Fisgas y matracas (no-vela). (2) Cap. I

 

 

Syempre qu’is muger chica, más que grand’ni mayor.

Non es desaguisado de grand mal ser foydor.

Del mal, tomar lo menos; díselo el sabidor:

Por end’ de las mujeres la menor es mijor.

 

 

 

 

                                                                       (Libro de Buen Amor).


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-I-

 

 

chi é avvisato, é armato.

 

                                                                       Mi padre estuvo siempre empeñado en que yo fuera obispo. Y, a fuer de conseguirlo, se alió con la naturaleza, que me había dotado de cualidades inexcusables para alcanzar esa dignidad: Familia aristocrática en la que ocupaba un puesto segundón: estatura reducida y tendencia a la calvicie y al engorde: buenas rentas, mucho trasiego social y algún celemín de influencias en la Corte. Por demás, los tiempos habían, ominosamente, cambiado, y ya no era posible, según me contaba la tía Irene, nombrarle a uno Obispo de Tordesillas a los seis años, por ejemplo. Así que me enviaron al Seminario.

 

Cuando llegábamos, avisté desde las ventanillas del carruaje, aún semiaturdido por el trasiego de las caballerías sobre los caminos, una especie de castillo ceniciento suspendido del cielo gris en lo alto de la colina más pelada del mundo. Recuerdo que lloré en silencio, y que mis lágrimas tenían el sabor -porque me las tragué todas- de los huertos perfumados de mi casa; bueno, de la casa de mi padre, que imaginaba ya perdida para siempre, como así fue en cierto modo.

 

Pensé que no aguantaría mucho en aquel lugar sacudido por el frío de las madrugadas esteparias, en las que crujían los huesos como ramas tronchadas, y en cuyas ventanas la escarcha dominaba durante horas a la pajiza fuerza de un sol simplemente remoto. Luego se doraban los claustros con una luz llena de música, que a los pequeños nos fascinaba, y en la que aparecían en suspensión aérea escenas de los cuadros de los Santos. Eso nos decían, aunque, fueran o no Santos, allí se movían figuras y sombras con vida propia. Nos atendía una Comunidad de novicias enjalbegadas de toquilla breve, y un ejército de mozas de aldea, venidas de los valles. Gobernaba a todas, y a todos, el Rector, un aniciano juguetón que se llamaba D. Cleofás, y que había sido púgil en Inglaterra, según me enteré más tarde. La llamada de Dios había orientado posteriormente su vida en muy otro sentido. Las novicias llevaban un hábito albo, de vuelo ruidoso, y un enmarque facial que destacaba las cejas y los ojos y os labios y los carrillos y las graciosas barbillas y los pómulos erguidos. Las novicias tenían unas cuidadas manos y cantaban en el coro como ángeles, o como debieran cantar los ángeles. Las mozas de aseo y torno calzaban zueco de corcho y vestían uniforme celeste -tal vez por aproximación al ámbito en que se desenvolvían sus cuitas- y delantal gris a cuadrod. Aunque su cabello permanecía aireado, solían capturarlo con pañitos de lino, recortes de prendas y cintas brillantes. Algunas nos miraban a hurtadillas cuando pasaba la formación frente a las cocinas, y a veces reían entre dientes, agachando el cuerpo, una mano entre las piernas y otra sobre la boca, como si nuestra presencia fuera para ellas jocosa o ludíbrica.

 

Los domingos acudían a festejarnos los familiares, después de un desayuno especial con chocolate, bollos y medio vaso de vino blanco -de los viñedos del Obispado-. Como los estudiantes de famila bien éramos escasos en número, podíamos ser visitados en las estancias nobles, al abrigo de tapices y acomodados en amplios divanes. Las muchachas de servicio nos atendían con pastas y té, y charlaban con los padres en bajo, cuando no había madres, o estaban distraídas. A veces traían copas de vino, soleras, e incluso coñac. Mi padre venía a verme cada domingo -todavía ignoro si para mostrarme su afecto o para comprobar que aún resistía y que engordaba para sus propósitos- acompañado de un criado que proveía mi despensa particular de viandas y golosinas. Era su forma de tranquilizar su conciencia, supongo que por haber sacrificado mi adolescencia en el encierro y el alejamiento del mundo. También les daba unas monedas a los mozos, y depositaba un óbolo en las manos del Rector. Luego saludaba a la madre superiora, jefa de las novicias, oraba unos minutos en el templete del Santísimo, y, provisto de su bastón de plata, su reloj de oro, sus anteojos y sus criados, montaba en la calesa que le conduciría a su confortable palacete del valle.

