Preguntas.

Aquella tarde le tocó preguntarse, un ejercicio de masoquismo que había aprendido en los Menesianos, antes de que se marcharan al Parque de las Avenidas, cuando se dirigía desde Maudes a Federico Rubio, y por el camino se hacía esas preguntas, las de siempre,  qué iba a salir en Gramática, cuánto podría saltar más o menos que el mejor, y si definitivamente iba a ponerle la zancadilla al pesado de R. Luego un montón de inquisiciones menores, hasta que llegaba a la zona del perro, que le aguardaba para ladrarle y morder el zapato de suela de goma, una especialidad Fox. Llegaba tarde, y los adoquines de la cuesta le recibieron de dientes, voló y estrelló su rodilla en el pavimento, que hizo ‘crac’ y aguardó un instante a que recuperase la conciencia para asentir cuando se preguntaba por qué era tan idiota. El Hermano J. le hizo caminar, pese al insoportable dolor, hasta que la rodilla se puso como un balón y hubo que llamar a casa, no eran tiempos de Samur y esas zarandajas, para que le transportaran en andas al hospital y pudieran escayolar la fractura de rótula. Le quedó una cojera elegante, liviana, como de polio aristocrática, o de Austria beodo, que nunca llega al climax porque tienen las tripas de cemento. El vino da vueltas y vueltas, se filtra hasta las intimidades de los más íntimos órganos y allí en parte reside, constante y feliz. Se preguntaba, cuando el pobre de la esquina le pedía el bocadillo, que si era el gobierno quien subía el precio del pan, por qué no ponían muchas tahonas, y algo le respondió que los precios los marcan unos señores o señoras desde sus máquinas, como los auténticos dioses. Ocultos y mecánicos, han cambiado su corazón y su cerebro por piezas de hojalata, al revés que el pobre espantajo de Oz, y compraban y vendían sin poner un céntimo ni arriesgar, matando de hambre desde que los faraones comprendieron lo de las tierras húmedas del Nilo, hasta los subterráneos de Wall Street, y esas cosas que llaman futuros, swaps y opciones, algo que los manifestantes ni se huelen, y que a ellos les da igual, porque cuanto más ruido, más nueces. Y se preguntaba por Matrix y por la Red y por las redes, y volvía a encontrar las respuestas en las sonrisas cuidadas -casi siempre- de los anónimos emperadores, porque los otros ya están mal vistos, se les ve demasiado el plumero, sobre todo después de lo de la Revolución francesa, que fue como una tortilla pero de muchos huevos. ‘Vamos a peor’, se respondió, ‘porque cada día somos más’. Y entonces medió comprendió a los visionarios, los que quieren la justicia en el mundo, las pelis que aúnan las galaxias, incluso los mensajes de los grandes, pero enseguida alguien puso la tele y se cambió de habitación, renqueando, para intentar leer. Quería alejarse de las preguntas, como el memorioso Funes de los recuerdos, y al final lo consiguió, pero ya era víctima de una nueva madrugada, que avanzaba a trompicones, con el motor de biocombustible fuera de punto.

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