Fisgas y matracas (novelilla) 1.

 

 

 

 

 

FISGAS  Y  MATRACAS

 

 

Una porción

de las

Memorias del Marqués-Obispo de la Pineda

 

Confusa la historia

y clara la pena. (*)

(*) Antonio Machado

 

Ca según buen dinero yace en vil correo

así en feo libro está saber no feo. (*)

(*) Arcipreste de Hita.

Libro de Buen Amor.

 

A Mefistófeles-Goethe,

porque dijo, que la Fe

no es el principio,

sino el fin de

todo conocimiento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De entre la correspondencia mantenida

 

por D. Luis González Bravo, ex-Jefe de

 

Gobierno y Partido, y, posiblemente,

 

D. José Ferrer, Presidente de la Junta

 

Revolucionaria de Madrid, en 1.840.   (*)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(*)        Esta Junta despojó del mando a los ministros

 

nombrados por la Reina y asumió plenos

poderes, según mandato popular. Estaba

 

formada por Pío Laborda, Pedro Beroqui,

 

Fernando Corradi, José Portilla, Pedro Sáinz

 

de Baranda, y Valentín Llanas.

 

Mi querido amigo y maestro:

 

Acabo de leer, en su totalidad, el manuscrito del que le hablé durante su visita a Biarritz. Me parece sencillamente atroz. No encuentro justificación alguna para darlo a la luz. Cierto que mi despecho hacia el actual régimen aconsejaría execrarlo, y para ello sería de inestimable ayuda, pero… no me atrevo. No es, en modo alguno, el sexo, lo que me infunde ese impreciso temor a la publicación de tan… sinceras Memorias, sino la crudeza con que manifiesta las debilidades de nuestra sociedad. Sabe usted mejor que yo que asumir como inevitables los defectos no se identifica con su aceptación como buenos. Yo, que en tiempos fui vilipendiador por excelencia, y fustigador, de lo que juzgaba vicios ajenos, llegando a tocar, incluso, a la misma María Cristina, me siento ahora viejo y cobarde. Rehúyo, sí, el escándalo, pero también estoy cierto de que la masa es incapaz de captar la auténtica fuerza del mensaje que las Memorias contienen. Por ello, sería oportuno indagar aún más profundamente en la posible bondad del proyecto. La Curia tiene poderosos resortes, capaces incluso de trastocar el sentido a la verdad misma. Y, ¡qué voy a decir a usted de nuevo  sobre los que han consolidado el poder político, instrumento de corrupción personal inigualable!. Las precisiones de nuestro hombre se considerarían meras divagaciones, y, aunque trascribiéramos los nombres auténticos de los implicados, su habilidad como algo superficial y jocoso, destacando, donde pudieren, el escandaloso para el pusilánime lugar común de la lujuria. Nosotros sabemos que el sarcasmo agnóstico de un creyente no deja de resultar una paradoja extremadamente selectiva… ¿No será, ello mismo, razón suficiente para disculpar a quienes, incluso de buena fe, sean incapaces de comprenderla?.

 

Con devoción y afecto sumos, aguardo, tal vez, una respuesta. ¿Existe?.

Cordialmente suyo,

 

Mi estimado amigo:

 

No negaré que me siento algo decepcionado. Aún recuerdo los estragos que la ociosa, mordaz e hiriente pluma de un tal Ibrahim Clarete causaba con sus sátiras en “El Guirigay” y los demás que siguieron. Como dijo el clásico… ¿qué se hizo de tal galán?. ¿Dónde fueron a parar las diatribas contra Donoso Cortés, Bravo Murillo, Alcalá Galiano y otros? ¿Qué fue de aquel fogoso crítico de la política celtíbera , que pedía a gritos las cabezas de Narváez y Alaix?.

 

Donde hubo, algo siempre queda. Y en su carta observo, muy entre líneas, que precisa usted de un empujoncito para que aflore sin más ambigüedad eso que puede quedar, siquiera como rescoldo inevitable  en quien fue hoguera impetuosa. Y, sin más retórica, debo impelerle a la acción. Recuerde las municipales del 40. Poco fue el precio pagado por este país que llamamos España en el intento de arrojar del Parlamento y del poder a los tiranos. Lícitos son los medios que superiores fines exigen, y en ellos no cabe lenidad ni afectación. Valga la calumnia, y no menos la ponzoñosa alianza de la demagogia. Injuriar, difamar, mentir, no son más que señuelos oratorios que jamás podrá esgrimir esa autoridad coronada, carente, siglos ha, de la fuerza auténtica de las estirpes. No dude, Luis, que vulnerar el frontispicio arrogante donde se mancilla nuestra dignidad histórica es un servicio que el pueblo jamás olvidará. ¿Ha perdido usted, por el contrario, la memoria de aquel calificativo infausto que nos dieron como miembros de la Junta Provisional de Gobierno de la provincia de Madrid?. Yo se lo recordaré. La misma Reina de lo dijo despectivamente a Pedro Sáinz de Baranda. ¡Seis  fantasmas y un pícaro!. ¡Así nos identificaban!. Pues bien, he aquí una inmejorable oportunidad de fustigar tan burda hipocresía.

