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ALCACHOFO.

30 abril 2011

La nube -porque lo era, aunque se escudaba bajo la forma gris de un sudario- oscilaba, siempre a mis ojos, delante de mis ojos todo lo hacía, nada tan real como la imprecisión de la vida, como su imaginada ausencia que la volvía presente, de cuerpo y alma presente, con el brazo alzado. Yo seguía sus evoluciones con los ojos entrecerrados, en parte por el velo de luz que aún guardaba el otoño de la sierra entre el cielo profundo y el suelo cercano, el suelo que yo no tocaba, porque la roca, una laja extensa de granito del Guadarrama, seguramente con huellas de dinosaurio en alguna de las esquirlas del tiempo que tapaba el tiempo, mi cuna vacía, flotaba, yo en ella flotaba, entre el silencio del viento y el murmullo de las ramas, y el silbido del águila llamando a quién sabe qué dios lejano, que le respondía, seguro, porque al águila real no puede dejar de responderse, como al rey o al maestro o a la ola que te besa y se regresa, después de lamerte la piel y dejarte la sal, el beso puro de la sal. Yo veía aún muy lejano el momento de la partida, cuando las voces del regreso nos llamaran, y formáramos como un batallón de alevines hacia la paz del autobús, aparcado con los profesores ociosos, tan lejos y tan lejanos como el otro lado del mundo. Casi podía decirse que no lo veía, el momento ese de partir, cuando mi pulso se aceleraba y algo como la mente o el alma luchaba con mis piernas y hacía de mi voluntad una tristeza. Suspiré, siempre suspiraba, supongo, llenando de aire todos los huecos posibles de mi cuerpo, sintiendo en el vientre la bocanada de aire, con olor a la savia del pino, con la sutil presencia de la nieve, con el murmullo de cristal que brotaba de los arroyos, inhalaba la vida porque ese era mi único  placebo.

En el sueño había oído mi nombre, seguro, todo lo seguro que puede uno estar de lo que pasa en un sueño, si es que sabe que era un sueño, si es que sueña, al despertar me incorporé como un sonámbulo, supongo que así se despiertan los sonámbulos, inestable y temeroso, porque lo que otros llaman lucidez, la vigilia y el reparo de las cosas que se sienten y se palpan, no es para ellos lo mismo, no es igual, al contrario, lo soportan simplemente, o torpemente, o complejamente, porque también para ellos, para quienes sueñan despiertos y viven dormidos, la realidad oscila como una brújula en el bolsillo de la chaqueta.

En la sierra, al atardecer, es fácil perderse. Pero yo me orientaba con un olfato de liebre. Cuando alguien se perdía, era yo el encargado de buscarlo. Me subía a una peña, oteaba el paisaje, adivinaba la ruta del extraviado, tal vez por mi ángel, tal vez por unas matas tendidas, tal vez porque el lugar mejor es el que elegimos para desprendernos del momento, y allá apuntaba, la cuadrilla de  oteadores salía disparada y conmigo de guía siempre acertábamos con el solitario.

Aquella vez no acerté. Ya era casi de noche. Me prohibieron seguir solo, pero en un descuido volví a buscarlo.

-¡Alcachofo!

Había perdido sus gafas, andaba errante buscándolas. Me pareció que esa segunda búsqueda era la más importante de todas. Le dije que se estuviera quieto, tranquilo. Las encontré enseguida, uncidas a una grieta, con uno de los cristales astillado. Las tendí a mi amigo. Cuando se las puso le cambió la cara, como si hubiera visto de verdad a la Virgen. Porque en aquellos parajes se rumoreaban apariciones y soles que se abrazaban, y cosas por el estilo, y algunas huertas eran destino de romerías y concentraciones de devotos o esperanzados o timadores.

Anduve a tientas también yo aquella otra tarde, en la que mi nombre sonaba a través del eco, navegué por el costado de la roca plana como si me buscase, aún flotaba, supongo, en el pasmo del viento que me llenaba la barriga, diluido en la montaña con la felicidad de quien aún no ha despertado pero es capaz de observarse feliz porque es todo aquello que le rodea y no es nada de aquello que le rodea, incluyéndose a sí mismo, sobre todo eso. Dí un paso, otro, y ya iba a dar el tercero cuando me detuvo su grito.

-¡No te muevas, quieto, no te muevas!

Yo supe sin dudarlo dos cosas. Bueno, tres, o cuatro, a la vez. La primera, que aquella orden imperiosa se dirigía a mí. La segunda, que la voz era de Alcachofo. Y esto por natural que pudiese parecer, era lo más extraño. Porque Alcachofo, más tartaja que el inventor del tarará, no había dicho seguidas más de dos palabras nunca. Y menos con autoridad y brío, como Don Andrés, el profe de mates explicando los misterios de los números y los ángulos.

