El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 89

Del diario de U-Ti.

He abierto el dique de arroz y su ímpetu lo ha roto. Mi alma está ahogada y se ha estallado mi corazón.

 

La juventud sólo se reconoce a sí misma.

 

La felicidad, esa esperanza… Pero no acaba de llegar, y cada paso es inseguro. ¿No podré sustituirlo por la convicción de que no existe?

 

Pero entonces dejaría de ser niña. ¡Y no quiero! Por mucho que pase el tiempo, por mucho que crezca, quiero mantener un punto de infancia en mi vida. ¡Y bebérmela, ávidamente!

 

 

Sin ti los días se arrastran… torpes y lentos, como un lisiado.  ¡Pero los años vuelan como la grulla, alta y veloz! Parecen dejarnos y despedirse. Adiós, no regresaremos nunca.  ¡Pero vuelven!  Y ya no somos los mismos.

 

 

¿Acaso ya hemos de renunciar a la felicidad? ¡Sería como hacerlo con la vida…! Pero ya quedó atrás la infancia, todo se derrumba, nos hundimos en un terreno movedizo, y a veces en un vacío hostil. ¡Qué decepción! ¡Que nuestro corazón ya no rebose fuerza y que poco a poco se olvide también de la ternura! Pero, entretanto, el ardor de mi juventud me posee como un dios, poderoso, inevitable. Y lo demás se ve lejano, o se ignora. ¿De qué sirven los consejos, o las máximas o la palabras bienintencionadas de los mayores? ¿No vivieron ellos ya su vida? ¡Que nos dejen la nuestra! No es egoísmo. No. Es la ley de la naturaleza, el karma, el destino.

 

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