Masa y misa.

Las manifestaciones en el Magreb y aledaños han parecido extrañas porque en esos países no está regulado el derecho, por ejemplo, a expresar la libre opinión, sobre todo si es para criticar al gobierno. Exactamente lo contrario que en las democracias. En éstas, la obligación de la oposición es criticar precisamente a quien gobierna. Las manifestaciones en las democracias no sirven para nada, porque se supone que el gobierno legítimo, es decir, legítimamente elegido por la mayoría o fabricado por las minorías para hacer una mayoría, haga lo que haga, está respaldado por su legitimidad de origen. Por eso, por ejemplo, las manifestaciones masivas en Madrid contra las leyes de la señora Aido, o el señor Zapatero, sobre el aborto y otras materias que da igual recordar, porque en contra de lo que decía Borges, una cosa sí hay, y es el olvido; no sirvieron, digo, más que para reforzar el ego y el poderío del ejecutivo. Éstos dejan muy atrás el grito simbólico de Fraga: ‘La calle es mía’, secuela del archicomentado ‘monopolio jurídico de la violencia’. El legislativo, fabricado por intereses minoritarios, apoya lo que sea. Y de este modo puede decirse que lo que dice el que manda va a misa, aunque sea ateo, o mejor aún, agnóstico, que quiere decir, el que no sabe, el ignorante. Ir más allá se tilda de antidemocracia, y se reprime como cualquier delito que el poder considere oportuno reprimir, y no lo hace con todos por igual. Y es que el Estado, claro, tiene el ‘monopolio jurídico de la violencia’. Si no, el caos…

Pero si la manifestación -y la devenida revuelta- se produce en países señoreados por las dictaduras, o los líderes populares, o los elegidos en comicios que se presumen fraudulentos, o en monarquías absolutas, entonces está justificada. Quiere significar que el pueblo va a decidir su destino, y que hay que derribar a los mandamases y tiranos. No se va más allá. No es cómodo. No hay que fatigar el intelecto pensando qué puede mover a las masas, y se las considera legitimadas para cargarse el sistema establecido.Aquí el Estado no tiene el monopolio jurídico de la violencia, hasta que llegan los nuevos dictadores, o fanáticos, o salvadores… Irán, por ejemplo. ¿China? No toquemos al tigre…

O sea, que lo que digan las masas vociferantes de los países no democráticos, también va a misa. Las masas, como suplentes de los nuevos amos, tienen de pasada el monopolio jurídico de la violencia,

Entretanto, nadie se plantea si van o no a misa las tímidas protestas por lo que sucede en las regiones explotadas del África subsahariana, donde los genocidios son tan comunes como el hambre y la miseria moral. Nadie se plantea si la eliminación de las favelas en Río o de las chozas en Burundi o la mierda en Delhi o las pandemias infantiles en la mitad del mundo, es algo de lo que las masas vociferantes deberían ocuparse, para que los países democráticos y ricos les den la razón y faciliten la caída de los regímenes que las soportan o no las combaten, digo esas desgracias inhumanas.

Aquí el único monopolio es el de la riqueza, la producción, la energía, o sea, de todo. Excepto de la inteligencia, que cada vez se usa menos, porque como dice Alfonso, es una constante universal y cada vez somos más… a repartir.

 

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