El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 57

El Consejero Sing fruncía el ceño, estirando sus largas cejas, mientras observaba con la mirada tensa el arrugado pliego de arroz. Sus manos de oso lo presionaban, como si fuera a extraer el jugo de los granos lavados en las cataratas del Ping-Yian.

 

¿Quién sería el destinatario de la carta que U-Ti había enviado? Sólo pudo recuperar el inicio, una lánguida reflexión impropia de la princesa imperial. Sin embargo no podía dejar de sentirse humillado, porque albergaba en su interior la esperanza. Demasiada concesión para una mujer, aunque tuviera sangre de dioses.

 

Desplejó la hoja, recorriendo en silencio el ordenado hang-hu:

 

‘El amor me produce tristeza. ¿Será siempre así? He preguntado al maestro Zen, y con un gesto que abarcaba los cuatro puntos cardinales, respondió: ‘Lo es. Porque teme no ser totalmente correspondido’. ¿Y ese vacío –quise indagar, a lo que repuso: ‘La paradoja del alma, tan llena’.

 

¿Hasta dónde y en qué direcciones habría llegado ese amor? Lo averiguaría, y pondría nuevas tablas en el puente que cruza la ansiedad.

 

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