 

Mi madre sólo me visitaba el día de mi cumpleaños y el día se San Onofre. Pero a mí me daba igual. En realidad lo prefería. Con mi padre era distinto. Me agradaba el ceremonioso ritual de cada domingo, y la deferencia con que yo era tratado por todos durante un par de horas.

 

Luego volvía a la rutina; quiero decir, que ya nadie me trataba con deferencia excepto el día de la víspera de la visita. A veces, también algunos lunes.

 

Pero sucedió algo que cambió el curso de los acontecimientos previstos.

 

Fue el día de Todos los Santos. Esperaba a mi padre en la salita de los secretos -la llamábamos así porque sus visitantes, tal vez bien educados o temerosos de resultar indiscretamente oídos por los vecinos de diván, hablaban muy bajito-. Entonces llegó su criado más joven, un mozalbate que acababa de entrar al servicio de la casa. Yo estaba sentado en una esquina del sofá leyendo la historia de Job, o más bien escudriñando las estampas en que aparecía un pobre viejo lleno de pústulas y gusanos, rodeado de gentes que le tiraban piedras, y envuelto en suciedad. Su rostro era, sin embargo, plácido, como si aquel tinglado espantoso no fuera con él. El criado anunció que mi padre estaba indispuesto, que no podía venir y que le había encargado entregar en su nombre la limosna dominical. Eso nos lo dijo a má y a una moza de color subido, naso breve, amplias carnes adivinadas bajo el hábito celeste y el delantal a cuadros recién limpio, quien, por ser domingo, calzaba zapatillas de tela blanca. La moza tenía lindos ojos y rojos labios, sin duda, aunque por las formas del blusón yo me dije que mejores debería tener los pechos. Tenía yo, no sé si trece o catorce años. Era fuerte, bajito, poco hablador, muy listo y algo atrevido, según creo. El criado me indicó que, si quería, podía irme a jugar, y así lo hice. Al salir, reparé en que ellos quedaban solos en la cueva de los secretos, reservada para mi padre en su visita al menos durante dos horas. Más tarde regresé en busca de mi historia ilustrada de Job, olvidada en la mesita rinconera, junto a la ventana. Me chocó la oscuridad inesperada. Pronto vi las figuras sobre el diván, diría que algo alteradas y confusas. “¡Vete, vete!” cuchichearon. Sobre el trasfondo azulado  del mediodía que engañaban las cortinas echadas, se recortó la silueta desnuda de la mujer. ¡Santo Onofre!. Creí que se habían abierto las puertas del Paraíso y que el Señor me había transportado misteriosamente allí para gozarlo. Aquel cuerpo, que yo veía como si estuviéramos a plena luz -me las arreglé, supongo, con el esfuerzo del instinto- proporcionaba unos cosquilleos definibles, pese a la distancia, que poco a poco iba yo reduciendo, por toda mi piel. Los pechos, sí, eran divinos, y una curva al modo de Praxíteles que me humedecía de gusto las interioridades más sutiles. Sin darme cuenta, ya estaba allí, a un paso. Creo que la moza me miró con asombro, con estupor. Al criado yo, en ese momento, ni le veía. La recorrí con los ojos tan abiertos como me fue posible, desde los pies, que frotaba nerviosamente entre sí, hasta la raíz de los cabellos, deteniéndome sin mesura  en el pubis lánguido y azulado, rodeado de hermosas colinas de alabastro, y amenazado por un dedo huesudo y algo sucio, que parecía emerger del corte pulposo e incitante de su centro. Entonces, siguiendo el curso de la mano, tropecé con el cuerpo del criado, inmóvil y perplejo, más asustado que furioso. Ignoro qué sucedió, pero se retiró repentinamente la mano, quedó despoblado de amenzas el vientre, se oyó un ruido de ropas y una puerta, y me encontré tan solo como Dios y tan feliz, si El lo sabe, con mis hábitos negros y rojos frente a la turgencia rosada de la moza, que no parecía sino desear que algo ya iniciado terminase felizmente. Reconozco que me castañeaban los dientes, y que, al mirar hacia la puerta, aún veía el culo del criado desaparecer a medio vestir, camino de la luz, hecho que me presagiaba extrañas reticencias: ¿Volvería? ¿Avisaría al Rector? ¿Qué hacer, o cómo hacerlo?. Entonces, alguien vino en mi ayuda, inesperadamente. Mi hábito lleno de botones, estaba ya desabrochado, la moza me acariciaba el pecho y el cuello, luego desató el cinturón, y los pantalones cayeron, ayudados por el azar, ya que normalmente estaban sujetos por un alfiler, olvidado por mí en el urinario poco antes. Me temblaban las piernas, así que decidí echarme encima del diván para que no se notase.Y allé me esperaban los dulces brazos de Maritornes. Pero ¡qué digo! ¡Los brazos de Venus y de Eurídice, los de Elena y Galatea envidiarían aquellos que eran ya míos!. Poco duró pero fue bastante. Una mano tibia agarró mi pito, y otra manipuló mis huevos; una mano acariciaba mi espalda, y otra recorría mis muslos; una boca mordía mi lengua, la absorbía y degustaba, mientras otra chupaba a intervalos el pene, lo soltaba para acudir a los ojos y al tiempo iba regando los límites más angostos de mi cuerpo. Yo, inexperto, hacía lo que podía, y quería, porque aquella moza sublime aceptaba mis dedos entre sus piernas, mis pies en sus nalgas, mis dientes en sus pezones, y hasta -por equivocación mía- una acometida de los dedos en el ano, que provocó un cierto hedor, apenas suficiente para enturbiar los magníficos momentos momentos que gozábamos, y que suscitó un chillido de coneja y un apretar insólito de fauces en mi mamado miembro. Yo limpié mis dedos en el pulcro diván, y cuando ella quiso introducirme en su vientre abierto, con mis docenas de manos bajo sus lúcidas nalgas, me corrí como un diablo. Empapé todo el entorno, en muchas telas a la redonda. Mi compañera continuó oprimiéndome unos segundos, hasta que una infinita convulsión me hizo adivinar que había encontrado su destino.

