises como un aparecido de librea y gorro de plato, que condujera al señorito Carlos hasta su casa. Poco más tarde en el vehículo que me transportada durante los cinco minutos escasos que mediaban de una casa a otra, yo, acariciando las monedas cuyo destino trazaba con diligencia inusual, iba borrando con mi pañuelo las huellas de la conflagración, pues tenía prohibido acercarme, bajo ningún concepto, a casa de las ricas parientes. Una antigua disputa cuyo origen nadie recordaba con precisión y cuyas consecuencias mantenía mi padre como motivo primordial de su existencia, unido a la caza y al bridge. No obstante, aún me pregunto cómo podía ser tan distraído y no darse cuenta de mis interesadas visitas tempraneras, sobre todo porque últimamente conseguía, de muy hábiles y elegantes maneras, que mi fortuna disminuyera, siempre, en dos quintos, que pasaban a engrosar la suya. ¿Tributo o quizás nostalgia? A mí aquello no me importaba demasiado, tal vez porque el dinero como medio de adquirir bienes -su fin primordial- no me resultaba necesario. Lo consumía principalmente en obsequios para mis hermanos y mis primas. También, en secreto, guardaba una parte en el buró que mi abuelo conservaba, cerrado mediante un sistema de resortes que me enseñó sólo a mí, y que ocupaba un rincón de su dormitorio. Desde entonces, mis ahorros constituían una fuente de recursos que me venían al pelo, sobre todo para hacer regalos a Eva. Fue mi primera mujer. Como los dos éramos niños, aunque yo bastante mayor que ella, nuestros amores permanecían ocultos, ya que sabíamos que los mayores nos separarían a la menor sospecha. En parte, claro es, porque Eva era la hija de una de las criadas de mi abuela. Su condición de fámula hija no impedía que tuviera unos inmensos ojos negros, rodeados por un rostro bellísimo, al que complementaba un cabello inagotable, derramado en cascadas que la luz abrillantaba con reflejos transparentes. Un día, mientras yo dormía la siesta, Eva entró en mi habitación. Escuché sus menudos pasos y percibí su respiración cerca de mí, excitando mis sentidos. Hacía calor y todos se habían refugiado en los frescos cuartos de la casa, que en el Valle llamaban El Palacio de D. Miguel.

 

