Lavinia en Sol

Lavinia nunca se ha planteado que otros le arreglen la vida. Se la gana desde pequeña, con alegría. Acepta los contratiempos con el mismo gesto que las bienandanzas. Claro, es que va de un lado a otro, aseando casas y cosas. Los de Sol dirán, algunos, que los burgueses la explotan. Que se lo pregunten a ella. Quiere y es querida. Ha podido pagar los estudios -y ya una carrera, de medicina- de sus dos hijos. Y cuando necesita más, o consigue, trabajando. Se ha ganado la confianza de propios y extraños con su dedicación y simpatía. Los sábados acude a su Iglesia, y pide por todos a Dios y a Jesús.Lavinia lleva en Madrid trece años.

Esta tarde Lavinia ha salido del Metro en Sol.

-¿Pero qué pasa aquí? ¡Ay, que me he equivocado de salida!

A punto de pedir socorro, agobiada pero no indignada, alguien le aclara que ese cambio es para mejorar las cosas.

-Pues parece… No sé -Se queda cortada, claro, porque no quiere contradecir a su interlocutor, un mozalbete enteradillo- Como si…Es que todo tan sucio…

Se ríen. Claro, Lavinia no comprende que eso no es suciedad. Es talento y política. Una pareja difícil.

-Entonces, ¿puedo salir? Es que he quedado en la parada del 51.

Con el permiso de los okupas recorre el antiguo espacio público llamado Puerta del Sol, dirección Alcalá. Mira de reojo los letreros que invocan la libertad y la prosperidad, y sigue sin entender nada. ¿Es que es verdad que España está ya en la ruina? Los habitantes del pseudofalansterio cervecean y porrean, felices como guarros en charco. Ya hiede en Sol. Huelen los manifiestos, sus orígenes, su mantenimiento y su ubicación.

Lavinia aprieta su bolsa contra el costado. Aquello no le inspira mucha confianza. Le recuerda los campamentos marginados en las zonas rurales de su Romania natal. Alguien le ofrece reposo y lectura de los clásicos, Marcuse incluido, pero ella tiene bastante con El Cultural del sábado, que le regala una señora de Las Rozas.

-Muy difícil para mí, ¿sabe usted?

Lavinia espera el 51, y ojea el plantel de letrerillos que como feos grafitti, tan lejos del talentazo de algunos de sus autores, rellena de tópicos la valla de las obras y las farolas.

-¿Pero no había estatuas en esta plaza? ¿Y por qué hacen jaimas?

Eso se lo pregunta una pareja, que se ve está de paso. Lavinia les ilustra.

-Son campamentos de refugiados. Los que no caben van a los túneles a dormir.

-Como en la guerra. -Dice el varón-. La pasamos en Londres, ¿sabe? ¿Es que vuelven los nazis?

Lavinia se echa a llorar.

-¡Pero si es broma, mujer! -La consuelan, sin demasiado brío-. Hay cosas que no se repiten.

Lavinia se enjuga las lágrimas y se dispone a subir al autobús.

-¿Usted cree? ¿Verdad que no?

Desde la ventanilla otea el mar multicolor, y se ríe. O eso parece.

-¡Qué cosas pasan en España!

 

 

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