CIEN EUROS LA HORA

 

 

Le pareció una ganga. La miraba y no se lo creía… Pensó en dos, en tres.. pero a los sesenta y cinco no estaba seguro de cumplir… Ella pedía la mitad ahora y el resto al final..

 

Pagó. Subieron por una escalera amplia y limpia. Puertas de madera con herrajes plateados. La chica se detuvo cerca de un recodo. El pasillo era muy ancho, como corresponde a los hoteles de postín.

 

-Espera un momento, por favor. Voy a preparar el cuarto. Yo te aviso.

 

Se quedó algo extrañado cuando dobló la esquina y desapareció. Así que la habitación estaba a la vuelta. Se sentó en un banco de estilo Luis XVI, que le recordó la casa de un snob, muebles imitados en las fábricas de Valencia.

 

El silencio y la moqueta le producían un sopor benévolo. Sonrió, excitado, y durante unos segundos se quedó dormido.

 

Estiró las piernas. Dio unos pasos y dobló la esquina, que daba a una escalera de servicio.

 

Pasaron dos semanas. Durante catorce días pensó en ella con estupor. No se sentía decepcionado, ni triste, ni rencoroso. Era algo más parecido a un sueño, un dislate de la imaginación que no alcanzaba las sombras de una pesadilla. Si volviera a verla, seguramente, la tomaría de la mano.

 

-¿Dónde te habías metido?

 

Le preguntaría. Y ella, sonriendo, seguro que no iba a contestarle. Porque no existía, claro, no podía ser real algo tan hermoso. O quizás ella vio en sus ojos el  destello de una pasión olvidada. Un recuerdo que la abordaba en la cubierta de un velero, cuando dobla el cabo de Formentera y los azules rivalizan con los verdes, que se funden como amantes.

 

Y había huido. Había huido porque no podía permitirse el lujo de amar.

 

¡Nunca dejaría de ser vanidoso! ¿Quién iba a amarle, de esa forma, ahora? No es cosa de viejos. Y ella lo consideraría así, un viejo, como hacen los jóvenes con todos los que no son como ellos. Como debe ser, y debe aceptarse, para que siga girando la torpe rueda de la vida.

 

Miró por la ventana del despacho. Los vencejos del otoño amenazaban, cada vez más altos. Los cristales, desafiaban con su libertad todas las transacciones de la tierra. La tierra, sede de hormigas y mamíferos, ese país lejano, donde se alberga la carroña.

 

Y entonces la vio.

 

No podía ser ella. Iba del brazo de su jefe, ese fatuo golfista. El golf, el deporte de los ricos, el ocio activo de los vagos. Odiaba el golf por lo que significaba, un símbolo de prepotencia y despilfarro, agua y tiempo perdidos. La belleza del green a veces compensaba, pero sólo cuando su espíritu olvidaba la escasez del mundo.

 

Así que también a él iba a timarle. Se rió con ganas. Le faltaba un mes para jubilarse, y aquél iba a ser su regalo, el obsequio que no esperaba recibir y que iba a agradarle más que ningún otro. El único tal vez, porque los regalos a los jubilados se parecen mucho a las alabanzas a los muertos.

Cavilaba entre dientes y se sonreía imaginando la cara del listo de su jefe, el ejecutivo de Harvard, perdedor de millones y captador de incautos, manípulo de multinacionales y bancos cuyos fondos son el dinero de los demás y parece que es suyo, imaginaba la cara que pondría, cuando, calentito y expectante, se quedara a dos velas. La chica era estupenda, selectiva, rompedora, pero ahora la admiraba, no la quería, la deseaba de otra forma, como si una imagen en el espejo reflejara otros rasgos, los mismos, sí, pero diferentes, como esas películas en 3D cuando te quitas las gafas que crean la ilusión tridimensional.

 

Alguien llamó a su puerta y entró sin esperar.

 

Allí estaban. Los dos.

 

-Mi mujer.

 

La saludó, ceremoniosamente. Ella le había tendido una mano limpia de joyas,la misma mano que señaló, aquel día, el banco Luis XVI para que la esperara, en el primer piso del Gran Hotel.

 

La miró a los ojos, fugazmente. No se cruzaron sus miradas. La boca entreabierta traslucía un perfil de nácar, una lengua codiciosa.