 

Luego se incorporó y, un minuto más tarde, yo estaba solo en la salita de los secretos, en pelotas sobre una alfombra manchada. Ni qué decir tiene que, dominando mi cansancio, y mi perplejidad y mi ensueño, feliz como un vacuno en prado tierno, apañé como pude mis prendas, ceñí los hábitos, aserré el cabello con la mano, y dejando atrás un olor a establo normando agradecido, salí al huerto.

 

Toda la semana transcurrió sin que acontecimientos de ningún tipo, ni siquiera comentarios más o menos velados, aludieran al “incidente”. No podía explicarme cómo lo que yo entonces juzgaba un acontecimiento extraordinario -lo más extravagante y excepcional que en aquellos lares pudiese acontecer- pasaba, si no inadvertido, sí, desde luego, silenciado. Y menos aún si esta singular reacción  obedecía al milagro, siempre posible y oportuno, de San Onofre -encandilado por mi Santa Madre-, o a la conspiración culpable del claustro, o a la rutina del suceso -¡válgame Dios, qué lejos entonces de tal sospecha!- o al miedo de los servidores del secreto. Sea como fuere, algo debió llegar a oídos del Rector, pues, al domingo siguiente, vertió por lo bajinis en el oído bueno de mi padre -el izquierdo según miras- más o menos estas palabras, que yo capté al vuelo, como rapaz avisado y más atento aún que de costumbre, por si algún gazapo se hurtaba a la vigilia. Y digo que ésto le dijo el rector: “Su excelencia ande con tiento que me parece que su criado último no es del todo fiar, señor marqués”. Y nada más, así de misterioso dejó el asunto, bastante como para que mi justo padre echara a la calle, según supe, al pobre muchacho. ¡Todavía si hubiera rematado la faena que me dejó semiparada!. Pero así son los caminos del azar… y del necesario conjurar de los poderosos, que se tapan unos a otros las vergüenzas y así creen que no las tienen.

 

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