 

Sus especialísimas relaciones con masones, rosacruces y carbonarios serán de gran utilidad. La intriga es la fuerza de los desterrados, y en ese exilio, que debe considerar  premio inestimable pues galardón es el castigo instado por los injustos, se configura, además, como arma única y poderosa al tiempo.

 

Por demás, ya conoce usted la malquerencia de Sagasta, empeñado no sólo en mantener el entredicho -por otra parte siempre difuso- de se responsabilidad política, sino en obstaculizar por todos los medios la defensa de la verdad. Y contra éstos, ¿va a oponer usted el escrúpulo y la tolerancia?.

 

Sugiero, no obstante, que las Memorias se publiquen divididas en dos o quizá en tres partes. Sea la primera aquella, cronológicamente primera también, que con su descripción entre lúdica y reflexiva inicie la mentalización del lector destinatario hacia un sarcástico desdén. Continúe con la parte final de su vida, ya en Roma, y termine narrando como un colofón de sede hiapana su experiencia de madurez. Haga que circule como vox populi el nombre auténtico del autor, y transcriba, invente, sugiera, según convenga en cada caso, los de quienes se ven reflejados en el texto. Sin más excepciones que las convenientes a nuestros solos intereses.

 

Termino, pero, a fin de animarle aún más, le comunico que, felizmente, ha terminado el noviazgo contra natura entre Prim y Serrano, y existe una probada desconfianza estre éstos y Topete. Ruiz Zorrilla, por su parte, es observado con creciente recelo por todos ellos. A la revolución seguirá la Revolución, créalo. Y para ello… qué digo… como uno de sus artífices, contamos con usted.

 

Con paternal amistad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De entre la correspondencia del

abogado y escritor García Carrasco,

y su esposa, Concepción Arenal.

 

Mi querida Conchita:

 

Cuando hace diez años… -¡qué duro me resulta hablar así, tan fugazmente, del tiempo que se desliza cruelmente por mis manos, como una pesadilla, en estos, sin duda, mis últimos años!-…, al filo de los setenta del siglo, visité a mi amigo Luis en su exilio de Biarritz, y me habló de aquellos temas que tanto te asustaban, con razón, dado tu talante, y con motivo, merced a tus cargos oficiales, no concedí la menor importancia a este asunto  de las supuestas Memorias de un aristócrata coeténeo, al parecer recientemente fallecido, Memorias que, dada la señera personalidad de su autor, y, sobre todo, su condición clerical, se consideraban de gran interés para los afanes revolucionarios de ciertos grupos, por otro lado sólidos y eficaces, pues, decían, de entre las formas de fustigar las estructuras de una sociedad caduca, no es la peor narrar, lisa y llanamente, la verdad. Se añadía a ello, como no podía der menos, un evidente sarcasmo y, tal vez, la culta ironía de quein se ríe de sí mismo. Pero, sobre todo, la alusión, en ocasiones, referencia concreta, otras veces, a cosas y a personas, y la descripción de situaciones y hechos que hurtaban o alteraban la validez de símbolos y paradigmas.

 

Creo que ya sabrás de qué estoy hablando. Te preguntarás a qué viene todo esto, desde luego. Lo explicaré brevemente. Tras la Asamblea de nuestra Escuela Esotérica, Saint-Yves y yo caminábamos del brazo bajo las centenarias acacias del Boulevard Raspail, cuando observamos que se acercaba a nosotros, con decisión casi impertinente, un joven. Ya junto a nosotros, realizó un signo ritual, masónico, de identificación. Disculpándose ante Saint-Yves, me dijo al oído que tenía en su casa un legado de González Bravo, quien, antes de morir, le había encomendado la sacra misión -así lo dijo el muchacho- de entregármelo. La nota -me anticipó- sugería la necesidad de estudiar su autenticidad y, previa constatación de la misma, publicar el texto de las susodichas Memorias.

 

– ¿Confía usted en mí? -Pregunté al joven.

– Nuestro amigo común lo hacía. -Me respondió, añadiendo: -De todas formas, es razonable confiar en un caballero a quien el gran Saint-Yves, el Arqueómetra, da su brazo.

