El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 81

 

Estás en mis palabras, Li-Tao. No puedo rechazarte porque me hablas.

 

No me entristece el dolor, sino por qué lo siento: porque se ha derrumbado mi casa, y vivo a la intemperie, sin conocer a nadie en el camino, sin que apenas nadie me mire. Y los de dentro sólo lo hacen para sonreír estúpidamente diciendo: ‘Mira, no sirve para nada. Hasta su techo se le cae encima, y lo soporta como un pájaro muerto’. Y una cosa se me ha muerto, sí: la fe; ya nada creo. Y con eso dejo de creer en mí y en mi esperanza.

 

-¡No! ¡No voy a dejar que te lleve ese viento! Porque lo hará más allá del horizonte, y no podré hacer llegar allí mi barca. La fe es una mano y una sonrisa. No es ningún extraño rito, ni el secreto de un alquimista. La fe es esperar. Y mientras hay vida, esperar se hace necesario. Tanto como respirar.

 

-¡Es tan fácil decirlo! ¡Pero si yo apenas deseo nada más que una palabra y un tacto, de ternura! Sin ello, ¿para qué vivir? Será un castigo ver amanecer. Una pena que no se extingue porque la lleva consigo cada instante. Y al mismo tiempo…¡está tan cerca la redención!

 

 

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