La ciudad reiterada.

LA CIUDAD REITERADA.

A nadie le extrañó que aquellas avenidas de mármol se parecieran a Roma, incluso si desconocían la ciudad de Augusto y de César y de Nerón, un poco antes de que a Nerón se le ocurriera lo del incendio. Pero tampoco les extrañó que sus jardines fueran tan parecidos a los de Versalles, aunque un poco menos franceses y más españoles, o sea italianos, porque así hicieron los de Aranjuez y los de Madrid, cada cual con su estilo y ambos tan lucidos como los sevillanos y un poco menos que los de la Alhambra. Tampoco les extrañó, o no se percataron de ello, de que en las pupilas de uno se veían los reflejos de Segovia y su acueducto y en los de otro los arcos tetraedros de las victorias de Octavio en Cesarea y en aquéllas los mares tempranos de Galicia asomándose a las lonjas doradas de La Coruña o  los perfiles imantados de esas torres negras de París. Yovi sonreía, y los hermanos vieron en su mirada transcurrir las aguas lentas del Tíber por Sant Angelo, y las moles blancas de los palacios cerrados de Islamabad, incluso las ciudades de la selva, habitada por cohortes de sabios simios sonrientes, tantas y tantas referencias que se agotaban una tras otra las preguntas desde el camino.

 

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