Un cuento de Granada.

La mano tallada en la pared se deslizó suavemente hacia la llave. Desde el monte los CUARENTA CABALLEROS vigilaban, como siempre. Cuando se abrió la puerta todo se sumergió en una oscuridad densa que ablandaba el poniente. La cima del Veleta rompía el cielo. En la falda del Mulhacén dormían la Vega y los poblados, que albergaban los restos de las escuadras guerreras, aniquiladas, paso a paso, bajo un acero que armaba la fe. El más peligroso de los dones. Entonces sucedió. Uno a uno, los jinetes abrieron los ojos. Tirando de las bridas alzaron los corceles transformados en piedra, que piafaron jubilosos. Bajo las gualdrapas sus músculos de acero iban despertando, tensaban las cinchas, aguardaban la orden. Y ésta llegó.

 

-Veréis… Ahora os lo voy a contar como fue. El caso es que Débora, su cabeza de caballo, claro, porque de ahí iba la historia, escuchaba atentamente. Claro, las otras también lo hacían, y debíamos seguir cuidadosamente todos sus movimientos, porque si no se dormían a la vez, no conseguiríamos nada… Así que le eché un poco de cuento al cuento.

 

-Mucho cuento, sí que tienes. Pero no te entretengas. Te pareces al narrador de historias, que las deja todas a medias.

 

-Por cierto, ¿no hacía lo mismo Sherezade?

 

-No las dejaba a medias, lo que pasa es que iba enlazándolas: una servía de esqueleto a otra, como el hueso al músculo, para que tirase la historia hacia adelante y el sultán estuviera distraído con lo de fuera olvidándose de lo de dentro.

 

-Una terapia.

 

-Lo malo es que ya se sabe, y cuanto más se sabe menos se aprovecha, porque siempre estás buscando tres pies al gato, o sea que dices: esto ya me lo sé, y la…lías.

 

-Bueno -dijo Anita- ¿Y qué pasó?

 

-¡Ah, sí! La historia… Pues los cuarenta caballeros reconquistaron Granada. Son los que duermen ahora en la Alhambra, esperando que regresen los que quieren apoderarse otra vez de Al Andalus, que es como se llamaba. ¡Y son inmortales, como los treinta mil!

 

-¿Los treinta mil?

 

Los de la última historia, la tercera.

 

-Anda, sigue.

 

Pues veréis, Débora escuchaba con la boca abierta. Yo sólo miraba esa cabeza, aunque de reojo también las otras dos, y estaba muerta de miedo. Entonces me acordé: ‘Ser lo más en cada momento’, que es como un mantra, una oración, no sé, un sortilegio. Y me dio fuerzas, sentí que podía hacerlo, aguantar y ganar.

 

-¿Pero no vas a seguir con la historia?

 

Laura cerró los ojos.

 

-Los caballeros respetaban a las mujeres, a los ancianos, a los niños. Pero eran implacables con los guerreros. Éstos presumían de matar y de violar, presumían de destrozar al enemigo, que era todo el mundo menos quien pensaba como ellos y hacía lo que ellos querían. Por eso iban a acabar devorándose, exterminándose entre ellos, porque sólo comprendían la fuerza y el odio. Los jinetes blancos llegaban espada en mano hasta las tiendas mismas, protegidas por picas y fosos, sus caballos saltaban limpiamente hasta la entrada, y atacaban en su terreno a las huestes enemigas. Hasta que un día, en la entrada de la Vega, en el campo que llaman del Moro, cuarenta campeones en corceles árabes les retaron a singular combate. Era la batalla final. ‘¿Un combate noble?. ¡Qué extraño!’, pensó el líder cristiano, a quien llamaban ‘el Batallador’. Comenzó el duelo, a la salida del sol. Durante un tiempo, los ochenta jinetes se mantenían en sus monturas, y desde las colinas del Darro miles de seguidores observaban el curso del combate. Poco a poco los corceles árabes iban quedando sin jinete. Pero enseguida una magia antigua iba reponiéndolos. Los cuarenta caballeros jugaban limpio, ese era su lema.  Y aquello era un juego sucio, en el que no podrían ganar. En medio de una justa no podía detenerse la lucha si las partes no se ponían de acuerdo. Entonces, ‘El Batallador’, alzando su espada, dijo:

-¡Detengamos la justa! ¡Vamos a parlamentar!

 

Todos obedecieron, porque era la ley del campo de armas. Entonces nombraron a tres por cada bando, y se reunieron en la falda de la colina, donde las luces del campamento brillaban en la noche, como luciérnagas recién sembradas.

 

-Que decida la lid un campeón.

 

Eso fue lo que acordaron. Y pronto, al filo del alba, el estandarte de los caballeros cristianos y la bandera de los jinetes árabes asomaron por la senda del Genil. Dos escuderos y dos infantes clavaron en uno y otro extremo del campo las picas con las enseñas. Los enemigos alzaron las armas, se saludaron y espoleando sus monturas se lanzaron como rayos a un combate singular.

 

Atardecía, y ninguno de los combatientes había sido vencido. Entonces, el campeón cristiano voceó.

 

-Eres valiente, y estás protegido por un encantamiento de fuerza. Pero déjame contarte algo, y después decidiremos.

 

Asintió el guerrero moro, que protegido o no, ya parecía desfallecer, pese a su impresionante valor.

 

‘Poco más allá de Granada, unos maleantes golpearon a un hombre, y le dejaron tendido en el suelo. Llegó gente y huyeron sin robarle para evitar ser descubiertos. Alguien vio al herido, se acercó a él, y le robó. El otro, enseguida, se levantó, recuperando el sentido, se sacudió el polvo y no hizo nada.

Al día siguiente, en el mismo paraje, los bandidos atacaron a otro hombre. Igualmente se escondieron al ver llegar gente. Lo mismo sucedió: alguien se acercó al herido y quiso robarle. Sólo que éste no había perdido la conciencia, y luchó hasta la extenuación… y le golpearon de nuevo, una y otra vez, para quitarle lo que era suyo, y él decía: no me arrebatarás lo que es mío.’

-¿Sabes por qué? -Preguntó a su oponente, que le escuchaba atento-. Porque un hombre, si se da cuenta, debe luchar antes de que le quiten lo que le pertenece. No es por la riqueza, sino por los principios. Eso es lo que se defiende.

 

Y el jinete árabe comprendió. Se dirigió a los suyos, que ya estaban siendo atendidos por los alfaquíes y por los nigromantes, y dio la orden de partir. Sabía que aquella lucha no tendría fin, porque los cuarenta caballeros defenderían Granada hasta el fin de los tiempos, porque nunca iban a dejar que nadie se la arrebatase.

 

Una respuesta to “Un cuento de Granada.”

  1. Eva Says:

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