Mi abuelo, el Marqués, quería que toda la familia viviese unida, aunque sólo conseguía que estuviera junta. Las treinta y seis habitaciones sólo se llenaban de muebles, objetos y recuerdos, pues incluso cuando llevábamos invitados, el piso superior permanecía casi vacío. Mi habitación tenía dos ventanales que daban a un patio interior descubierto, repleto de plantas, casi todas con enormes hojas, las preferidas de mi abuela. Mi cama tenía dos o tres colchones, y era de un tamaño desmesurado, apta para recorrerla de pie en los juegos infantiles. Eva conocía bien las costumbres de la casa, y por eso, acudiendo a mi llamada silenciosa, estaba allí en ese momento. Por los ventanales cerrados penetraban rayos perdidos de sol, produciendo efectos sombreados de azul y blanco sobre las paredes del techo. Yo estaba desnudo sobre la colcha, de modo que debió notar mi erección enseguida, pues se posó como una tórtola en el borde de la cama, con un ligero temblor que me excitaba aún más. Puse mis manos en sus pechos, apenas florecidos, y, ante mi sorpresa, las desplazó dirigiéndolas a su vientre. Toqué un pubis sedoso que se entreabrió dulcemente mientras yo, con mi torpeza, iba desgranando los botones de su faldita. Tenía la ropa interior blanca, y, los muslos densos introducían mi embajada amorosa sin obstáculos hasta la palpitante oscuridad. Era hermosa y delgada, turgente, sincera, húmeda, con un ardor expandido que brotaba de sus poros asustados y deseosos. Acaricié sin tino sus nalgas y a ese contacto todo mi ser pareció retornar al limbo feliz de los sueños de amor, a esos instantes estremecidos que apenas existen. Quise, por instinto, penetrarla, pero mi entusiasmo se desbordó sin rumbo, a todo lo largo de sus encantos, ahora derribados a mi enlace. Sustituí mi torpeza y mi incauta precocidad con la manipulación de mis dedos que rápidamente se empaparon de líquido brotado de las fuentes del amor. Yo no entendía bien hasta qué punto la pasión se alejaba del amor, y para mí todo era normal, es decir, deseable. Cierto que no debía extrañarme aquella secreción líquida que manaba de la gruta amorosa de Eva, pues antes había manado de mi grifo, y aún seguía haciéndolo, en forma de baba inagotable, de mi boca. Porque yo era, y sigo siendo un baboso impenitente. Pero debo reconocer que tal fecundidad de líquido me asombró. En parte porque se identificaba demasiado con las expansiones de varón, y yo siempre escuché frases perdidas que se oponían a cualquier asimilación, ni siquiera parecido, entre el activo dinamismo del macho y la pasiva lasitud de la hembra. Pero, ¡qué va! Mi amada, sin apenas esfuerzo, desbordaba los vasos del placer por encima de mis arrebatados jadeos de garañón. ¿Qué sería de haberme empleado a fondo? Durante años aquella pregunta no me fue respondida. Con Eva me sucedió algo que se perennizó en mi vida; como yo era una olla nueva, su olor impregnó de tal modo mis paredes, el recipiente de que estoy hecho, que aún persiste, y ha supuesto una constante de mis interiores; incluso cuando he atravesado esas tristes jornadas de soledad, en las que los ojos se humedecen y se crispan los dientes, momentos en que no me servía la convicción de que la vida vale tanto por sí misma que ningún suceso, por extremado y hostil, ninguna especie de ser u objeto, por atentado o próximo o lejano, tiene entidad, ni calidad, ni justificación para hurtar un segundo al placer de vivir, ella se aposentaba, ya lo digo, como el alimento primero que recibiera un peregrino sin horizonte. Yo pensaba, en la sabia incuria de mi edad, que cada momento vale la pena por sí mismo, y que sólo acierta quien no se plantea tantos lacerados porqués. Más tarde, ganado por el pensar y la ignorante sabiduría de la madurez, descubrí y aprobé la gran complejidad de la existencia, cuyo valor estaba en relación directa con la profundidad de las ojeras, el volumen de los problemas o el grado de poder, que viene a constituir la excepción, pues siendo el más atroz de aquéllos, se resuelve por sí mismo, al no resolverse nunca, por definición, con su ejercicio, los problemas ajenos. Pero, resuelto el propio -el de quien manda- resueltos, por fin, todos. Sólo resta al histrión poner cara de circunstancias, fruncir el ceño, escuchar con aire interesado, y aconsejar, opinar e incluso disponer lo que se tercie. ¡Cuán lejos de la vida está el ambicioso de poder, tanto que nunca se dará cuenta de ello! Mi abuelo así me lo decía, al tiempo que mi abuela cargaba de órdenes imprecisas las espaldas de aparceros, labriegos, criados y doncellas. Yo nunca he sentido la tristeza del súbdito que quiere ser señor. Para mi pequeña historia, y sólo en ocasiones, la vida se ha nublado por otra causa, que los poetas llaman amor y los ángeles simplemente deseo. Al fin y al cabo, todo confluye. Y yo he sentido la única pobreza del mundo, no en la pobreza, ni en la insatisfecha ambición, ni en los perdidos honores, sino en el amor-deseo, siempre tan cerca, nunca o casi nunca alcanzado tan de veras y sin ambages como en los primeros momentos, aquéllos en que la piel era el fruto prohibido del Paraíso, el purísimo deleite que justificaba el cielo y hacía sentir ganas de hacer el bien, de rezar, de creer en Dios y amarle, porque me había creado en un maravilloso Universo, a su imagen y semejanza. Naturalmente, esta derivación de mi Fe no era aceptada por las mentes teológicas de mis lejanos maestros, pero ese era su problema. Al fin y al cabo, se me daba una higa casi todo lo que pensaban, una vez aclarado el misterio de la vida, y apenas intuido el rostro feliz del tiempo, hermano de la muerte.

 