 

Examiné aquella misma noche el manuscrito, que, en sus comienzos me repugnó tanto como pudo interesarme. A lo largo de su lectura, sin embargo, creí detectar en medio de aquel confuso trasegar de ideas y situaciones, muchas procaces, otras simplemente obscenas, no ya una oculta intención moralizadora, sino una gran ingenuidad y, lo que es más, una peculiar pureza. Y no me refiero tan solo a los instantes eróticos del libro, prolíficos sin duda, sino también a aquellos aspectos de su filosofía, o de su prosaísmo, que matizan lo personal y penetran en lo colectivo.

 

Ocupé gran parte de los días sucesivos a investigar datos acerca de la vida del que podemos justamente denominar Marqués-Obispo, y me propongo contarte el curso y destino de mis indagaciones.

 

Debo ahora terminar. Me llaman para la ceremonia de clausura de la Asamblea, en la que, como ya conoces, seré investido como “doctor cripticus emeritus”.

 

Cúidate mucho. Sobre todo, que los problemas de las cárceles no te quiten el sueño, pues ni en tus manos ni en las de nadie está su solución.

 

Un cariñoso abrazo de tu fiel esposo,

 

Querido:

 

Lamentablemente, dispongo de poco tiempo. Sería inútil, por tanto, iniciar ese turno interminable de divagaciones que tanto te agradan. Iré en directo al asunto. Eres un perfecto cretino. Tu debilidad senil te traiciona. Ese asunto del que me hablas resulta cuando menos indecente. Cuando se quiere encontrar justificación para algo, se encuentra, desde luego. Ya no hablas de cuestiones terribles, como las perennes revoluciones de aquel desalmado amigo tuyo, sino de hechos aberrantes, situaciones procaces y obscenas, que consideras aceptables. Me avergüenzo de ti. Deja, de inmediato, tu proyecto, o lo que tengas entre manos. Bastante escándalo causan ya esas peculiares aficiones

-que, sin embargo, respeto- hacia las ciencias y las sociedades secretas. Comprende que no puedo consentir, ni tú debes consentírtelo, a tus años, ese tipo de debilidades. La más sólida defensa de la sociedad está en ella misma, enla defensa, por cuantos medios estén a su alcance, lícitamente manejados, de las agresiones de que sea objeto. Puedes convertirte en elemento indeseable si continúas por ese camino, y estarás de acuerdo conmigo en que ya eres mayorcito para eso. No me interesan lo más mínimo tus investigaciones sobre ese peculiar señor, aunque tal vez fuera conveniente que me enviaras algunas páginas del manuscrito, las más significativas a tu juicio, con el fin de saber si has perdido éste definitivamente. Te felicito por tan exótico doctorado. Imagino que procederá de alguna universidad caldea o dórico-fenicia. ¿Será, por el contrario zoroastriana?. Estoy cansada, y de pésimo humor. Los asuntos no marchan demasiado bien. Parece que el Gobierno caerá en breve. Claro que a ti esas cuestiones baladíes, ¿no es así?. ¡Cuánto has cambiado, para mal!. Afortunadamente, los asuntos de estado me absorven de tal modo que tus insólitas cuitas no me preocupan en exceso. En cualquier caso, te espero pronto. Abrazos,

 

Querida Concepción:

 

El Obispo, de ilustre cuna, en efecto, fue un avanzado histrión, que mantuvo durante toda su vida el insólito juego que relata, sin que jamás cundiera escándalo o surgiera fama de ello. Tal cierta impunidad -que no ocultó a muchos la posesión del secreto- preservaba, además de su personal figura, las sinecuras, rentas y cargos del hombre.

 

A su madurez, tras ciertas presiones políticas, fue trasladado a Roma, donde la más alta autoridad de la Iglesia católica le hizo durante cierto tiempo su confidente. Allí trascurrió la mayor parte de su larga vida, pues murió, a lo que parece, en el último cuarto de siglo.

 

El joven de quien te hablé es un bastardo del marqués, según él mismo confiesa con orgullo.

