La luz y las palabras.

Cuando las palabras se fueron –y cada palabra era una cosa o un concepto- poco a poco, con ellas se fueron los objetos que representaban…hasta que no hubo nada… ¿Nada? Fijáos bien…¿Qué queda? Quedaba la luz. La luz paseaba inquieta sobre lo que ya eran rescoldos o fantasmas sin espectro, melodías de notas apagándose, apagándose… Un soliloquio apenas. Y la luz no se resignaba a ser un ectoplasma, aquello que quedaría de algo yerto o ido, porque se sentía fuerte y capaz. Claro que su símbolo estaba en crisis –y qué símbolo, pensaba la luz, no era ya decadente en la era de las componendas y el apaño- pero ella podía recuperarse porque en su naturaleza estaba el Fénix, y en sus cenizas la vida. No quería la luz ser la luz del mundo, ni la luz del hombre, ni la luz del alma; quería ser la luz del aire, para hacer aire y ser aire y la luz de los ojos para mirar por ellos y verse en ellos. Cosas así, sencillas… Pero ¿cómo ser algo si todo se iba y las palabras dispersas se buscaban a sí mismas?, De pronto la luz oyó un ruido y con el ruido brotaron las hojas verdes de un carballo y las hojas pardas de un haya y las ramas duende de un castaño y… ¡claro, porque el sonido era la consecuencia de esas vidas! Y al tiempo vio la luna flotando como un juguete de plata en el vacío que se iba llenando de estrellas. ¡Estrellas! Se le había olvidado que fuera de este mundo hay otros y que la luz lo ocupa todo, incluso en la oscura soledad del sueño. Las estrellas titilaban en un estanque sin fondo, quiñaban unos ojillos inquietos y lejanos que parecían sonreír… Entonces la luz sintió que la llamaban, y miró, miró, y allí estaban todas, todas las palabras… Habían regresado porque la echaban de menos, porque sin la luz qué iba a hacer el torbellino o qué iba a sentir el amor, a pesar de su fuerza, y cómo iba a avanzar el día y cómo iba a esperarla la noche mientras el ruiseñor engañaba a las luciérnagas, y cómo éstas iban a encenderse para enamorar a los reyes y a los piratas, y cómo los altos veleros iban a gritar “¡Tierra!” si no podían ver el sol…abrazando….las copas de los árboles suavemente y posarlas en las cabelleras rojas de un monte nevado. ¡La luz, la luz! Jaleaban, como si ya los diez mil de Jenofonte hubieran visto su mar.

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