93.

Desde los veinte años, cuando obtuvo su primer galardón como escritor, llevaba un diario. Cada día, indefectiblemente, llenaba una hoja con las palabras que  habían acompañado su mundo durante esas 24 horas, aunque con frecuencia se dispersaba hacia los vericuetos de almas propias y ajenas. A los sesenta le hicieron lo que alguien llamó una proposición deshonesta, por la suma que estaba dispuesta a pagar la Editorial, pero la rechazó. A los setenta se trasladó a Hong-Kong y a los ochenta a Beijing. “Cuando cumpla noventa y tres, os daré mi diario”, había prometido, y todos le creían. “¿Por qué esa cifra”. “Recuerdo uno de los problemas que me consultaba mi nieta; hablaba de que la cifra de las unidades triplicaba la de las centenas”. Nadie puso en duda la originalidad de la sinrazón, y tampoco que viviría hasta esa edad, porque aparentaba unos lustros menos y llevaba una dieta macrobiótica, lejos de los hospitales. La mañana de su 93 cumpleaños, la prensa se arracimó tras la verja de su casa, una residencia de la zona diplomática de la ciudad, y los símbolos de las cadenas de radio y televisión afloraban como ramas de ciruelo. Salió al jardín del luminoso verano con las cajas. Treinta y ocho mil folios, que iba mostrando en porciones, lentamente, y lentamente iba depositando sobre el lento fuego de una enorme barbacoa. “¿Por qué?”, le preguntaban, gritando. “Abraham no consumó su sacrificio”, contestó. “Dios quiere que destruyamos lo que nos produce más amor. Es su prueba. De las cenizas brotará un hermoso libro con páginas transparentes, que leerán hasta los ángeles”. Durante todo el día las llamas fueron consumiendo su legado.

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