El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 95

Ha venido Qi-Qong, la cocinera. Huele a cebolla, suda cebolla, va desprendiendo capas de aliento que se meten en la garganta, aire de cebolla.

 

-¡Eh, tú, espantajo! ¿Qué te has creído? Anda, sacude el culo y tráeme de la huerta los nabos para la cena.

 

Puede que confunda a la princesa con una campesina…Así es mejor. Antes creyó ver en  Li-Tao a un dignatario, que complacer.

 

Li-Tao habría querido que fuera a la inversa. Pero no es posible. Nadie controla, aunque la busque, su penitencia.

 

‘Sería mi nuevo cometido: criado de esos criados que se creen por encima de los criados. ¿Y por encima de los señores? Qi-Qong desprecia a quien toma su sopa, donde escupe cada tarde.

 

Pero hasta eso me parece ahora lejano. Cada instante es eterno, sin embargo, y en esa contradicción conozco que algo muy importante me sucede, algo que nadie puede expresar porque sólo lo siente. Nada más y nada menos que eso.

 

¿Acaso no es la voluntad quien, secretamente, rige las emociones y en ese secreto aceptamos que es a la inversa?

 

Querer ser emotivo, emocionarse queriendo, y en ese círculo asentimos, aceptamos la propia contradicción.

 

Lo único con sentido. Además de la literaria, la gramática del verso, los rasgos que vuelan por dentro, hacia el alma, guiñando una sonrisa a los ancestros.’

 

 

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