ALCACHOFO.

La nube -porque lo era, aunque se escudaba bajo la forma gris de un sudario- oscilaba, siempre a mis ojos, delante de mis ojos todo lo hacía, nada tan real como la imprecisión de la vida, como su imaginada ausencia que la volvía presente, de cuerpo y alma presente, con el brazo alzado. Yo seguía sus evoluciones con los ojos entrecerrados, en parte por el velo de luz que aún guardaba el otoño de la sierra entre el cielo profundo y el suelo cercano, el suelo que yo no tocaba, porque la roca, una laja extensa de granito del Guadarrama, seguramente con huellas de dinosaurio en alguna de las esquirlas del tiempo que tapaba el tiempo, mi cuna vacía, flotaba, yo en ella flotaba, entre el silencio del viento y el murmullo de las ramas, y el silbido del águila llamando a quién sabe qué dios lejano, que le respondía, seguro, porque al águila real no puede dejar de responderse, como al rey o al maestro o a la ola que te besa y se regresa, después de lamerte la piel y dejarte la sal, el beso puro de la sal. Yo veía aún muy lejano el momento de la partida, cuando las voces del regreso nos llamaran, y formáramos como un batallón de alevines hacia la paz del autobús, aparcado con los profesores ociosos, tan lejos y tan lejanos como el otro lado del mundo. Casi podía decirse que no lo veía, el momento ese de partir, cuando mi pulso se aceleraba y algo como la mente o el alma luchaba con mis piernas y hacía de mi voluntad una tristeza. Suspiré, siempre suspiraba, supongo, llenando de aire todos los huecos posibles de mi cuerpo, sintiendo en el vientre la bocanada de aire, con olor a la savia del pino, con la sutil presencia de la nieve, con el murmullo de cristal que brotaba de los arroyos, inhalaba la vida porque ese era mi único  placebo.

En el sueño había oído mi nombre, seguro, todo lo seguro que puede uno estar de lo que pasa en un sueño, si es que sabe que era un sueño, si es que sueña, al despertar me incorporé como un sonámbulo, supongo que así se despiertan los sonámbulos, inestable y temeroso, porque lo que otros llaman lucidez, la vigilia y el reparo de las cosas que se sienten y se palpan, no es para ellos lo mismo, no es igual, al contrario, lo soportan simplemente, o torpemente, o complejamente, porque también para ellos, para quienes sueñan despiertos y viven dormidos, la realidad oscila como una brújula en el bolsillo de la chaqueta.

En la sierra, al atardecer, es fácil perderse. Pero yo me orientaba con un olfato de liebre. Cuando alguien se perdía, era yo el encargado de buscarlo. Me subía a una peña, oteaba el paisaje, adivinaba la ruta del extraviado, tal vez por mi ángel, tal vez por unas matas tendidas, tal vez porque el lugar mejor es el que elegimos para desprendernos del momento, y allá apuntaba, la cuadrilla de  oteadores salía disparada y conmigo de guía siempre acertábamos con el solitario.

Aquella vez no acerté. Ya era casi de noche. Me prohibieron seguir solo, pero en un descuido volví a buscarlo.

-¡Alcachofo!

Había perdido sus gafas, andaba errante buscándolas. Me pareció que esa segunda búsqueda era la más importante de todas. Le dije que se estuviera quieto, tranquilo. Las encontré enseguida, uncidas a una grieta, con uno de los cristales astillado. Las tendí a mi amigo. Cuando se las puso le cambió la cara, como si hubiera visto de verdad a la Virgen. Porque en aquellos parajes se rumoreaban apariciones y soles que se abrazaban, y cosas por el estilo, y algunas huertas eran destino de romerías y concentraciones de devotos o esperanzados o timadores.

Anduve a tientas también yo aquella otra tarde, en la que mi nombre sonaba a través del eco, navegué por el costado de la roca plana como si me buscase, aún flotaba, supongo, en el pasmo del viento que me llenaba la barriga, diluido en la montaña con la felicidad de quien aún no ha despertado pero es capaz de observarse feliz porque es todo aquello que le rodea y no es nada de aquello que le rodea, incluyéndose a sí mismo, sobre todo eso. Dí un paso, otro, y ya iba a dar el tercero cuando me detuvo su grito.

-¡No te muevas, quieto, no te muevas!

Yo supe sin dudarlo dos cosas. Bueno, tres, o cuatro, a la vez. La primera, que aquella orden imperiosa se dirigía a mí. La segunda, que la voz era de Alcachofo. Y esto por natural que pudiese parecer, era lo más extraño. Porque Alcachofo, más tartaja que el inventor del tarará, no había dicho seguidas más de dos palabras nunca. Y menos con autoridad y brío, como Don Andrés, el profe de mates explicando los misterios de los números y los ángulos.

Abrí los ojos. A mis pies una cabra ramoneaba. Pero parecía una vaca diminuta. Lejos, al fondo. La distancia jugaba con mis sentidos, segura de ganar la partida, burlonamente. Sentí el vértigo, y me senté, me tumbé, respiré la parte que me quedaba de corazón, justo en la garganta.  Estaba justo al borde de una caída vertical entre las dos rocas, una abertura que ofrecía el fondo del valle como la boca de un pozo ofrece los misterios de ese túnel circular y confuso. ¿Cómo había llegado hasta allí? Sólo recordaba haber volado, casi rozando los musgos del granito, durante un minuto, el tiempo en que  se escuchan los compases del Ave María de Schubert, que escuchábamos en alemán al coro de San Isidro durante los oficios de mayo.

Alcachofo me miraba. Aún no se habían reparado sus gafas, y las astillas del cristal multiplicaban la paciencia del poniente, un sol cansado.

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