El ángel novato.

Cuando el ángel entró en el santuario, tenía la suerte echada. Varias jerarquías superiores hubieran podido anularle, pero esta vez otro fue el designio de Dios. “Pues quieres, habla”, le dijo. Que Dios conociera todo, incluso lo no dicho y lo por hacer no excluía esa costumbre suya de cancelar el tiempo, cosa…desv.en.tur.a.da.. Entonces el ángel , que era jefe de cohorte y apunto de ascender en el escalafón, tembló. Su voz era un hilillo plateado que ascendía hacia el Trono, en cuyo respaldo habitaban los ojos azules y dorados de sus custodios. “Tienes muy mal organizado el infierno”, dijo. Gabriel, el arcángel de minio, y Azrael  y Shafir, los hermanos querubes, rieron. A ellos sí les estaba permitido porque guardaban el sueño de los niños. Dominaciones y potestades aguardaban, tan altos como los pensamientos de un tomista. Un serafín de espada flamígera la alzó y al instante detuvo su gesto, conminado por la mirada de Dios. “¿Organizado? ¿Y eso que significa?”. El ángel tragó saliva, una forma de indicar lo mal que estaba pasándolo y siguió porque era una orden. “Empezaste con esas sangrías bíblica, en las que te disfrazas de carnicero turco, venga a exterminar bípedos y lactantes, y sigues con la historia, la historia sagrada que parece un comic de guerra y la profana que es su remedo. ‘Nada no bélico’, sería el lema”. La ira de Dios se paseó por el anfiteatro como un inmenso mihúra. Alguna de las teologales le toreó, aunque no se supo bien si la fe, la esperanza o el amor que los artistas llaman caridad o piedad quizás, para hacer estatuas. “Si te hubiera bastado…pero acuden tus infiernos también a los lugares donde la gente se divierte. Y no debería haber organización ni infierno más que donde está el dolor y la muerte”. Dios se oreó la barba con un vientecillo de las pléyades y en la punta del bigote enroscó a Casiopea. “Es lo mismo, tunante”, tronó. El ángel, alicuitado, no sabía dónde meterse, claro, porque el ojo de Dios era todos los rincones. “¿Es lo mismo?”, se preguntaba. “¿Cómo va a ser igual el jolgorio que el llanto, la música y el estallido, la dicha y el dolor?”, pero estaba aprendiendo deprisa. Había lugares en los que se acumulaban inmensas bolsas de frivolidad, excesos de lujo y boato y dinero, tiempos de lujuria y de codicia y de pereza, bajo los colores pálidos de un mar gastado. De repente una placa tectónica susurraba al oído de los vencedores que todos somos mortales. Había momentos y lugares en los que políticos o fanáticos, o una mixtura de ambos, provocaba la explosión del mal y con bombas o con veneno torturaban y desgarraban…y ya está  colmado…hasta las heces, y hasta la náusea, de crucifixos y mártires, muchos tan santos como los huesos de las pastelerías… Y de lo que el ángel aprendió sólo una cosa retuvo cuando Dios le envió a un mundo que olía a metano, para oficiar de lavandero de carruajes metálicos, cajas móviles de seres obtusos. Se había olvidado incluso de las razones que fatigaron su libertad, pero no olvidó que al fin y al cabo muchas cosas son lo mismo aunque parezcan diferentes. Y otras son diferentes aunque parezcan lo mismo, sobre todo los percebes gallegos, si los comparas con los marroquíes y las gambas de Huelva si las comparas con las de Sri Lanka, por ejemplo.

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