Fisgas y matracas. (No-vela) (3) Capítulo II

– II –

                                                                       “… e tornóse a su raiz,

e a su natura”

 

                                                                       Tras mi gozosa experiencia supe ya para siempre lo cierto de aquel refrán, pues en todas partes cuecen habas, y en ciertas casas a calderadas. Ello supuso un enfoque nuevo de todo lo que me rodeaba, pues, desde los muros a los pupitres, una luz distinta, esperanzadora e incitante, invadía mis entornos, e incluso llegaba a caldearlos. Como hombre de suerte, el tiempo colmó con creces esta esperanza y supo hacerme descubrir bajo la capa beatífica y lejana de las cofias monjiles sabores más dulces que la miel. ¡Quién iba a decir que los placeres estaban tan prestos, atendiendo tan sólo al recato y apartamiento de los claustros!. Pero el Diablo sabe bien cómo enredar los pitos para que suenen a destiempo, y yo siempre he sido un tentado facilón, pecador por inercia y sin mérito, carne de poca monta para el trofeo enemigo. En mis duermevelas infructuosas a veces me sorprendía soñándome con el apelativo “El Caído”, y eso a punto de trompicar un cabezazo en el vacío, o de saltar una ventana o subir un repecho sin éxito, todo sujeto a la imagen del sueño.

 

Un día decidí exponer al confesor parte de mis cuitas, menos por arrepentimiento o escrúpulo que por terror, siquiera circunstancial, al infierno prometido, que yo veía tan cercano, pues mi conciencia sabía que buscaba y anhelaba las ocasiones que le brindara el dulce pecado del sexo. “Me iré al infierno de todas maneras -me decía- porque mi pensamiento está manchado, así que procuraré irme satisfecho y en obra, no en idea”.

 

El confesor tenía un aspecto galanudo, de alta estatura, recio de cuello, algo aguileño y achulado, el pelo crespo y las manos fuertes. Era de ascendencia belga, o francesa, según creo. Yo le admiraba porque discutía con el Rector, y éste, casi siempre, terminaba la conversación cerrando los párpados y agachando la cabeza, como si rezara. El confesor tenía sus aposentos en un ala guarecida del frío y de la lluvia que azotaba el resto de las dependencias y del claustro, porque llegó unos meses antes de lo previsto y hubo que acondicionarle sus habitaciones en otro lugar, más cerca de las cocinas. Don Renato llegó antes de lo previsto porque el Padre a quien iba enviado para sustituir por muerte sanó o, mejor dicho, se repuso durante casi un año, de modo que la presencia de su enterrador constituyó un motivo más que suficiente, unido a su oposición a dejarle sus habitaciones, para superar, temporalmente, la enfermedad.

 

Cuando ya llegaba a su cuarto, me pareció escuchar un ruido de puertas y unos cuchicheos, que apenas atendí, pendiente de qué le diría. Había pedido permiso para visitarle. Era la hora de la siesta, y todo el conjunto de piedra y carne reposaba. Me dispuse a llamar con los nudillos. El calor de las cocinas gratificaba el aire y templaba los alientos. “Se está bien aquí” -pensé-. De repente, unos jadeos y algo similar al ritmo de un oleaje próximo llamó mi atención de tal suerte que detuvo mi mano en el aire. Por la gran cerradura se filtraba una luz dorada. Conteniendo la respiración, apartando hacia un lado mis faldas habituales, me agaché y aposté un ojo en el vano de la llave.

