LA ESCUELA DE URANTIA

El maestro Daniel paseaba por el foso de los leones con las manos a la espalda, como un profesor de metafísica. Los viejos melenudos bostezaban, inquietos sólo por las consabidas moscas cojoneras, que se solazaban en la inmortalidad de lo inútil, para lo cual habían sido expresamente diseñadas por Dios. Daniel sabía que los insectos habían dominado ya la tierra, y que volverían a hacerlo, pero no esperaba encontrar un mundo tan paralelo en el país de los asombros. Había elegido ese destino casi huyendo de sí mismo, un poco harto de su popularidad entre los analfabetos reyes de Asia, tan cargados de oro y espadas como de concubinas y de bastardos.  ‘Una lata genética’, se decía, mientras cargaba el fardo con los manuscritos del Mar Muerto, que cuando se escribieron estaba vivo y era casi dulce. En la antigua universidad caldea aprendió el lenguaje de los pájaros, luego el de la hierba cuando crece, y finalmente el más torpe del león. El león sólo habla cuando está cautivo, porque la libertad de las fieras no precisa comunicarse, es perfecta como los errores del diablo. Cuando ya dominaba los alfabetos de Babel conspiró con el mal, tan atractivo, y vendió una porción de su alma a un demonio itinerante, que se llamaba Belial. ‘Con esto –le dijo el mercachifle, soplando la tinta de sangre con que firmaron el pacto- estás cubierto hasta media eternidad, así que ya puedes hablar hasta con esa torpe burra que increpó a Balaán. Supo entonces que los animales tenían vetado expresarse  con palabras desde que Noé los metió en el arca, para ocultar los errores del altísimo, que no había previsto del todo las consecuencias de su mal humor. Supo también que los mandamientos y en general el imperio del nolis, non facies, et cetera simillia, obedecían al miedo, temor reverencial por sí mismo, como cuando un monstruo ve por primera vez su imagen en el espejo y claro no se reconoce porque tiene un alto concepto de su fealdad. ‘El país de los asombros’, una jubilación dorada, pensó, hasta que tuvo la certeza de que no iba a encontrarse con tanto sabio aburrido sólo si reinventaba su jaula, y allí, en el foso, se introdujo con los hologramas de su historieta, que los niños vieron tan real como el parpadeo de La Dama Extensa, guarecida en una inmensa pajarera.

 

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