Mi abuelo fue un hombre instruido, aunque de modo especial, como él hacía todas las cosas. Sus citas preferidas se referían a las postrimerías, o, según palabras de mi padre, a lo escatológico. Como yo sigo sin entender bien una y otra cosa, me da lo mismo; pero sí recuerdo que decía: “un tropiezo en la vida es como un lunar en el Sol”, cuando alguna doncella quedaba en estado sin casarse, o, “elige tus alimentos y tus bebidas, ya que no puedes elegir tu destino”, cuando alguien le pedía que bendijera la mesa, con evidente desconcierto del invitado, sobre todo si era cura, aunque en estos casos la bendición corría a cargo del profesional, al modo clásico y rutinario. Una vez me explicó que el autor de “Las mil y una noches” era maravilloso aún más por sus contradicciones que por su poesía lineal. “¿Ves?, aquí te dice que alejes la zozobra de tu corazón, pues éste será vencido si no lo haces. Y que no tengas en cuenta la angustia, pues lo que está escrito, deberá cumplirse, y no debe, por el contrario, preocuparnos lo que no está escrito. Sin embargo, más adelante señala que la fortuna no asiste a quien en sus actos no considera el fin y las consecuencias… ¿Lo entiendes?”. Sí lo comprendía, pero me daba igual. La contradicción para mí no resultaba ilógica, pues dependía de la perspectiva, e incluso de la inspiración, o del tiempo, o, simplemente, del pensamiento, que en cada caso difiere, y no por eso excluye uno la bondad o malicia del otro. Mi padre censuraba esa “enfermiza síntesis, ese eclecticismo diletante”, que achacaba, sin duda con razón, a la ignorancia. Pero yo creo que es uno de los descubrimientos en pro del bienestar psico-físico mayores de la historia. “Me gustan rubias y morenas”, decía yo, incapaz de citas mejores, que explicaran con palabras de otro lo que uno se basta y sobra para comunicar. A mí me repugnaba que fuese necesario para verificar el conocimiento o comprobar la excelencia del juicio, hurgar en dichos ajenos, emanados de gargantas sesudas y profundas. Sólo recuerdo las citas que los demás me comunican, y en especial las de mi abuelo, que cayeron sobre mí como rocío en los tallos de una mandrágora. Cuando se hundió el mercado minero del que era capitalista, sólo dijo aquella frase de Don Quijote: “Podrán los encantadores que me persiguen quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo no lo conseguirán”. Y siguió tan pancho. Yo creo que las frases solemnes le producían un deleite que iba más allá de la vanidad, hurtando el desánimo, y provocando la eclosión de las Fuerzas Sagradas que conducen al éxito. Porque eso quería él. “De nada sirve el tesoro si no se muestra, y para nada el talento si no se utiliza, y con ello se logra el éxito, y, con ello, la felicidad”. Me decía algo sobre Shopenhauer y su criterio que asimilaba a la felicidad el éxito para inmediatamente situarla en el interior del hombre, del individuo. “Es característico de los genios la contradicción”. Una vez me dijo que él citaba porque se aprendía sin querer las ideas que le parecían excelentes, y porque su reproducción literal era además un buen ejercicio intelectual, la única forma de comunicar exactamente el pensamiento de su autor. “Las glosas y las interpolaciones conducen inevitablemente a la confusión y a la deformación”. Antes de decidir eliminar las citas de mi vida, aprendí una, de Hegel, que servía a mis propósitos: “Cuando más firme,  bien definido y espléndido es el edificio erigido por el entendimiento, más incontenible es el deseo de la vida por escapar de él hacia la libertad”. Era eso lo que yo quería: la libertad de vivir, aspirar la vida por sí sola, amarla y disfrutarla en el único sentido que la justificaba, ella misma.

 

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Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VII. Capítulo VI

11 agosto 2011

– VI –

 

 

 

 

 

 

Et quod vides perisse

perditum ducas.

 

Las cosas se me echan encima, de manera que, cuando quiero darme cuenta, ya las tengo sobre mí, desbordándome, mostrando la auténtica faz de los aconteceres. Por ello mi aprendizaje se refleja en la vida y no en los libros o en las escuelas de cómo ser y hacerse, cada vez más lejos del propio ser que es uno cuando se mira, por fin desnudo, ante el espejo. Y las viejas metáforas retornan a la vuelta del desprecio que la nueva sabiduría atada con pinzas le prodigó, confundiendo el tópico con el tónico y la gimnasia con la magnesia. Y hoy te he visto ya tan mayor y tan lejos, con la desenvoltura y el despego alegre que me hace sentir tu alegría y mi tristeza, una por ser como eres y otra por ser como soy, y me hace más viejo aún mirando los retozos del nieto travieso sobre las alfombras, con la regañina que nunca pasa de acoso al temperamento, inicio de atrabilis y de jaqueca. Te he visto ya fuera de mi órbita, yo el gran planeta que atrae a los pequeños y vistosos satélites descuidados, que van creciendo y por fin o se evaden o te ignoran. Y he recordado la figura endeble del viejecito con el bastón y el ancho abrigo, remirando con pupila de tarta de nata la fiesta de los pequeños y los adultos, ahora ya excluido por un sorteo de esquemas del centro y de la influencia, reclinado para su escaso siempre en las cuclillas expectantes de la soledad. He sentido por primera vez el crujir de mis vértebras duras, contrastadas por tu insultante lozanía cimbreada y vigorosa, y, aún sabiendo cuál es la respuesta, he callado, porque los jóvenes adolescentes no podéis comprender -como tampoco yo supe- el secreto del tiempo. Asumirlo como se acoge lo inevitable, sin el temor que acorta la vida, ajeno a la convulsión de las ansiadas diferencias. Buscaba yo un paisaje propio, que identificara mis párpados ante la visión de la mañana, esa entidad que algunos llaman futuro, y el espejo sólo mostraba la mutabilidad de las arenas. Comprendí que nada hay tan diferente a sí mismo, tan alejado de la monotonía -de la igualdad o del hastío- como ese desierto de mi sueño simbólico. Y me acogí al placer del instante, al sabor intenso de cada minuto, sin buscar la trascendencia o la explicación, marginando las referencias que entorpecen, hurtadas a la memoria las memorias, vividor del tiempo que se muda a sí y para sí sin mudar. Y ese es el secreto, liso y armónico al modo de las perlas, el único misterio, encubridor de respuestas que las cifras y los datos no pueden jamás rellenar, porque carecen del sentido y escapan al lenguaje. La lluvia, por fin, golpea con acre paciencia los turbados vientres del gran tambor, dormido en el ocaso. Las ánforas del Acuario derraman el agua de plata de Sherezade.