Abrí los ojos. A mis pies una cabra ramoneaba. Pero parecía una vaca diminuta. Lejos, al fondo. La distancia jugaba con mis sentidos, segura de ganar la partida, burlonamente. Sentí el vértigo, y me senté, me tumbé, respiré la parte que me quedaba de corazón, justo en la garganta.  Estaba justo al borde de una caída vertical entre las dos rocas, una abertura que ofrecía el fondo del valle como la boca de un pozo ofrece los misterios de ese túnel circular y confuso. ¿Cómo había llegado hasta allí? Sólo recordaba haber volado, casi rozando los musgos del granito, durante un minuto, el tiempo en que  se escuchan los compases del Ave María de Schubert, que escuchábamos en alemán al coro de San Isidro durante los oficios de mayo.

Alcachofo me miraba. Aún no se habían reparado sus gafas, y las astillas del cristal multiplicaban la paciencia del poniente, un sol cansado.

Lady Ipecacuana.

28 abril 2011

No podía dejar de pensarlo. ¿Dónde pondría la cofia? En la mesilla de noche, seguro. Las alas blancas recortadas sobre el mundo se inclinaron hacia la cama. El termómetro. La temperatura de las seis, cuando el ocaso fluctúa, y los biorritmos comienzan el desesperado latir del sueño. Le tocaba la frente, breve y segura una mano pequeña, surcada de trazos azules, que le hizo recordar aquellos ripios de su niñez, aquellos versos que hicieron llorar a su abuelita, porque le recordaron la decadencia de la carne.

‘…Manos finas surcadas dulcemente

por mil sendas de otoños apagados…’

Pero ella estaba despierta, encendida, en las mejillas lucía con frecuencia el arrebol de la madura juventud, la edad imprecisa que intentaba sin éxito ocultar el hábito. Se fijaba en las líneas del pecho, que albergaba un amplio talar,  revoloteador y ruidoso, un fru fru que le vitalizaba cada mañana, que le hacía dormirse pensando en ella, mejor que en ella, en los símbolos que encubría y que la cubrían.

Nunca supo por qué le resultaba más incitante la pequeña monja, tapada con el pseudoburka del Papa, que las modelos semidesnudas que exhibían los llamados ‘medios’. Era parte  -posiblemente- de su enfermedad, o de la medicación, o de ambas cosas. Un efecto secundario que no constaba en los prospectos. Sonreía mordiendo la sábana cuando recordaba las escenas escabrosas de enfermeras con ligueros rojos e internos en prácticas de fácil acceso, tan ajenas al escenario que entonces vivía como la imaginación creativa de un político en funciones. Aquello no era una película. Ya apenas tenía fiebre, y esas décimas de cada poniente sólo eran un regalo de la luz para retenerle y aguardar.

Porque Lady Ipecacuana volvería.

Le puso el mote feliz un radiólogo que quiso acabar con las defensas de un adolescente como yo, situado tras la pantalla minutos y minutos, hasta que Sor Estrella -no recuerdo su nombre de guerra- lanzó una imprecación, me tomó del brazo sacándome a tirones de los rayos X.

-¿Es que quiere acabar con el niño…doctor?

El médico, que estaba feliz con su experimento, y a punto de dibujar un intestino radiado en todo su esplendor, la miró vidrioso, bebido de su propio zumo de semidiós, ambrosía con pelos de morsa en el bigote.

-¡Qué sabrá usted! ¿Cree que esto se cura con ipecacuana?

Una hierba maravillosa, imaginé mucho más tarde. Un filtro de amor, un brebaje de Fierabrás, bálsamo y rooibos con limón del huerto de mi abuelo. Aquel tipo estuvo a un tris de desgraciarme los compañones, aunque a veces pienso que más vale estéril en mano que fértil engendrando monstruítos.

Desde entonces la llamo Lady Ipecacuana, claro. Se sonríe, y me rasca el tejado, donde una mata de pelo anda ruborizándose y a la espera, cada día.

VictoriaMilan.es o putas casadas.(2)

28 abril 2011

Puta: prostituta, ramera, mujer pública. (Consultar DRAE).

¿Algo contra las p.? Nada.

Van de frente, lo necesitan, las han degradado, qué sé yo. Hasta puede que les guste. Las profesionales.

Otras, las obligadas, no lo son. Son esclavas, que debería ser posible liberar.

¿Y las señoras que atienden el requerimiento de un anuncio público para prostituirse? Supongo que la mayoría no necesitan esa web. Pero si son tímidas y quieren poner los cuernos con garantías de impunidad, este es un camino, por ejemplo.

