Carta a Felipe González (1982)

CARTA A DON FELIPE

 

            Señor Presidente:

Imagino que estará complacido a la vista del espectacular triunfo que el Partido Socialista (Obrero Español), más conocido por PSOE, ha obtenido en las Elecciones Generales celebradas el 28 de octubre de 1982. O sea, ayer mismo. Supongo también que alguna preocupación diferente habrá comenzado a embargarle, ante la llamada nueva responsabilidad que el ejercicio del poder conlleva. Pero estoy casi seguro de que el sentimiento más fuerte de cuantos pueden embargarle ahora es el de incertidumbre.

 

Yo creo que con sus palabras y el mensaje de sus ideas respira un aire nuevo y grato, y que nadie, salvo aquellos cuyo talante haya quedado inserto en el desprecio o la hostilidad, tienen motivos para asustarse, en esta España nuestra, de que su Partido, su Gobierno, vayan a dirigir esa singular y vidriosa caja de los truenos y las sorpresas que se llama Política.

 

Sin embargo, debo transmitirle una pequeña lista de cuestiones, que no agravios o solicitudes, cuyo contenido pudiera estorbar la armonía de un proyecto sin duda aceptable en tanto y por tantos.

 

En primer lugar, y aunque ya lo sepa, quiero decirle que el PSOE no representa a la mayoría del electorado español, aunque, por los juegos vacilantes y arbitrarios de los sistemas numéricos que designan a los representantes parlamentarios, sí tenga la mayoría de Diputados o Senadores. Eso es importante, pues un hombre de Estado, como sin duda lo es Vd., tiene la obligación de considerar tan importante dato, que no cito con ánimo de empañar una victoria que todos preveíamos y por tanto a nadie ha sorprendido, sino con deseo ferviente de que no se produzcan los espejismos irreales que deforman y pervierten la verdad y lo que es justo. Pues verdad es que han ganado y justo es que gobiernen, pero verdadero y justo es también reconocer que sus casi dos tercios de Diputados no corresponden a los dos tercios de electores. No representan a la mayoría absoluta, aunque la tengan formalmente en los órganos de control y legislación.

De acuerdo con los mismos argumentos, no olvide nunca su condición de hombre demócrata. Deje que el juego parlamentario se celebre, para no transformar el Congreso de los Diputados y el Senado en un feudo socialista, donde, como en otros tiempos sucedió, y en otros lugares acaece hoy, tan sólo tiene lugar un simulacro, un fantasma, un espectro de lo que es la discusión, el contraste, la aceptación de ideas exógenas cuando son mejores que las internas del Grupo… De otro modo, me temo que durante un tiempo sobraran ciento y pico asientos en el Congreso, pero jamás triunfaran, de verdad, sus tesis. A otros no se lo pediría. A mi destinatario, sí.

 

Me avergüenza continuar, ante la duda de que mis conceptos se le antojen  inaceptables, ya que el objetivo de los aspirantes al poder es ejercerlo sin apenas restricciones cuando le respalda la fuerza de su victoria. Pero esa vergüenza no es por mi, sino por quien así piense: es ajena. Siempre existen límites y condicionantes, dentro y fuera de uno mismo. Cualquier monopolio, incluso el del estado, resulta éticamente ilegítimo, por muchas vueltas que se de al concepto de lo jurídico y muchos enredos que se pacten con los teóricos y los doctrinales.

 

Lleve adelante su programa: es su obligación. Cumpla con sus votantes y con sus seguidores. Pero, sobre todo ello, cumpla con la historia. Acepte el reto incuestionable de los tiempos, y defienda la libertad, incluso para quienes se oponen a su política. Deje siempre abierta la opción, no cierre aquellas ventanas que repetidamente abrieron sus mensajes… Permita que el individuo siempre puede serlo, siempre pueda elegir para él mismo, para sus hijos, para su familia, para sus ideas, aquello que considere más valioso. porque a muchos les conforta la idea de un matrimonio permanente y les oscurece la perspectiva del aborto y prefieren, una enseñanza tan buena y mejor que la estatal o no entienden el simbolismo del puño alzado…

 

Nada más grato, para mí y para todos, que , dentro de cuatro años, al filo de sus cuarenta y cuatro, sea posible otorgarle esa confianza que ahora tantos le han dado. En esa fecha, y en las intermedias, reside el autentico triunfo de su Partido y de su persona. Hoy, pese a todo, sólo reflejan una inmensa esperanza, una cierta credibilidad, una imagen honesta, un voto de confianza al que se debe responder. la demagogia, lo fácil, quedan, obvio es, rechazados. El trabajo debe ser conjunto, y no divisor. Los empresarios no tienen por qué identificarse con los explotadores ni los obreros con los explotados. eso lo defienden tan sólo los vagos, los histéricos y los vencidos desde siempre.

 

Basta ya de aparentes consejos. No es ese el objetivo de esta carta, que orienta, en su brevedad obligada, hacia la sugerencia aunque no hacia la imprecisión. Sepa que voy a permanecer atento y vigilante también ahora; ahora más que nunca. Como ante la lectura de un libro olvidado cuyo texto ha fascinado a la crítica, pero que aún no se ha sometido a la irrefutable prueba de la experiencia.

 

Con el más sincero deseo de paz y armonía, para todos, le saluda,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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