Fisgas y matracas. (Entrega VI) Capítulo V

11 agosto 2011

– V –

                                                                       Fulsere quondam candidi tibi soles.

 

                                                                       Los paseos abiertos entre macizos y frutales se han cubierto de hojas doradas. El viento resuena a lo largo de las agitadas ramas. El cielo está gris y el aire húmedo, impregnado de olor a sarmientos recién cortados. Entre las zarzamoras atardecidas se deslizan los pequeños y vivaces sonidos de los topos. Aún asoman por las madrigueras los hocicos inquietos del conejo, y rebullen en las cuadras los jacos de paseo. La tahona calienta una pared medianera, a cuyo abrigo ponen las gallinas pelirrojas y se acurrucan gatos dormilones. Apenas un trueno lejano. La tarde se desliza por mis pupilas y en mis manos se agosta el temblor de los instantes dichosos. Entonces me siento al borde del estanque, y me adormezco mezclado de hiedra y campanillas multicolor, jugando con las sombras entre los dedos lejanos, frente al horizonte turbado de un violáceo carmín que se asemeja, por instantes, a las orejas escarlata de mi madre. Cierro con fuerza los párpados e intento ver la imagen blanca del caballo galopando sobre las luces, y a veces lo consigo. Luego inclino hacia la garganta mi lengua, intento paladear el néctar, la ambrosía de fuente velada. Una vez más, me engaño a mí mismo, me convenzo de que las sensaciones reales coinciden con las deseadas. Una vez más, la piel de las cosas se confunde con lo auténtico de las cosas, pues lo que importa no es, en ningún caso, la especulación académica, la retórica de salón poblado de cadáveres engolados. Y en el silencio que habla acuden a mí las respuestas a todas las cuestiones formuladas por el destino de la especie, las preguntas sobre su origen, intuidas por los poetas y negadas por los torpes sabios, y sobre su final más allá de la muerte y acerca de la vida que a veces sonríe, a veces lamenta incluso su prístina soledad. No obstante, aún se mantuvo lejos de mí, silente y ceñuda, la palabra: lo que significó el verbo -que más tarde, en una intuición febril, de esas que jocosamente, creo yo, llaman “éxtasis divino”, creí vislumbrar e incluso percibir al comienzo del caos, y en el caos distinto, no sé si peor, que ha transmutado los antiguos muladares de lava y geodesia en vertederos de conceptos y sucedáneos. Mordí con deleite un fresco melocotón, el extraño fruto que ignoran los dioses. No recuerdo si era totalmente feliz, ni siquiera me importaba; nada exigía de mí mismo y todo me era concedido: estaba en paz. Y tampoco fue necesario aprender el significado de este término; bastaba con sentirlo, arrullado en los brazos que cubría un jersey azul, de pico, con dibujos blancos. El mundo de los problemas y de los adultos, ignorantes y vanidosos, huecos y angustiados, crueles y hostiles, no existía. Pero de pronto, apareció la gran rata gris entre las zarzas. Su paso fugaz, raspando con las patas el seco lecho de hojarasca, semejaba un latigazo detenido.

 

Fisgas y matracas. (No-vela) Entrega V. (Capítulo IV)

11 agosto 2011

– IV –

                                                                                  ¿Cuándo, ¡Oh sabio!, los

guerreros comprenderán

el mensaje?.

