The End.

Cuando empezó a tragar agua se relajó. La sal le producía un cosquilleo dentro de la nariz, y eso era lo más molesto de todo. Abrió los ojos y poco a poco las imágenes fueron aclarándose, hasta que, finalmente, se hicieron nítidas y pudo contemplar a sus anchas las criaturas y los paisajes del mar. La angustia había desaparecido. Era consciente del fin, y lo aceptaba, no porque fuera inevitable, si es que lo era, sino porque ya estaba harto de luchar contra la vida y contra la muerte y contra toda la sucesión de puntos intermedios y de zonas oscuras entre ambas. La naturaleza era hostil, la gente enemiga, el inglés un coñazo, trabajar un rito que le producía gastritis y el euromillones una gilipollez que siempre tocaba a otros. Perder el amor, o no tenerlo, o no encontrarlo, o equivocarse con él, en fin todas las variables de ese concepto y sus circunstancias, le había agotado, a fuerza de darle tanta importancia. Y luego estaba lo del sexo. Mientras duraba era lo mejor, y al terminarse, quería abandonarlo, limpiarse y huir. La familia. Pasaba de ser una necesidad, o un consuelo, o una aberración a configurarse como una institución problemática; sobre todo si tienes hermanos que te odian y siempre te consideras culpable por lo que has conseguido y otros no tienen. La familia era unas fotos y algunas llamadas, sobre todo, aparte de las reuniones para determinadas celebraciones  habitualmente forzadas y tópicas. Los complejos, su especialidad, ese alimento del infierno que cada día nos mantiene atentos a lacerar tibiamente nuestras propias heridas. Y la enfermedad. Cuando la veía en los niños y en la gente que estaba sola. A él tampoco le abrazaba nadie cuando se sentía enfermo, pero no le importaba. La debilidad le asustaba, y no quería que nadie viese de cerca lo cobarde que podía llegar a ser. La última vez que se sintió mal, o sea que creyó que se moría como todo el mundo cuando se siente mal,  decidió que no iba a ir al hospital. El destino estaría escrito, y fuera. Los hospitales, las pruebas médicas, la displicencia de los agitadores de bata, que les transportaban como a mercancía de segunda mientras mascaban chicle y comentaban el fútbol del domingo. No lo soportaría otra vez. La violencia, las guerras, esas cosas que confirman que el derecho no sirve para protegerte, sino para perseguirte y jorobarte. ¿Estaría prohibido dejarse morir mecido por las olas del Mediterráneo? ¿Pondría una multa a sus deudos? ¿Les cobrarían el rescate y las exequias? ¿Pagaría en este caso el seguro? De repente volvió la angustia, y quiso respirar. ¿Qué iba a pasar con las hipotecas? ¿Aplicaría el banco la cláusula de amortización por fallecimiento o la discutiría? Tragó una buena porción de agua salada con restos de bichejos y sintió la náusea. Comenzó a nadar hacia la superficie, y cuando sacó la cabeza empezó a toser, echando de todo al agua. Se preocupó de que le pusieran una sanción por contaminar el viejo y asqueroso mar. Suspirí, recordando que las preocupaciones producen  enfermedades. Pero no podía evitarlo, porque una cosa era morirse solo y tranquilo y otra enfrentarse a las normas y a la burocracia.

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