Lady Ipecacuana.

No podía dejar de pensarlo. ¿Dónde pondría la cofia? En la mesilla de noche, seguro. Las alas blancas recortadas sobre el mundo se inclinaron hacia la cama. El termómetro. La temperatura de las seis, cuando el ocaso fluctúa, y los biorritmos comienzan el desesperado latir del sueño. Le tocaba la frente, breve y segura una mano pequeña, surcada de trazos azules, que le hizo recordar aquellos ripios de su niñez, aquellos versos que hicieron llorar a su abuelita, porque le recordaron la decadencia de la carne.

‘…Manos finas surcadas dulcemente

por mil sendas de otoños apagados…’

Pero ella estaba despierta, encendida, en las mejillas lucía con frecuencia el arrebol de la madura juventud, la edad imprecisa que intentaba sin éxito ocultar el hábito. Se fijaba en las líneas del pecho, que albergaba un amplio talar,  revoloteador y ruidoso, un fru fru que le vitalizaba cada mañana, que le hacía dormirse pensando en ella, mejor que en ella, en los símbolos que encubría y que la cubrían.

Nunca supo por qué le resultaba más incitante la pequeña monja, tapada con el pseudoburka del Papa, que las modelos semidesnudas que exhibían los llamados ‘medios’. Era parte  -posiblemente- de su enfermedad, o de la medicación, o de ambas cosas. Un efecto secundario que no constaba en los prospectos. Sonreía mordiendo la sábana cuando recordaba las escenas escabrosas de enfermeras con ligueros rojos e internos en prácticas de fácil acceso, tan ajenas al escenario que entonces vivía como la imaginación creativa de un político en funciones. Aquello no era una película. Ya apenas tenía fiebre, y esas décimas de cada poniente sólo eran un regalo de la luz para retenerle y aguardar.

Porque Lady Ipecacuana volvería.

Le puso el mote feliz un radiólogo que quiso acabar con las defensas de un adolescente como yo, situado tras la pantalla minutos y minutos, hasta que Sor Estrella -no recuerdo su nombre de guerra- lanzó una imprecación, me tomó del brazo sacándome a tirones de los rayos X.

-¿Es que quiere acabar con el niño…doctor?

El médico, que estaba feliz con su experimento, y a punto de dibujar un intestino radiado en todo su esplendor, la miró vidrioso, bebido de su propio zumo de semidiós, ambrosía con pelos de morsa en el bigote.

-¡Qué sabrá usted! ¿Cree que esto se cura con ipecacuana?

Una hierba maravillosa, imaginé mucho más tarde. Un filtro de amor, un brebaje de Fierabrás, bálsamo y rooibos con limón del huerto de mi abuelo. Aquel tipo estuvo a un tris de desgraciarme los compañones, aunque a veces pienso que más vale estéril en mano que fértil engendrando monstruítos.

Desde entonces la llamo Lady Ipecacuana, claro. Se sonríe, y me rasca el tejado, donde una mata de pelo anda ruborizándose y a la espera, cada día.

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