De modo que los inventores pueden haber dado en un clavito, el de joder al maridito.

Por falta de ganas, no queda. Cada cual tendrá su sinrazón.

¿No será envidia? Quizás la solución sea ofrecerme voluntario para algún ensayo…

Seguiremos… en torno a ese apetitoso fraude moral que pretende ser franco -con perdón- y directo, como la fascinación de la mariposa junto al fuego.

Me recuerda a las mafias y al chantaje. Un facebook en el que estás PILLADA -en este caso- y del que ya no podrás liberarte. Un registro, un archivo de putas…más o menos gratis.

Adiós, Shariff, adiós.

28 abril 2011

No. Omar, sigue vivo, a Dios gracias.

Pero hoy he sacado del bolsillo mi pañuelo de hilo egipcio y me han mirado como Alejandro a Sor Puri.

El moquero multiuso antes kleenex, perfumado y alergénico ha sustituido, mejor, ha eliminado el pañuelo de bolsillo, con o sin iniciales del amo, de algodón, de material noble, con el que -hilo de las ruecas de Gilgamés- nos sonábamos las napias in illo tempore.

Oh tempora, oh mores!

Y encima el Madrid pierde, en su campo, con el de siempre.

Día nefasto.

Horribili dictu.

Tengo una pregunta para ti.

27 abril 2011

Eso ha debido pasar en el Youtuve o como se llame, y eso que no lo tuve antes. ZP ha contestado por lo visto, y es que le sobra cara para cualquier escena. A ver si ahora se vuelve filósofo y regresa con las simpatías de las masas hispanas al añorado poder. Se le nota ya carita de echar de menos algo, pero no te fíes. Es capaz de contestar a esas preguntas y a las que no le hacen, también. ¿Cuántas veces ha dicho que no o que sí a algo que luego fue que sí o que no? ¡Que tranquilas están las filas de los Barreda y cia.! ¿Podemos apostar a que en fechas clave es llamado a Nüremberg, o sea, a Ferraz, y entronizado de nuevo?

Si es tan listo como para darme la razón, soy capaz de votarle y combatir a Whitito por el puesto a su diestra, como buen hijo del altísimo.

Madrid-Barsa

27 abril 2011

¿Real…? Madrid, a secas. El real se quedó en Valencia. Que dicten orden de busca y captura, a ver si lo encuentran. Y que regrese, aunque pierda o se pierda de nuevo. Pero así al menos no nos aburriríamos tanto.

La expulsión de Pepe fue un timo, y la no tarjeta al manitas del gran Messi -chiquito genial- una concesión al maestro. Pero eso no fue todo.

Madrid ex-Real no jugó. Alguien, en vez de asir del gaznate al mohicano, debió recordarles que estaban en el Bernabéu y no iban ganando. No estaban en el Mou Camp, perdón, en el Nou Camp, y tampoco ganaban uno a cero. Por eso sucedió.

O sea, que ni Liga ni Champions, y a este paso vuelve Zapatero.

Dinero.

27 abril 2011
El dinero me reprocha cada día
que no acabo de conocerle. “Tengo muchas facetas, irisados
pubis y altos naipes que ignoras; y pasas de largo
como si la luz atrapase la melancolía”.
El dinero tiene razón, pero no sé cómo dársela
ahora que no lo tengo.
Este poema o pseudopoema de Amador García-Carrasco me provoca a anotar uno que acabo de leer en el blog de Ismael Cabezas, Seconal, un barbitúrico que se lleva al sótano la novia robada de J.C.O., con su viejo vestido de satén y el velo tul ilusión.
El velo que abandonamos cuando la vida nos contempla desde sus duros ojos.
DINERO
Cada tres meses,¿no?, el dinero me reprocha:
“Por qué me dejas aquí donde no sirvo?
Yo soy el sexo y las cosas que no tuviste nunca.
Aún puedes conseguirlos firmando algunos cheques”
Entonces miro qué hacen los otros con el suyo.
No lo guardan en la almohada, desde luego.
Ya tienen esposa, coche y casa de verano:
alguna relación guarde el dinero con la vida
-La verdad, tiene mucho en común, si uno investiga;
no puedes postergar la juventud hasta que te jubiles,
y por mucho que parte del salario vaya al banco
al cabo no podrás pagarte mucho más que una afeitada.
Escucho el canto del dinero. Es como si me mirase
una ciudad de provincias desde largos ventanales:
barriadas, canal, iglesias adornadas y locas
bajo el sol de la tarde. Intensamente triste.
PHILIP LARKIN (!974)

Publicado por Ismael Cabezas

Victoria Milan.es o putas gratis.

