Fisgas y matracas. (No-vela) (4) capítulo III

– III –

 

Miserarum est neque amori

dare ludum…

 

                                                                       Ya fuera porque tanta emoción me había debilitado, o porque cogí unas calenturas en mi peregrinar por los zócalos desiertos, me puse malo. La enfermería, que hasta entonces no había pisado siquiera, era un acogedor recinto, compuesto de tres salas medianamente grandes, seis o siete habitaciones independientes, y dos más destinadas a consultorio y cocina, además del dormitorio de la hermana enfermera. Ocupaba este puesto, en turnos rotatorios, el grupo de monjas más experimentadas, excluida la Superiora, siempre afanada en sus rezos y en la organización conventual de sus pupilas. A mí me llevaron a una de las habitaciones independientes, en parte por mi rango, y en parte, según supuse, por si mis fiebres eran infecciosas. Durante dos días estuve aturdido, soñando con las sombras fantasmales del delirio. Cuando desperté de mi letargo febril contemplé su rostro sonriéndome.  El corazón  abandonó sin reparos mi pecho al verla, y un calor ajeno a la temperatura subió hasta mis orejas. Ella me ofrecía una taza de humeante caldo. Lo bebí sin separar la mirada de sus ojos. Luego me deslicé sábanas abajo, sin saber qué hacer. Por fortuna mi rodilla se tropezó con su cadera, y allí quedé inmóvil, esperando un milagro. Pero no sucedió sino que mi enfermera se alzó lentamente de la cama, y poniéndome la mano, suave y delicada, sobre la frente, me dijo que descansara -”Volveré dentro de un rato”- añadió. Quedé solo, con las manos sobre mi vientre, acariciando el recuerdo de su divino cuerpo sobre el lecho del confesor. Me adormecí enseguida, y apenas escuché entre sueños el quedo sonido de la puerta abrirse al rato. Unos brazos destaparon mis hombres, luego mis piernas, y una voz de terciopelo susurró: “Lo siento, marquesito, tengo que pincharte”. Bajó el pantalón y acarició suavemente la nalga descubierta, -”Ay”-. -”¡No es nada!. Sólo un instante… Ya está”-. Y palmeó un par de veces mi trasero antes de taparlo con la ropa. Yo transformé de inmediato aquella escena semimuda y aséptica en un desenfrenado trasiego de imágenes eróticas, en las que hincaba mis propias agujas mil veces a lo largo de aquella espalda turgente. La puerta se cerró de nuevo, y con ella mis ojos, pero no mi deseo, abierto más y más a la aventura, ni mi cerebro, que urdía formas posibles de transformar en algo inolvidable aquella fortuna que el destino colocaba al alcance de mi mano. ¿Abalanzarme sobre ella, quizás, y jadear como un garañón desbocado? ¿Acariciar suavemente sus hábitos, mientras mi boca buscaba su cuello?. Las fórmulas que, por suerte, había visto ejercitar en tales lances, deberían servirme de ayuda y modelo en mi conquista. Nunca pasó por mi cabeza la desigualdad del evento, ni las diferencias patentes entre el cura maduro y el neófito adolescente. Yo sabía que debía hacerlo, y lo haría, aunque ello me costara la vida. Sin duda Satanás quebrantaba mi ya natural debilidad con la persistencia en el error, porque ello se me antojaba, sin lugar a dudas o vacilaciones, un objetivo necesario en mi existencia. La sor de ojos rasgados, que yo había conocido tan bien sin ella sospecharlo, era el horizonte donde mis paisajes aguardaban una aurora venturosa. Inventaba palabras, frases de las comedias sacras, en las que cada prosopopeya se convertía en verso dirigido a mi amada. Hasta tal punto me sentía impregnado, más aún, invadido, poseído por aquella obsesión, que confundía los latidos de la fiebre con el anhelo que golpeaba mi corazón. Por fin, una tarde, ya casi repuesto, encontré la fórmula. Sin duda me fue dictada por algún ángel ciego, o por algún travieso diablo, que viene a ser lo mismo. Cuando entró la hermana en el recinto, siempre sonriendo, y se aproximó hasta sentarse en el borde de mi cama, yo tenía ya dispuestas las palabras, los gestos.

 

– Quédese a rezar conmigo.

– Debo ir con la comunidad. Ya se están reuniendo en la capilla.

– Por favor. Si no se queda me pondré aún peor y no me curaré nunca.

 

No sonaba banal, porque unas lágrimas de las que ni yo mismo hubiera sospechado la falsía, brotaban de mis ojos, mientras mis manos agarraban el enorme rosario que decoraba fastuosamente sus flancos.

 

– Está bien, me quedaré. Rezaremos juntos. Pero debes ponerte bueno enseguida, ¿de acuerdo?

 

Todo así de fácil, tan sencillo que casi me hizo desfallecer. Porque ¿cuál sería el paso siguiente? Decidí esperar una iluminación del ángel ciego. Transcurrieron sin duda los más largos instantes, esos que preludian los aconteceres anhelados y que insertan en su naturaleza la dulzura de las vísperas, lo mejor que poseen los momentos festivos. Por fin volvió. Sonreía. La tarde se turbaba, lenta y gris a través de los cristales cubiertos de visillos albos. Me tomó entre las suyas una mano, y con la música entre los labios, comenzamos el rito de la plegaria monótona. Podían escucharse los cánticos que en la capilla interferían el ronroneo plácido de los rezos. Coincidiendo con un sostenido contralto que fue mi señal de ataque, me incorporé rápidamente, sin perder, no obstante, el sosegado compás de la oración. Ella esbozó un temblor y un gesto indefinible, apenas iniciado por los ojos, que me miraron furtiva y ágilmente. Mientras sus labios se abrían, dirigí los míos hacia su rostro y la besé apenas. No se movió. Bajo el hombro, entreví un botón de perla que sujetaba el ceñidor almidonado en torno a su cabeza. Lo desabroché; movido por un resorte inesperado, todo el edificio que la envolvía se desprendió. Un pico golpeó mi mejilla, ocasionando un corte. Instintivamente, sequé la sangre con mi mano. Ella tomó un pañuelo diminuto, y, con la puntas, conectó suavemente la herida mientras me miraba. En su cuello descubierto lucían juntos dos lunares luminosos. Descendí hacia ellos y los besé con los labios despegados, como succionando la ambrosía de un manantial olímpico. Habían cesado los cánticos, y el murmullo heterogéneo sucedía al sonsonete repetitivo de la capilla. No hizo ningún gesto brusco. No me apartó ni me habló. En un segundo tornó a su lugar la vaina, cofia preservadora de la belleza, y enlazó, tras un chasquido seco, la perla en el ojal. Luego salió sin más. Yo me sentí feliz. Mi dicha era inmensamente superior a mi placer. No podía compararse, ni por asomo, aquella sensación de plenitud, aquella victoria alcanzada en la esperanza, aquella dicha surgida de la adoración, aquella sublime y mínima locura, con la aventura del diván; o con mis solitarias maravillas.

 

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