 

Salieron. El jefe saludó con la mano, una despedida amistosa.

 

Pidió dos días de vacaciones. Necesitaba pensar.

 

Por la mañana fue a pasear a El Escorial. Era su lugar fetiche. La cúpula de la iglesia suavizaba el conjunto de torres afiladas y orgullosas, la memoria de una conjura. Llamó al despacho para cerciorarse. Sí. Él estaría en Francia durante toda la semana, en un congresos de los que periódicamente organizan para pulirse unos millones y dictaminar por qué se ha perdido el dinero de los clientes. Como los políticos, los financieros nunca cumplen su programa. Pero seguimos picando. El llevaba cuarenta años en aquel sistema, no fue capaz de abandonarlo, pero sentía que iba a desquitarse.

 

Le abrió la puerta una mucama bonita, que cimbreaba su cuerpo como si bailara con una brisa de mayo.

 

Se sentó en una silla Luis XVI, naturalmente. Alguien le miraba desde un espejo enorme, de marco labrado. Era un sujeto serio y circunspecto, algo cargado de ansiedad, con las sienes grises y poco pelo, de gafas tan anodinas que no se le notaban apenas.  Estuvo a punto de saludarle, algo incómodo por su presencia.

 

Pero era él mismo, claro.

 

¿Puede alguien olvidar, por un instante, su propia imagen? Pensó que tal vez era un mecanismo subconsciente, quería olvidar quién era, o ser otro. ¿Pero no somos todos otro? El otro.

 

La puerta de cristal -que podía encubrir un secreto, ser visto desde el otro lado, que quizás fuera el paso a la dimensión donde ella aguardaba a sus falsos amantes, donde desaparecía después de estafarles, no, no por el dinero, por la expectativa de gozarla, ese lugar donde quisiera, por encima de todo, encontrarla, donde encontrarse y amarla había sido una obsesión, ese país asombroso en el que todo era posible, revivir la juventud, menospreciarla a cambio de una madurez aceptada por la mujer que amas, ella precisamente, que no contrató casualmente, estaba seguro, nunca lo había hecho antes, esa mujer que se cruzó en su camino, entre la niebla, sólo un poco antes de que la niebla espesase y ya fuera imposible ver nada, fuera inútil el esfuerzo por ver alrededor, todo eso, que se reducía a un instante, a algo menos que un instante, a un segundo, a algo menos que un segundo, a un reflejo en el pensamiento que ocupa toda la vida, eso estaba allí, y se materializaría en una figura que entraba en el salón y se sentaba junto a él, con un dedo cruzando los labios, un gesto de complicidad, otra argucia, una superchería para incautos, pero él, ¿qué otra cosa era?, ¿qué otra cosa quería ser?, él sólo quería que le mintiesen, que le mintiese, que le dijera, moviendo lenta, dulcemente la cabeza: “ Te quiero”.

 

Despertó de su pensamiento, despertó y vio cómo ella se acercaba, con un dedo en los labios, se acercaba despacio, quitó de sus labios el índice, que terminaba como una lanza manchada de sangre, movía lenta y dulcemente la cabeza, arrugaba graciosamente la frente, hacía un mohín, parecía a punto de sollozar, se acomodaba junto a él, y le miraba a los ojos. El mundo ya no era el mismo, un encanto, un encantamiento, sí, como si la figura del Tarot que simboliza el cálido viaje del sol hasta el corazón del hombre -si es que existe, pero a él se le antojó que le rodeaba ese tipo de brujería, amorosa y científica, como las paradojas del tiempo- un velo de seda le envolvía, y se sintió tan joven como aquel hombre del retrato, que le observaba desde una mesita velador, una antigüedad inglesa, de las que se podía permitir, adquirida en alguna subasta de Segre. Luego, ella le tomó la mano, que se deslizó hacia su pecho y lo tocó, un pájaro suave y, como dicen los poetas noveles, turgente, que es una palabra cuyo significado sólo se comprende cuando se toca. Por una razón del alma se acordó de Borges, el copiador de Platón, siempre genial, un cursi genial, cuando decía aquello tan fino: en el nombre de rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo.