 

Fue un dichoso invierno, en el que la opacidad perenne del aire gris y de la húmeda tierra quedaba iluminada por mis íntimos fuegos, de suerte que este símbolo de la energía se apoderaba de los entornos y hacía en ellos morada sin tristezas. Los toques de reunión, el timbre y la campana, las filas de retozantes novicios, los peregrinos transeúntes, y el áspero estudio, cuyo tedio me abrumaba, y hasta el frío que calaba los huesos y despertaba a media noche con sus alfileres de carámbano, resultaban no ya soportables sino incitadores. Descubrí la perspectiva de las cosas, la oscilación de la vida, la relatividad y los prismas que afrontan las imágenes sin verlas. Descubrí que todo valía la pena. Si uno se encuentra con su imagen y la conoce y la estima hasta el único punto inexcusable, el de la sinceridad que reduce los pecados a las formas y las estructuras de cada instante que llaman historia. Descubrí que la historia que nos cuentan, y que ignora las pasiones de las personas que las hacen y sus íntimas razones, y su esencia, no es más que una crónica muerta y deforme. Y todo me causaba, a la postre, alegría, porque rechazaba sin más lo accesorio y me quedaba con lo importante. Lástima no participaran mis mayores y mis maestros del mismo criterio, lo que supuso hartos contratiempos, pero yo insistí en mi contumaz creación: quería ser yo mismo, fuera quien fuese, y no el mejor o lo que ellos consideraban bueno. Sólo un prejuicio persistió y persiste: la turbación mostrenca que, tal vez por la ceguera ínsita en los muros silenciosos y en la fauces rígidas de sus cultores, se agarró a mis entrañas como un parásito tan fiero que aún pienso si no será parte de mí y de la verdad. Las postrimerías, el pavor escatológico, la hinchazón venenosa del infierno. La muerte, la destructora de la amistad y la separadora de los amantes, y también, la creadora de nuevos amigos y reparadora de amores hartos que sustituye por otros nuevos, constituía para mí una porción de la oscilante realidad: a veces esquiva, otras cercana; risueña en ocasiones, otras llorosa. Pero poseía una “cualitas” distinta, tal vez señera: su carácter solemne e irritable. Su irrecuperable faz. Me habían adiestrado en las solemnes promesas de la eterna vida, pero yo sólo había sentido en mí la fuerza del destino, y éste, incierto y personal, identificado con misteriosos sueños que soplaban, como el espíritu, donde querían y como deseaban. Mi voluntad estaba atenta a la creación, pero ésta, como la muerte, venía sólo cuando menos se esperaba, atendiendo, sí, a una voz, pero no a la llamada de la inquietud o del deseo. Había comprendido la inútil firmeza de los esquemas que los sabios realizaron y el valor de la soledad; supe ya para siempre que los auténticos valores residen en la intimidad, y conocí la dificultad de su acceso feliz, aquel donde la armonía se reviste de lejanos sueños. Y cuando más tarde, imbuido de ocultas sombras, acepté los ritos de la especie truncada por sus pesarosos esfuerzos, recordé aquella luminosa certeza que me mostraba los senderos ocultos de la dicha. Pero ya el tiempo había cernido con sus cadenas inquebrantables una trampa crispada que sólo los elegidos pueden destruir. Desgraciadamente, yo no estaba entre el mínimo número de los héroes.

¡Descubierto el Mediterráneo!

11 agosto 2011

Lo presentíamos. Navegando por la sequía de Madrid, dale que te pego al zapping de la radio, ahora que los sistemas -con perdón- lo ponen fácil, ya habíamos casi perdido la esperanza. La esperanza es una fe que se nutre de la caridad, o sea, el tripartito. Pero algo en nuestro interior -hablar en plural conmueve a los diletantes, les hace partícipes del yo que es ‘nosotros’ yjustifica la necedad- percibía un tufillo de Orión, cuando el gran Runner siente que no va a morir. Y, de repente: ¡allí está! Cadena SER, ¡Vivan las caenas! Sampedro, Nativel, otros, y sobre todos ellos, ave fénix, ancestro y herencia, gran paladar y ojos resignados, Iñaqui, Gabilondo, claro. Encuentros.. ¿en la tercera fase? ¡No! Baste la primera, un material moderno, con el que se fabrica la demagogia. La pedagogía social de los maestros, tú entra y opina, anda, ve, y si miras con atención verás que al fondo brillan las canciones de los Diez Mil. Zálata, zálata! ¡El mar, el mar!

-¿Pero eso no es de la retirada? ¿La Anábasis?

-Calla, hombre, a ver si cuela.

RELIGIÓN

2 agosto 2011

Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era como la mía. Ahora, mi corazón es capaz de adoptar todas las formas religiosas: es pradera de las gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán, porque profeso la religión del Amor y voy a donde quiera que vaya su cabalgadura, pues el Amor es mi credo y mi fe. (Ibn ‘Arabi)