DESORDEN.

Todo estaba revuelto. Algún ilustrador de adjetivos se encontraría feliz pintándolos sobre la noche: sueño fatídico, infamante rapto, era yo y quería marcharme, anclado para siempre hasta la próxima vigilia. Sobraba todo, faltaba todo, al menos no existía, era imposible, cuanto deseaba. No: lo que precisaba, la toalla para secar las manos, simplemente. Cada acto es un suplicio cuando no se conoce. Comprender es conocer. Saber es ignorar. La conjunción de males hacía de la realidad un infierno, al que me agarraba con la soledad de una mano y con la otra mano, cortada, iba tanteando. Cuando desperté tenía frío, el pulso llegaba apenas el segundo, derrotado por una cabeza, eso sí, negra y cuellilarga, porque mi montura ya no disimulaba su cansancio.

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