El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti) 71

Los poetas deberían desterrarse, había dicho el griego. Pero Li Tao sabía que aquel no era un sentimiento creador. Era la destrucción. Y eso era lo abominable, lo que debería ser desterrado, lejos del Imperio y de su alma. Pero, ¿por qué los dioses permiten ese sufrimiento inútil? ¿Por qué dejaban que se construyeran vidas dentro de las vidas, como los magos que guardan esas cajas de colores que guardan otras cajas y a su vez contienen otras más pequeñas…?

 

-Los dioses se ríen de nuestros pesares. Los dioses no sufren, desde luego. Sus lágrimas son la lluvia y su ira el trueno. La tempestad y el terremoto son consecuencia de sus disputas. Cuando les invocamos, miran hacia otro lado, por si alguna súplica llegara a sus oídos y sintieran la obligación de ayudarnos. Los dioses nos odian, U-Ti, y tarde o temprano todos lo sabremos con certeza.

 

Esa noche, Li Tao temblaba al escribir su diario del arroz florecido. Sabía que ya no importaban sus versos, y crecía en su mente la certeza de que esa era la única realidad de la vida. Pero Li Tao no iba a dejarse morir, en esa forma de muerte que es la misantropía y la nostalgia que enerva el ser. Porque al mismo tiempo estaba seguro de que también sin ellos la vida carecería de sentido. Cada línea de su pincel estaba trazada para alguien, aun después de que el tiempo la borrara, como miradas del sol.

 

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