SOL

Miraba cada mañana hacia el este, porque del sol -explicaban los maestros- surgía la fuerza. Ji-qong, Tai-Chi, Kung-Fu, las técnicas de las artes marciales que practicaba día, al amanecer y al atardecer, puesto en posición hacia el este y hacia el oeste. Durante unos segundos podía incluso percibir -eso imaginaba- las manchas solares, pequeñas sombras de fuego, justo cuando las pupilas aún podían aguantar, en esa fracción de segundo, la visión directa del astro. Amaneció muy nublado. Tanto que parecía de noche. El reloj marcaba la misma hora de siempre, todos los indicios de la ciudad que despertaba eran idénticos al día anterior; pero algo no marchaba bien. Pronto se percató de que era la energía: no la captaba, fluía en dirección contraria, como si le huyera. Al atardecer sintió lo mismo. ¿Estaría enfermo? La enfermedad, las preocupaciones y la lluvia dispersan la energía, arrebatan la fuerza y generan más enfermedades, violentando el gran círculo de la vida. Al despertarse tras un sueño agitado, por la mañana, se colocó en dirección al este. Entonces vio su sombra. Porque el sol, desde el oeste, la daba la espalda, harto ya de tanta fruslería.

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