El bofetón.

Despistar a los escoltas era fácil. Pero había que intentar hacerlo sin que resultara humillante. Al fin y al cabo estaban para protegerle… y no sólo de los terroristas o los dementes sino de quienes le admiraban o se sentían fascinados por la figura del príncipe, un heredero apuesto y rico, cualidades que eran destacables incluso entre las testas coronadas. Al final había descubierto el truco: hacerles cómplices. Se escapaban juntos, remedando aquellas correrías de juglares y escuderos paralelas a las de sus señores, y que confluían en la misma materia erótica. Había descubierto una gacela de ojos rasgados en la penumbra del disco-pub y hubiera jurado que la conocía desde siempre. Sus aventuras eran naturalmente fáciles, discretas y rápidas. Lo llamaba el privilegio, y sentía una cierta vergüenza de que todo resultara así, tan al margen de la conquista. Las chicas se le metían en la cama casi antes de pedírselo, y a veces eran ellas quienes lo pedían. Se acercó con la fatua seguridad de su parte y los siglos de apellidos y de títulos. Rozó su cara y ella le dio un bofetón que pasó casi desapercibido. Como un latigazo de luz, surcado desde un brazo suave y peleón.

 

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