 

El manuscrito había permanecido hasta ahora en la biblioteca privada de los Papas. Le fue arrebatado a González por un conspirador isabelino, que en lugar de destruirlo lo entregó al Vaticano. En una rocambolesca historia, mi contacto logró situarse como camarero al servicio del pontífice, y asegura que, en no contadas ocasiones, vio el manuscrito a la cabecera de su lecho. Ignoro si su lectura llegaba a producirle abatimiento, o, por el contrario, le movía a risa; ambas cosas son posibles. “La Pineda es título supuesto, que oculta el verdadero; esta burla y esta quiebra de lo real son típicas del Marqués, cuyo escudo nobiliario creo haber reconocido. La misma intención burlesca destaca a partir del  título que da a las diferentes partes en que subdivide, un tanto arbitrariamente, las Memorias: FISGAS Y MATRACAS, de la que te envío un breve compendio, será la primera, aunque no sé si la más significativa. No dejes de observar el equívoco e intención de las palabras: conocerás así mejor -y, por ello, habrás de comprender su exacta medida- autor y obra.

 

Existen, no te lo oculto, varias dificultades para la edición completa de la obra, de entre las que no es mínima la necesidad de unos miles de duros. ¿Querrías aliarte con la mejor de las causas, y contribuir con un préstamo a corto plazo a su culminación?. Hay, además, ciertas cosas, que por algunos se denominarían secretos, cuya desvelación puede no resultar del todo oportuna, por el momento. Me pregunto si este ánimo en pro de la discreción estará sostenido por la burda trapacería del postulante, como una excusa de quien ama, sobre todo, la ortodoxia. Claro que el dinero puede soltar del mismo modo lenguas severas y firmes ataduras, sean o no mentales. Confío, pues, en ti y en el concurso amigo del tiempo para que tan sugerentes materiales, siquiera parcialmente, puedan divulgarse in extenso. (*)

 

¿Qué te parecería subtitular, a modo de explicación cuasi necesaria, la primera parte de la obra como “Interpolaciones para el recuerdo de un laborioso adolescente” o algo así?. De ese modo quedaría claro que se trata de un tipo muy especial de autobiografía, y no de toda ella, por cierto. Algo hay de verdad en lo que me dices en tu carta. Me siento confuso y aturdido, viejo y cansado. Pero deseo continuar, pues me parece justo. Y si no lo consigo, recuerda lo que afirma el Libro de la Sabiduría: La Justicia no está sometida a la muerte. Otros lo harán por mí, si ello vale la pena.

 

En cualquier caso, no des demasiada importancia a nada de esto. Lo que hacemos es, siempre, de escaso valor.

 

Abrazos,

 

 

 

 

 

 

 

(*) García Carrasco murió sin haber conseguido su objetivo; las Memorias no fueron publicadas.

 

Querido:

 

Menos de tres lustros faltan para que el siglo expire. ¿Lo sabías?. Las procacidades de tu marqués son lugar común en el decurso de la literarura obscena. ¿Qué has visto de excepcional en ello?. Chocheas, sin duda. En cuanto a sus reflexiones pseudofilosóficas, tienen, si cabe, menor entidad. Resultan débiles y retóricas.

 

No obstante, tal vez en las Memorias de madurez pueden observarse cuestiones de mayor importancia. Remíteme algunos párrafos.

 

Mantengo mi opinión: deja el asunto, ocúpate de tu trabajo profesional y olvida las utopías. Todo lo malo se paga. Tanto gustas citar ajenos pensamientos que me ha asaltado a mí ahora, al filo del párrafo anterior, aquella frase de Ovidio: “¡Ay de mí! ¡Que no me vea atormentado por mis propios consejos!.

 

Puede que la justicia no esté sometida a la muerte. Pero nosotros, sí. Por muy injusto que ello nos parezca.

 

Aunque lo injusto de verdad es no aceptarlo como es: algo inevitable, al modo del drama Shakespeariano o de un fatalismo inteligente.

 

Hace unos días leí estos párrafos de un tal Rimbaud: En una buhardilla donde estuve encerrado a los doce años, conocí el mundo e ilustré la comedia humana. En una bodega aprendí la historia. En alguna velada nocturna, en una ciudad del Norte encontré todas las mujeres de los antiguos pintores. En un viejo paisaje de París me enseñaron las ciencias clásicas. En una magnífica morada rodeada por el Oriente entero he realizado mi inmensa obra y ha transcurrido mi ilustre retiro. He braceado mi sangre. Mi deber está cumplido. Ni siquiera hay que pensar en ello. Soy realmente la ultratumba, y nada de encargos.

 

Y yo te digo: Todo está cumplido. No más encargos. Descansa y confía.

 

Tu esposa,

 

Concepción:

 

Las citas que introducen cada capítulo fueron incorporadas al texto por el marqués-obispo, con plena intencionalidad. Por eso me he preocupado de desentrañar su origen, y lo he conseguido casi totalmente.

 

Lamento que no me hables de la posible financiación de la obra. ¿Ni siquiera de la primera parte?.

