El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 61

-Luego, luego… Cuando sepamos de qué hablarle, claro.

 

Llegamos a la empalizada. Un silencio espectral rodeaba las montañas, en cuya cima piaba el pollo del halcón. El murmullo de los dragones dormidos surgía con su aliento. Jade se asomó. Dio un respingo y estuvo a punto de caer hacia atrás.

 

Ya iniciábamos la huida de nuevo, cuando se detuvo.

 

-Esperad.

 

Y se asomó cautamente, como el galán que corteja a la doncella sin permiso de su aya. Un buen rato después se volvió hacia nosotros. Movía la cabeza, balanceándola como si regañase al destino.

 

-Con que era eso… El ejército de Zhuang.

 

Xi tenía los ojos abiertos como dando de beber a la luna. Yo estaba mudo, y sentía frío.

 

-¿Qué van a  hacer, amita? ¿A qué esperan los soldados?

 

-No sé… Quizás la magia de Qui-Xú, y su vara de fresno untada en la sangre del unicornio…

 

-¿El gran mago? ¿Para qué necesita un ejército la vara del mago? Su magia son las ballestas y las espadas…

 

-Tal vez para vivir, mi niño… Para darles la vida…

 

A mi hermanita Xi y a mi se unieron pronto los chicos de la pandilla. Íbamos a ver el ejército dormido, que aumentaba sus efectivos constantemente. Aprovechamos las fiestas de la luna llena, cuando un riego de plata enlucía las corazas de los guerreros. Algunos nos sonreían.

 

-Parecen contentos, Li-Tao. ¿Verdad? Quieren honrar a su señor.

 

Yo también quería hacerlo. Pronto mi padre iba a mostrar el camino que debería recorrer hasta que la edad tercera sobreviniese, un día en que las facciones que albergara el espejo me mostrase el rostro de lo desconocido.

 

-¿Y si viene ahora Qui-Xiú, y se ponen todos a andar?

 

Salíamos corriendo en cuanto la luna ocultaba su descaro tras las nubes bajas de la montaña. Desde casa continuábamos mucho rato con las manos unidas, comunicándonos el miedo y la esperanza. A lo lejos se escuchaban, como el eco de un alud temprano, las voces roncas de los obreros, satisfechos tras la cena de mijo con algas, carne de faisán dorado y sake maduro, la bebida que hace hablar a los lagartos. Xi me miraba antes de soltar mi mano, sonreía y se quedaba dormida.

 

Yo era el mayor, el guardián del hogar, un guerrero que ansiaba aprender los secretos de la palabra, el trazo del viento en la hoja de arroz, la tinta indeleble que transmitía los nombres de las cosas.

 

 

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