Propuestas para el milenio.

Las propuestas para el milenio están hechas de dos formas:

 

Una, la utópica. En realidad todas las propuestas deberían serlo. Estar en ninguna parte es un destino poco halagüeño, en apariencia, pero ideal si se trata de que para cumplirse hay que poner en marcha la burocracia.

 

Dos, la pragmática. Esta es la que gusta. Tiene el inconveniente de los letrados del Consejo de Estado y los catedráticos, que suelen encontrar fórmulas exquisitas para que los cadáveres no hiedan, aun inmóviles y nauseabundos.

 

 

Las utópicas son tres, una política, otra económica y otra jurídica.

 

La política es que los políticos sirvan los intereses generales, no tengan prebendas, carezcan de influencias por su posición, reciban un estipendio razonable, y no puedan desempeñar cargos en entidades de contenido económico después de su mandato. El desarrollo de estos puntos pasa por un recorrido exhaustivo de la situación actual, y su casi total erradicación.

 

Las consecuencias serán, vaya utopía, el establecimiento de una clase política honesta, ocupada en el bien común, a la que el ciudadano respete, que no influya en las decisiones de otros por el puesto que ocupa y que no se lucre a costa de los demás. Pero la más importante es que avanzará el ideal de sociedad libre, justa y redistributiva. El mundo será mejor.

 

Se opone a ello Mamón y casi todos los políticos. También los que chupan del bote a su merced, por nepotismo o proximidad o peloteo. O sea, el cincuenta por ciento de la población.

 

Eso acredita que no siempre  el número de votos condiciona la bondad de las propuestas.

 

La económica es la redistribución de los excedentes del capital. O sea, más o menos marxismo, pero sin asustarse, dejemos que sigan cazando los zorrillos en las verdes praderas de Newcastle.

 

¿Qué se hace ahora con los beneficios de los bancos, por ejemplo, que son los beneficios obtenidos con el dinero de los pasivos? Pues se lo quedan los banqueros y sus industrias, que han obtenido de la misma fuente.

 

Pues no. Eso no está bien. Esos beneficios van por tercios, un tercio, a la Hacienda que somos toso, como ahora, otro tercio se divide por tres y va a los banqueros, a los accionistas y a los empleados, y el otro tercio va a los pasivos. Que bastante sufren cuando tienen que mirar el rendimiento negativo de sus cuentas.

 

Ya estoy viendo –otra utopía: esos no leen mas que el BOE- la sonrisita conmisérica de los letrados del Estado y asesores del Consejo; este mamoncillo no sabe que quien hace la ley hace la trampa. Nos las arreglaremos como antes para ser más y más y más: citius, altius, fortius al ritmo de bolero.

 

Y ahí los quería yo ver. Porque la tercera utópica, la jurídica es esta: Que las leyes sean transparentes y radicales, es decir, conforme a las raíces de los asuntos que se cuestionan.

 

Parece fácil. Eso afecta al sistema electivo, al Parlamento, a la representatividad de los diputados. Algunas de estas cosas son pragmatizables.

 

Empecemos por la propuesta jurídica pragmática para verlo. Que las leyes sean controladas por un parlamento representativo, es decir, que represente a la gente y no a los partidos, y por tanto que responda de la eficacia de la marcha del negocio en cada distrito. Es una asimilación a la gerencia empresarial: un gerente debe controlar y responder. Pues eso.

 

¿No están ustedes un poco cansados de que la ley sea una especia de abstracción lejana? Y de que cuando está cerca, sus mentores están lejos. ¿Han conseguido hablar alguna vez con un parlamentario? Ellos ya, deshaciendo honor a su nombre, ni hablan entre sí. Sólo siguen consignas.

 

Y de ahí el encaje pragmático de la propuesta política: que las elecciones aboquen a una representatividad real. Que la señora del quinto pueda hablar con su diputado de barrio y le explique por qué las aceras están tan sucias y no puede pasar los bordillos con el carrito de la compra.

 

¿Es otra cosa la vida? ¡Ah, sí! Los de arrancar olivos y destruir flota pesquera, primar los tomates marroquíes y no perseguir delitos contra un país en otro país. Lo de la Unión.

 

Y la económica. Va por ustedes. Que los impuestos sean de verdad progresivos, y a partir de un determinado ingresos se redistribuyan. Que se supriman, por tanto, las subvenciones, incluidas las del desempleo, porque con ellas, con los mal llamados subsidios, se dará trabajo. Y que de verdad se dé subsidio a los mayores y a los enfermos y a las amas de casa.

 

Como veis, todo está encadenado; también Segismundo, el de ‘La vida es sueño’. ¿Por qué sería?

 

Si se hacen las cosas más o menos así funcionaría incluso la educación, la universidad, la religión, porque todos responderían ‘a corto’, y no cada cuatro años solamente, y engañando meses antes para vestir el muñeco.

 

Y ahora me excuso. Esto que propongo no sirve para nada. Para nada si no está apoyado firmemente en un proceso cultural, en una formación que afronte las demagogias y no se asuste con las falsas aristocracias, las gominas y el color del hígado, rosa por supuesto.

Y eso sí que es una utopía. Pero recordemos que el Derecho ha podido, lenta e inexorablemente, hacernos mejores, transformar el mundo. No lo olvidemos, y exijamos que siga siendo así. Exijamos un pelín más de cultura a nuestros amos, al menos para hacerlos algo más comprensivos, para que se entiendan mejor, como Saint Exupery, como Spinoza: construyendo juntos catedrales, sin censuras ni excusas, inteligentemente.

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