Carta a Halley (1976)

 

CARTA A HALLEY

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARTA A HALLEY

 

            Mi fastuoso amigo:

 

Cuando esta carta te llegue, su contenido ya no será más que un recuerdo de cenizas. El calor de tu inagotable cabellera la habrá deshecho sin conmiseración alguna tan inexorable como el tiempo y tan cruel. Por eso, desde la distancia enorme que dicen que nos separa, me dirijo a tí, cometa y símbolo, para hacer real un sueño.

 

¿Soñar contigo? No, ya supongo que lo preguntas del mismo modo que la hormiga habló al elefante: “Hoy por tí, mañana por mí”, o imaginándome como aquel mosquito que gritaba en las orejas del mamut, advirtiéndole: “me mudo de casa”… ¿Podría imaginar yo otra cosa, cuando mi veloz y certero interlocutor cubre medio firmanento con su rastro de luces?

 

Mi sueño es diferente. Verás. Yo he creído saber, con esa inútil certeza que procura la fantasía, que tú y yo éramos la misma cosa; aún más: que nuestro origen y nuestro destino se confunden, como lo hacen dos vientos en el espacio. Tal vez la apariencia, lo externo, ese ridículo vestido que llamamos forma, sea dispar, opuesta, irreconciliable; pero, por muy extravagante que pueda juzgarse yo apuesto por una definida y rotunda identidad entre nosotros.

 

¿Te das cuenta, querido Halley, de lo que esto significa? Tú navegas por esos vacíos interestelares, ociosamente veloz, reiterante, lleno de procaz melancolía, que es el tributo de los fenómenos.

 

Yo permanezco aquí, atisbador, neurópata, abrumado por el estupor de nuestro letargo. Entre ambos, el Fénix de los universos que se anudan a la tristeza del siempre devenir.

 

Cuando dejo que mis palabras se pronuncien espontáneas, abiertas al eco profundo de la noche donde habitas, no renuncio al estremecimiento, siquiera incorporado a la rutina de la ciencia que pretende contar tus átomos, medir tus rumbos, censar tus alientos. Y me estremezco no asido a tu supuesta grandeza, sino a mi necesario concurso en tu papel de triunfador. Sin mi nada serías, y yo tampoco sin tí. No podrías recibir mis cartas, ni yo aguardar tu visita secular, como los retoños de una simiente temprana.

 

Además, tu enormidad no es, y tú lo sabes, mas que un asombroso juego de malabarismo, una puesta en escena de la gran farsa, un espejismo tan bello como la realidad más osada y singular: Tú no eres más que yo, a pesar de tus colores y de tus esferas, y en eso, precisamente, reside tu auténtico orgullo.

 

Mi buen Halley, ahora ya sabes que estaré, a buen seguro, esperando con ansia tu visita; abiertos más que nunca los ojos con que te narraré en otra ocasión, la próxima, en el cercano tercer milenio de esta Era, que es el quinto de los mil de los millones de la tuya ‑y mía‑, al borde del Acuario refrescante, como tu bello paisaje de ave exótica suscitó la admiración y el homenaje de los hombres. Cómo se cumplió a tu paso el objeto de la belleza en el infinito, al despertar el asombro inolvidable en las pupilas de los niños.

 

Porque querido Cometa del mañana, tú ves ahora por mis ojos, como yo por tus caminos; y entre ambos nace la constante paradoja del rostro circular de los mundos. El polvo dorado de las estrellas, nuestras hermosas parientes. A todas mi emocionado y sincero recuerdo, y a tí mi más diferente solicitud, como único homenaje a través de los momentos y las perversiones.

 

Con orgullo y con amor, tu hermano.

 

 

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