La Escuela de Urantia (2).

El Maestro Daniel,

a quien las leyendas bíblicas situaron en un foso lleno de leones, paseaba por las avenidas de Ur, la ciudad universitaria de Caldea. Una antigua residencia de los ancianos, muchos de ellos ya pertenecientes al Consejo de Melquisedec.  Yendo y viniendo por los mundos, a veces reposaban junto a los muros que se habían salvado de los cinco cataclismos. El primero, en la noche de los tiempos, cuando las galaxias eran veloces fuegos de soles en formación y las Tierras del Sistema unas motas de polvo en la inmensidad del Caos. El segundo cuando nacieron los seres vivos y fueron adoptando las formas de sus dioses. El tercero cuando los mundos quinto y octavo discutieron su primogenitura y acabaron chocando para destruirse, ante la ira del Creador. El cuarto, cuando la luna se desgajó y cubrió la parte del cielo que conocen bien lobos y soñadores, como los Pan y los niños. Y el último, en la época del equilibrio, cuando los seres imaginados por los Altísimos comenzaron a creerse inmortales y hubo que construir Paraísos y destierros.

 

Daniel conversaba con el gran león, sí, pero éste paseaba a su lado como un lazarillo. Porque Daniel, como Tiresias y como todos los grandes profetas y adivinos, era ciego.

 

En sus ojos opacos rielaban pensamientos oscuros. Unos niños que buscaban sin saberlo el centro del destino. Y las manos de tantos  seres estrechando las suyas.

 

-A veces los sueños son tan densos que me paralizan, como un peso de azogue, gran rey –dijo a su león, que movía la melena castaña con la coquetería de un guerrero Masai. Entonces comprendo que debo mantenerme distante, para que su fuerza no me arrolle. Y el de esos cuatro niños es uno de ellos. – Suspiró-. La paradoja de la debilidad y la inocencia, que Dante no verá nunca como la llave de la Gloria y la destrucción de los infiernos… -Bueno –continuó, en su monólogo peculiar- Es que ese poeta, como tantos otros que hablan de Dios, serán ateos, aunque lleven cruces y reliquias o formulen preces y oraciones… -Alzó los brazos a un cielo encapotado, del que caían ya cálidas gotas de agua gris-. ¡Y aunque de vez en cuando les mandes  un diluvio, no por eso van a creer en Ti y en tus asuntos!

 

Daniel se detuvo. El león, a su lado, también lo hizo.

 

-Por cierto –dijo el Maestro-. Tienes que convocar a los nuevos alumnos. El intercambio de lenguaje con las plantas va muy retrasado.

 

 

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