El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 62

El Palacio de la Montaña era, sobre todo, un lugar sagrado. Los monjes, cuya túnica Buda pintó con el color de las dunas en el ocaso, paseaban en silencio, invocando cada hora el mantra de la plenitud. Nada podía turbar aquella paz, nada que viniera del exterior, porque la tormenta y el águila eran parte del templo. Pero a I-Qin le inquietaba una sombra que procedía de su alma, el paso del tiempo.

 

El maestro zen apartó las varillas del I-Ching. Con gesto duro recriminó al emperador.

 

-¿De qué te sirve conocer el futuro? Es el pasado lo que debe enseñarte el camino. Y el presente lo que debes vivir con plenitud.

 

El gran rey esbozó una sonrisa de niño ante un ayo severo a quien, sin embargo, amaba.

 

-He visto mi vida, Xe-Nung. La he visto doblando el recodo del Yang-Zhé, y cuando quise recuperarla se había ido, corriente abajo.

 

El maestro suavizó el gesto. Golpeó una mano contra otra, en un movimiento rápido y seco, como en los inicios del ritual Kung-Fú.

 

-Pues hecho está. Nada más tienes que saber. Has llegado a la cima y ahora desciendes. Lo harás hasta el último de tus días; no podrás regresar a la cumbre ni doblegar el agua del río. Te espera el valle, al fondo, como a todo el universo, que inicia y acaba sus ciclos, sin excepción.

 

-¿Y la inmortalidad?

 

Xe-Nung lanzó una carcajada.

 

-¡Una tara de los dioses! Ni más ni menos. ¡Ya quisieran ellos compartirla! Pero no pueden… –Se reclinó en el banco de roble, como cuando va a narrar una historia- Verás, esto le pasó a un diablo del norte, que robó la inmortalidad: envejecía y envejecía, pero no podía morir. Su cuerpo era una masa inerte y su espíritu un vacío en la sombra, pero estaba vivo… Porque no pudo robar la juventud… Y de haberlo hecho… –golpeó de nuevo la palma de su mano- Pues de haberlo hecho… peor aún… porque todo a su alrededor cambiaría, excepto él mismo, y ese castigo es el más duro de todos, el peso de la piedra entre los ojos, cuando se detiene el tiempo y la angustia precede a la ansiedad, una cadena de males.

 

-Pero, ¿por qué, maestro? Si eso alcanzase a muchos, sería su bien.

 

-Te equivocas. Eso pensaron los dioses y de nada están más arrepentidos… Tanto que alguno ya ha renunciado a ese llamado don de la inmortalidad…

 

I-Quin le interrumpió.

 

-¿Dices que hay dioses entre nosotros?

 

El viejo sonrió.

 

-Mi señor –Alzó los brazos y agachó ceremoniosamente la cabeza- claro que sí. ¿Acaso no te  habías dado cuenta? –Apuntó con el índice el pecho del rey, justo en la botonadura de marfil que representaba el doble rostro del viento. ¡Tú eres uno de ellos!

 

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