Carta a los duendes. (1986)

CARTA A LOS DUENDES

            Mis traviesos amigos:

 

Después de buscaros incansablemente por doquier, sin éxito, decido poneros estas líneas animado más por mi desmesurado optimismo que por lógica o estadística. Ya me comprendéis, mi esfuerzo resultaría inútil, ya que la lógica os define como inexistentes, o mejor, no os define como reales. Y si mi conducta se ajustase a los parámetros estadísticos, aún más baldía iba a resultar mi pretensión, pues la estadística, en contra de su misma naturaleza mentirosa, no os contabiliza ni como entes falsos. Ambos caminos reflejan, una vez más la angustiosa paradoja de nuestra flojera mental, ya que, sabido es,  vosotros o existís, o no. Y en el primer supuesto, la lógica, la razón, el seny o el sentido común, debería concederos el atributo de ser o cosa que es; y, en el segundo caso, la estadística que señala con datos las mentiras, tendría que recogeros en su seno como bien amados seres mentidos, o sea, como mentiras.

 

Bueno, a mí se me da una higa  lo que de la anterior reflexión pueda alguien inducir, ya que la única causa sensata o insensata de que semejante dialéctica se origine no es otra sino la notoria incapacidad del bicho social que llamamos hombre para soportar la fantasía. O dicho de otra manera, la insulsa estupidez de la especie, que prefiere las moñigas de la política aullante o los estereotipos de la intelectualidad ramplona, o, peor aún, la malicia del comercio o la agresividad de los mandones, a la imaginación, a la utopía, a la creación.

 

Porque si yo os llamo a voces, queridos duendes de las cosas y de la gente, es porque sólo con vuestra ayuda podré sobrevivir. Y, tal vez, también anime a hacer más soportable la vida al prójimo próximo. De lo contrario, está claro que esto no hay quien lo aguante. Nos pasamos la vida de majadería en majadería y de susto en susto. Y por mucho que uno no participe íntimamente de tantas cuestiones nefandas, su polución salpica al más aseado y precavido. Tened en cuenta que en este pícaro mundo, nadie se escapa, hoy como ayer, de la injuria, de la difamación o de la calumnia, si en algo sobresale; y, si es discreto, su entorno cercano le procurará envidiejas sutiles, afrentas o sabandijas que le incordien.

Esto a niveles individuales, que tal vez resulten más aceptables por aquello de su escasa difusión – lo que no evita que para los interesados sea igualmente pernicioso – pero si nos metemos en el colectivo, ¡ ahí es nada ! Echad un vistazo montaraz y, si gustáis, hasta diletante, al panorama político, económico y social, que son las tres monturas que ponen bajo sus nalgas los jinetes del orden. Para cualquier político que se precie, el punto primero de su programa, y, a veces, el fundamental de sus principios, es la muerte: preconizar la guerra, la violencia, el mantenimiento de sus constantes patológicas, no sólo es fin y objeto sino también se identifica como lenguaje de convicción, pues los llamados “ líderes “ siempre apelan a los ejércitos y a la modernización de sus efectivos y medios de persuasión intelectual. Y no es posible dejar de comprenderlos, como dijo Spinoza que deben entenderse todas las situaciones humanas, pues ¿ de qué otro modo iban a cumplir los designios y acoplarse a los módulos de un sistema que considera normal gastar billones en bombas que, periódicamente, se arrojan los unos a los otros ? La economía es aún más excitante. Ya sabéis que llevamos una docena de años en crisis; antes hubo muchas otras, pero esta tiene la horrible particularidad de que nos toca a nosotros, quiero decir a quienes nada tenemos que ver con sus manejos. Todo empezó el día en que un jeque árabe fue a la Universidad y allí le enseñaron a sumar, y, un poco, a multiplicar; jamás aprendió a restar y dividir, aunque eso ya lo conocía experimentalmente, merced al adiestramiento secular de países justos, pacíficos y democráticos como Inglaterra, Francia, U.S.A., Holanda … Lo cierto es que la crisis vino porque el moro supo que le pagaban un duro por el barril de petróleo que luego los demócratas justos y pacíficos vendían a sus súbditos a mil duros. Claro que los beneficios marginales los empleaban en obras culturales y científicas, mejora de las prestaciones sanitarias, fomento del ocio y la creatividad, eliminación de los increíbles desequilibrios sociales, y, sobre todo, en desarrollar íntegramente los países pobres -de donde extraían las materias primas que enriquecían más a los ricos- proporcionándoles becas y dictadores, eliminando el hombre en el mundo y facilitando más y más trabajo en todos los sectores. El resultado es que por culpa del moro que aprendió a sumar, la economía se ha hundido. ¡Y luego dicen que es bueno saber! Menos mal que lo social marcha viento en popa. En lugar de masas manipulables a través del marketing, el dirigismo consumista de los medios de comunicación y la tendenciosidad perenne de la prensa, tenemos ahora en el mundo unos mil setenta y seis millones de chinos, y algunos más de las otras llamadas razas que piensan y actúan según su libre y voluntario albedrío. Lo malo es que no saben qué diablos es el albedrío, y no lo usan; pero eso es problema suyo. Las injustas diferencias sociales han desaparecido casi por completo, ya que los “diferentes” se van muriendo. Se ha controlado la natalidad – y encima regalan transistores de Taiwan – y el aborto es, al fin, un derecho, y no sólo un hecho, en todos los países desarrollados, donde, incluso, les pagan a las abortadoras en efectivos sus gastos. Se está pensando en instaurar un premio a la abortista más fecunda del mundo, consistente en dos docenas de cajas de anovulatorios y un millar de “containerts”, tipe máximum sensitivity. Parece descartado añadir un número de mini-féretros irisados equivalente al de muertes, digo interrupciones de la vida causadas. Y todo por el estilo; la gente, contenta a más no poder acude en masa a los “lugares de encuentro” que es como los sociólogos llaman ahora a los sucedáneos de comuna.

 

Todo, como veis, muy consecuente, muy dinamizado, muy colectivista, muy riguroso, muy explotador, muy apacentado, muy como siempre. Es decir, carente de la ruptura de moldes que supone la simple y llana imaginación, ausente de toda fantasía lejos de lo utópico, muy firme en el suelo, muy realista, muy “seamos pragmáticos”, muy voto útil y así.

 

Queridos duendes de las cosas y los sueños; volved si alguna vez habéis estado, venid, si nunca habéis venido. Entrad en el corazón del político y del general que no se estremecen ante la sangre  rota de un niño, mostradle la risa de los poemas y la sombra alada de los sueños. Enseñadles a ellos, a los manipuladores del dinero, a los mafiosos y a los violentos de qué color son los pensamientos de la creatividad, cómo son las palomas de la fantasía, cuando y por qué cantan en el alma los felices sonidos de la generosidad y del amor.

 

Mientras tanto, aguardaré en el rincón ajado, solo y triste, a veces asomando mis últimas energías al exterior como un testimonio de pervivencia que rehuye la hostilidad pero que la acompaña como el grito de los gavilanes y de las alondras al encontrarse. Porque, mis buenos, mis dulces, mis traviesos, mis a veces malvados y siempre ocurrentes duendecillos, vosotros, sólo vosotros, podéis sazonar este insulso caldo de la vida, y sólo vosotros trastocar el hediondo condimento de la mugre en una copa de perfumada manzanilla.

Vuestro siempre,

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