El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 64

 

Ya no podía serle dulce la venganza. Lu-Buwei había dejado de pensar en ello, porque su ambición era mayor que el amor que sentía. Yirem le había humillado, y sólo los dioses podrían trazar un camino distinto al que le obligaban a transitar. Por un instante, que fue eterno, pensó en la muerte. Luego en la rebelión. Era muy pronto para ambas cosas, que se hermanaban como un dragón bicéfalo en su paladar. Bebió demasiado aquella noche, la última junto a Xi-Huá. Por la mañana le dolía tanto la cabeza que llamó al sangrador.

 

-Libérame de esta ponzoña. –Tendió el brazo mostrando las venas azuladas bajo la piel-. Los criadores de sake son expertos en veneno, al parecer.

 

El médico le miró los ojos, palpó su hígado, le hizo sacar la lengua, y preparó su saquito de remedios.

 

-Una infusión sencilla. Las hierbas del beodo –guiñó un ojo, irrespetuosamente- así las llaman, y por algo será.

 

El valido del príncipe rehén –o sea la mano derecha de una estatua- no tenía ganas de sonreír, aunque apuró la copa de un trago.

 

-Y a dormir la mona, que es una de las caras del Buda. Mañana será otro día.

 

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