 

El primero de los capítlos viene introducido por un proverbio toscano, de vieja raigambre popular. Debió conocerlo en sus viajes por Italia. Una cita del Calila e Dimna inicia el segundo. El tercero es parte de la Oda XII de Horacio. El cuarto se me antoja, sin seguridad, referencia a Zoroastro. Los dos siguientes, y muchos otros, -el décimo, el vigésimo, el trigésimo cuarto, el decimonoveno…- son parte de aquello maravillosos versos de Cátulo:

 

Miser Catulle, desinas ineptire

et quod vides perisse perditum ducas.

Fulsere quondam candidi tibi soles,

cum ventitabis quo puella ducebat,

amata nobis quantum amabitur nulla.

Ibi illa multa tum jocosa fiabant;

Quae tu volebas nec puella nollabat.

Fulsere vere candidi tibi soles.

Nunc iam illa non volt; tu quoque, impotens, nolli,

nec quae fugit sectare, nec miser vive;

sed obstinata mente perfer, obdura.

 

Cuya lectura aún hoy me emociona. Y aquellos otros no inferiores:

 

O dei, si vestrum est misereri, aut si quibus unquam

extreman iam ipsa in morte tulisti opem,

me miserum aspicite et, si vitam puriter egi

eripite hanc pestem perniciemque mihi,

quae mihi subrupens imos ut torpor in artus

expulit ex omni pectore laetitias.

Non iam illud quaero, contra ut me diligut illa,

aut, quod non potis est, esse pudica velit;

ipse valere opto et taetrum hunc deponere morbem.

O dei, reddite mi hoc pro pietate mea.

 

Lo que refleja una exquisita sublimación de la mujer, a quien, paradójicamente, se considera voluble e infiel. No me sorprende la elección de estos versos, como sin duda a ti tampoco cuando hayas leído toda la obra.

 

Me doy cuenta de que estoy arrogándome una autoridad indebida, pues en punto de erudición tú y muchos sois mis maestros. Por ello, sólo resumiré, para facilitar tu más profundo conocimiento, que eligió los Epigramas de Marcial en sus capítulos vigésimo quinto, vigésimo noveno y trigésimo. En el cuadragésimo primero, cita una bella frase del Romeo y Julieta, y, si no me equivoco, algo de Shakespeare tiene el decimocuarto. A Mirabeau lo elige para el decimoquinto, y al gran Petrarca para el siguiente.Alonso de Ercilla está en el decimoctavo, y frases de Le rouge et le noir, de Sthendal, detecto el los demioctavo y vigésimoctavo, al menos. Por cierto, que Petrarca vuelve en el vigesimosegundo. Querida, sé que te aburro, y me avergüenzo de ello. Pero, he empleado tantas horas en el estudio de estos detalles, que mi vanidad sufre si no te cuento que allí residen también Erasmo -en el decimotercero-; Suetonio -en el cuadragesimocuarto-; Plutarco -en el cuadragesimoprimero- y Heráclito, en el vigesimoquinto. Creo ver a Plinio, en su Panegírico de Trajano, en el capítulo vigesimoprimero, y en el trigesimosegundo a Horacio nuevamente, en la Oda II de su primer libro. Job se detecta en el vigesimonoveno, y San Juan de la Cruz en el vigesimotercero. Encuentro a Balzac, al menos, en el séptimo, y, precisamente, en su Rabouillesse. Montesquieu aparece en el trigesimosexto, y Demóstenes, algo más tarde, en el trigesimonoveno.

 

Me duele la cabeza, querida. La tos y la fiebre de cada invierno han acudido ya en su periplo desdichado a visitarme.

 

Después del esfuerzo, la obra me parece nimia y estéril.

 

Tu esposo,

 

Querido,

 

Salgo para un congreso de juristas. Estudiaremos la nueva Reglamentación de prisiones y su incidencia en la conducta del delincuente habitual. Promete ser muy interesante. Sólo dos palabras: Estás loco. Recibí la retahila de citas inexplicadas. Si quieres aclarar su génesis, como parece, debes, cuando menos, traducir los textos, situarlos en su lugar, recomponerlos, glosarlos.

 

No debes confiar en la erudición ajena. Siempre se espera que el autor de un trabajo facilite el acceso a sus duramente adquiridos conocimientos. Se piensa: si te has esforzado tú, no es preciso que yo lo haga. Y el lector es juez y severo. Esto lo he vivido en mis experiencias con intelectuales y políticos.

 

Como eres un caso perdido, me abstengo de nuevos consejos.

 

Envíame los papeles que te pedí, para Navidad.

 

Tu esposa,

 

 

 

 

 

 

 

 

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