 

La imagen que llenó mi atenta pupila estuvo a punto de dar al traste con el sigilo que preservaba mi anonimato. Porque una exclamación de asombro, un grito admirado se ahogó recién nacido en mi garganta. El culo del confesor subía y bajaba ante mis estupefactas narices, y de las entrañas de la cama emergía a intervalos, con las cadencias del resuello, una tibia y múltiple forma de mujer redonda y blanca como una inmensa oblea, cuyas esferas turgentes se repetían y destacaban sobre su colcha bordada en azul oscuro. Contuve la respiración al tiempo que mudaba de ojo, porque la postura forzada y el contenido parpadeo ya me estaba agotando el otro. Entonces vi una abertura en el bajo de la puerta, que traspasaba la luz del cuarto. Me tumbé en el suelo caldeado por los hornos y el vapor de los hogares cercanos, y, con la cabeza apoyada en el antebrazo, apresté mis sentidos de buen discípulo a las enseñanzas prácticas de mi maestro espiritual; éste, a quien ya pude ver en la plenitud de las formas y en la perspectiva completa de la escena, mantenía una crispada expresión, el cabello más tieso que nunca, y sudaba copiosamente, merced al denodado esfuerzo que desarrollaba y que tanto parecía complacer a su compañera; ésta, si bien con menor coraje, no cedía al envite, y revolcaba por la ancha cama -compuesta a la medida de los abates antiguos- sus miembros torneados. Me ofrecía espontáneas perspectivas de sus nalgas rosadas, donde florecían dos pétalos palpitantes, que el cura manejaba con lengua y con manos, con brazos y con piernas. De pronto la expresión del clérigo se oscureció: temí por mi alma, pues imaginé que había sido descubierto; cesó el jadeo un segundo. La coima entreabrió los ojos sobre los abiertos muslos, y él le dio la vuelta. Entonces vi la verga del cura, un mástil de palmo y medio, gorda como una morcilla de León, tiesa y brillante en su oscura prestancia de rama de ébano, rematada por un capirote de caoba tintada en yodo, que rezumaba gotitas de semen. La mujer tendía sus nalgas hacia el techo, y recostaba los antebrazos y la cara en el colchón, apoyando sus rodillas fuertemente. El confesor aulló como un gato montés, y se arrojó con expresión ausente y desencajadas fauces sobre su presa vencida; ella, manteniendo las grupas erguidas, con el reluciente pétalo ya cubierto de fraile jadeante, metió sus brazos bajo el cuerpo, agarró el nabo del montador, y con la gracia y el donaire de los mamporreros, se hincó apresuradamente. El cura estalló, aplastó el cuerpo derramado por la colcha azul, saliveó la pared, asió los cabellos sueltos de la dama, pateó entrecortadamente, y, mordiendo una oreja que pilló por delante, eyaculó al tiempo que yo mismo, sólo que en mejor recipiente que su discípulo, pues, por mi parte, me limité a depositar un buen vaso de semen en las losas cálidas del suelo. Durante unos segundos mi propia ausencia causó el olvido de los espiados, y cuando regresé al hueco de la puerta con ojos ya más torpes, vi la cara de la monja. Y allí aprendí que nunca la apariencia refleja necesariamente la verdad. Porque ni el rostro ni el cuerpo, eran tales en el desnudo del íntimo escarceo, cuales en la transitada clámide de los pasillos, cuando las hermanas de ojos bajos y manos ocultas ramoneaban entre los destinos solemnes de las cacerolas, las habitaciones de su clausura, el templo y los huertos. Aquella monja reposaba junto al cura, vuelto hacia un lado, y me ofrecía su cuerpo en ofrenda a la perseverante devoción que como fiel y oculto siervo de sus gracias yo le dedicaba gustoso: con la mirada fija en el techo, el semblante algo serio, relajado, sin embargo; pechos mejor provistos no vi a lo largo de diez años, con remate de pináculos erguidos, pezones ajardinados de redondos cálices, senos que llenaban el ancho de aquel hemisferio blanquísimo. Me dirigí a la bragueta de nuevo, y agarré mi pobre aprendiz de bergante, algo inquieto nuevamente, al tiempo que descendía hacia los lugares vestidos por la cauta naturaleza de follaje protector. Yo había visto a aquella monja junto a la Superiora, en los Oficios, y creo que era algo así como su ayudante, persona de su entera confianza. Tendría algo más de veinte años y menos de treinta. Su rostro irradiaba una fascinación que debe asemejarse a la de los iluminados por la visión beatífica, y pude comprobarlo muy pronto personalmente.

 

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