 

La mucama entró con un vuelo de cintura, dejó sobre la mesita un refresco, le echó un vistazo, de arriba abajo, como ‘une connaisseuse’, y al devolverle, por un instinto oscuro, la mirada, observó que, en la pared, protegido por un cristal verglás, se lucía el dibujo de Mr. Goodby, saludando la diligencia de Londres, el pequeño tesoro que él vendió años atrás, de cuya venta siempre se había arrepentido porque le parecía que estaba mercadeando con el espíritu de su abuela, que a su vez lo había adquirido en una luna de miel en Londres. Una, porque se tomó otra en Sevilla, ya que, dijo, la inglesa fue poco satisfactoria. Estaba a punto de preguntar cuando se percató de dos cosas, la primera, que su mano estaba ya tan caliente como el pecho de la dama, y la segunda que aquello tenía un sentido evidente, la confluencia de los caminos que sólo se ven desde el aire, con la perspectiva del un halcón. Decidió entonces ser lo más posible en cada momento que le guardase el futuro, e incluso inventar un pasado, para mejorar su ánimo, y como un niño que buscase un nido, metió la otra mano por el escote, y así, mediando los dos senos, la miraba boquiabierto, y ella, por un instante, se sorprendió de su ingenuidad, y enseguida suspiró, porque su cuerpo estaba ya disgregándose de su mente, y necesitaba hiperventilarse, un truco del yoga.

 

Le acarició la calva, y se sintió ya él mismo, un ridículo conquistador, pero ya era tarde para abandonar, había superado la línea de no retorno en su deseo. Se levantaron como unos siameses atolondrados, y ella le dirigió a la habitación contigua, un cuarto quizá de invitados, pequeño, coqueto, oscuro, con su cama completa, bien hecha, grande, nada de mueblecitos funcionales. Le brillaban los ojos, y recordó a la Deneuve en ‘Belle de jour’, una asociación lícita, casi necesaria en aquel momento, y eso le motivó aún más, porque Catherine, siempre bella, lo era más en aquel momento, ella se le parecía, y su pulso se aceleró peligrosamente cuando se dio cuenta de que había pasado la vida imaginado, y casi se le hace tarde para vivir. ¡Vaya diferencia! -pensó, como un adolescente que se cruza en el pasillo del Instituto con su profesora, de quien, naturalmente, está enamorado. Dijo algo, y ella le contestó.

 

-No te preocupes.

 

¿Le habría preguntado por él? ¿Por la mucama? ¿Le habría dicho que estaba nerviosos, agitado? No se acordaba. Pero ella dice que no debo preocuparme. ¿Por qué debería hacerlo? Se tumbó, vestido, ella comenzó a desnudarse, como en una secuencia pictórica, cuadros que forman una galería de belleza, el éxtasis. ‘Y ese cabrón la tiene aquí cada noche. Bueno, cada día, porque ahora me explico esas ausencias repentinas. Le da un apretón, la recuerda. Pero… ella sale, no sé. Es una situación extraña. No pienses’.

 

-Sólo quiero… Bueno, ya sabes… -Le besaba despacio, todo lo hacía despacio, con el ritmo perfecto, justo el que se desea, no sé como se puede hacer eso-. Pero no es un pago. -No compro tu silencio, interpretó, no te devuelvo el dinero, no lo hago por dinero, era complicado, pero está bien, está bien. Se quitó la ropa, rompió algunos botones, como el día del cuarto de estar, con su prima Sonsoles-. Y entonces lo oyó claramente:

 

-Es una deuda de amor.

 

Me enamoraste, no te guardo rencor, cree que dijo. Y tomó un sorbo del refresco, que se habían traído, ya a medias, a la mesilla, una madera japonesa, snob, bajita, estaba un poco amargo, no le gustaba, Roncero decía que ese sabor debe evitarse, en fin, lo que le diera estaba bien. ¿Volverían a verse? ¿Se harían amantes? Era un juego peligroso… Se dio cuenta de que quería jugar a ese juego precisamente, lo deseaba tanto que ya quería terminar la partida para comenzar otra. ¿Habría sido el primero? ¿La habría sorprendido en su papel de hetaira falsa y caliente, recaudadora de preámbulos, algún otro estafado? Su papel, ese sí era arriesgado. ¿Entonces?

 

Entonces… Entonces… Lo notó, tarde, pensaba mientras se diluía… Tarde, ya sin verla, la gota del veneno en la comisura, que ella limpiaba lenta y dulcemente, como cuando se cuida a un enfermo que se quiere.

 

 

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