Laura en el país de los asombros (II). 1

EL EJÉRCITO DE LA LUZ

Yovi se decidió al fin. Ya estaba llamando la atención de los agentes de movilidad que patrullaban por la atestada Gran Vía de Madrid, el viernes a las siete de la tarde de aquel mes de mayo. El Hada Consejera le había sugerido la fecha, después de consultar al Consejo del Reino azul. Sonrió al recordar.

-Una cursilería. Deberíais cambiarle el nombrecito.

-¿Por qué?

Alfonso no contestó. Aunque la dialéctica no se le daba mal, era un poco pesado eso de probar lo evidente…aunque a otros les pareciera también evidente lo contrario.

Y ahora estaba allí, solo y un poco triste. La vorágine de la ciudad le deprimía, y eso que algún poeta dejó escrito que la alegría del alma es la acción.

-Pero no esto, ir de un lado a otro como el viento. De vez en cuando hay que pararse, ¿no?

El viaje le había cansado. Desde el País de los Asombros, como llamaba Laura a su mundo, un Awasi, el paso transformador, le condujo a la tierra de los humanos, que ya tenía casi olvidada. Cruzó despacio la calzada, y antes de pisar la acera opuesta escuchó un pitido y algunas expresiones soeces.

-¡Onde vas, atontao, quitaenmedio, gilipollas!.

Yovi pensó que debería reciclar el vocabulario, porque le resultaba extraño. Suponía que era un aviso informativo que le daban, aunque algo le decía que aquel individuo era un huido del frenopático. Los ruidos de la calle le agobiaban tanto que estaba a punto de marearse. ¡Y su misión acababa de empezar!

Se metió en el Starbooks Cofee, junto al Casino, y admiró las esculturas neoclásicas del edificio del BBVA, que parecían colocadas en el tejado por un orfebre del Olimpo. Los aurigas, a punto de lanzarse a la carrera, le recordaban a la caballería del Ejército Blanco, con Alcor y Mizar al frente, los gemelos de Orión.

Tomó el café como le gustaba, muy caliente, muy dulce, muy negro. Y de Colombia, claro. Lo curioso es que aquel café colombiano le sabía al caldo de Arabia, más suave, con el perfume seco del desierto, un toque de canela y…

-¿Yovi?

La voz le sacó de su ensimismamiento, para trasladarle al atontamiento. La voz, sí, o las notas de un arpa, armónica y ligera, cuya poseedora tenía todo, absolutamente todo, lo que un ser vivo de sus características, o sea, humano de la segunda evolución, con poderes y todo eso, necesitaba para perderlos. Y rápidamente. La chica le miraba con ojos de miel, sonrisa fresca y más tópicos en la figura que un diccionario editado por la sección carca de la RAE.

-Sí -balbuceó. Cosa difícil para tratarse de una sílaba.

Ella se sentó a su lado y le tendió el sobre.

-¿Misión imposible?

Rieron, y mezclaron una sonrisa cómplice en la mirada, como el Martini de Bond, sin agitarse ni descolocarse, de momento.

Yovi abrió el sobre. Estaba en blanco. La muchacha se levantó y le hizo un gesto de adiós con la mano.

-Cuando llegue el momento nos veremos, supongo.

-¿Cuándo? -casi gritó Yovi.

Pero ella se perdió en la escalinata del Metro, o quizás en la escalera de la iglesia de las Calatravas. Lo único que sabía Yovi es que sus piernas largas y torneadas y todo eso habían subido o bajado unas escaleras, porque así las recordaba, a saltitos, sobre unos tramos de granito gastado, esa piedra maravillosa que era el regalo de la sierra a la ciudad de Madrid.

Pidió un Arábigo que le supo a Colombia. Tras el primer sorbo puso el vaso en la mesa. Entonces vio el signo, una ‘tau‘ floreada, cuyo óvalo cercaba un punto dorado.

-No sé a qué viene tanto misterio.-

Se habló a sí mismo, y a nadie le extrañó. A su lado, una pareja de gays discutía sobre la recesión en China, un caballero con pinta de profe neurótico daba vueltas a su café mientras leía el AS, y dos o tres snobs despistados hacían tiempo mirando por el ventanón que descubría las caras ausentes de los transeúntes por la Plaza de Canalejas.

Al minuto, Yovi confirmó lo que ya suponía: el primer paso de su viaje debía conducirle a Navarra. Allí, en algún lugar de la montaña, le aguardaba los caballeros de luz del bosque blanco.

La vanguardia de los antiguos Felaym. Antes de la rebelión de Luzbel.

Yovi se iba sin pagar. El encargado le llamó con delicadeza. Se disculpó. Puso en la mano unas monedas. El otro le miró con paciencia de franciscano. Se quedó con todas y palmeó la espalda de Yovi mientras le conducía a la calle.

-¿Sabes dónde vas?

“¡Vaya -pensó Yovi- ya me han cazado! Pero reaccionó enseguida.

-Más o menos. -Señaló el cielo-. Voy hacia arriba. -El camarero miró también al cielo, sobre el reloj del antiguo Banesto-. Al Norte.

-¡Ah!

Buscó a la chica. Era su enlace. Un ángel, seguro. Los súcubos huelen a Chanel, y deberían llamarse diablesas. Los ángeles humanos femeninos son simplemente mujeres. No necesitan más.

Y se puso en marcha.

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