26 abril 2011

Bueno, gratis…

Nunca se sabe qué es más caro.

Esa web, de momento, ofrece putas gratis.

¿Y putos? También, supongo.

Así que a registrarse, que es una web segura, muy profesional.

Han cubierto las marquesinas de publicidad feliz incitando al adulterio. Una novedad.

El asunto de la jodienda no tiene enmienda.

Pero el texto no me convence. Dice algo así como: ¿Estás casada? Vive la fascinación de la aventura… y  un par de modelos sonrientes. Ninguna ONG ha saltado de los asientos para pedir se retire la publicidad porque degrada a la mujer.

El texto auténtico es: Putas gratis. Apúntate. Con sus variables: Si eres puta, esta es tu web. No pierdas la oportunidad.

¿Y si el puto marido apuntado se cita con la puta mujer apuntada, sin saberlo? ¡Un encuentro de reconciliación humorosa y amorística!

La imaginación al poder. ¿De dónde sale la pasta?

Celemín.

26 abril 2011

Había soñado que en el sobre dormitaban los talentos.

-Son dos, igualitos, como las cartas de Pokémon.

-Las cartas de P. no son iguales.

-Tampoco se entienden. Así que para el caso…

Freud se había dormido en la mecedora con la pipa entre los dientes. Un sueño de dientes prietos, como los de algunos perdedores.

-Es porque se continúa masticando, las ideas o los rencores o lo que sea.

Bueno, el caso es que iba comprendiendo. Sus talentos eran diminutos, pero, como el mundo, alguno tenía. Lo malo era eso, que estaban en el sobre, e ignoraba qué hacer con ellos.

-Para el caso da lo mismo. No valen ni un ochavo.

Uno de los cromos rebulló en su cuna, como si no le hubieran cambiado el pañal.

-Lo del ochavo se lo dirás a todos.

-Sólo a J.C.O., para que lo saque en alguna línea perdida.

El otro ordenó silencio.

-El buen paño en el arca se vende.

Salió el bueno de facebook junior.

-Que te lo has creído.

Troitiño al trote y Rucalbaba al galope.

26 abril 2011

-Jefe, nos la vamos a pegar.

-Calla, White, y apunta.

White saca la escopeta, que lleva camuflada en las patillas.

-¿A dónde, jefe? -Mira por la ventana blindada.

-¿Pero qué haces, White? Aún sigues con la costra.

-No, boss -sonríe, porque ya sabe inglés- que se me ha curado. Mira. -Le muestra un sabañón en la falange-.

R. mueve la testa, coronada de halos violeta, y exhibe los colmillos.

-Así me gustan… Bien dispuestos y pagados. Oye, W., te digo que anotes, hombre, pero no lo comentes de momento. Tengo una bala en la recámara, como siempre.

-¿Siempe es un seudónimo? -Vuelve a sonreír, por el vocabulario-.

-Siempre, siempre, no siempe, ni sierpe… Bueno -vuelve a menear la cabeza, que se desliza sobre los hombros, exenta y burlona-. Lo de sierpe, pase.

W. suspira. Ya se ha perdido. Rememora la imagen del superboss, su ídolo, su voz, y aúlla en silencio. R. recoge el suspiro y lo arroja a la papelera.

-Como antes, o sea. Llama a quien sabes y que haga esto. -Le da un papel, garabateado-. No lo pierdas, lo lees y luego te lo comes. Le he puesto una pizca de picante, del bueno.

W. saluda, y sale. R. mira por el balcón, pero Julieta se ha ido con el ruiseñor o con la alondra, así que habla consigo mismo, que ya es hablar.

-Y los del pepe ni flores. Están en el guindo, y me queda mucho tiempo para pillarles, de nuevo, por sorpresa. -Se frota de nuevo las manos, de las que salen chispas, que incendian el paisaje, porque el sol está frito en el horizonte-. Esta vez los de la teta dirán que sí, y vamos a ganar otra vez. -Alza los hombros, y la cabeza se bambolea con el peso de la ley de acá pallá-. O sea. -Comienza un trotecillo por el despacho, amplio como la conciencia de algún juez, y sonríe mientras la baba se desliza por las comisuras de quién sabe qué bocas de sub-urbano secreto.

-¡Al paso, al paso, al paso, al trote, al trote al trote -carcajada- al galope, al galope, al galope!

Cae el telón, con el grafitti de las elecciones y la niña del líder del pepe meciendo de nuevo su muñeca, que su mentor observa con aire despistado. La bella Cosmetal juega al brigde con Su aya, y rechinan los dientes de la señora Constitución, que se ha mordido la lengua.