El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 54

 

De U-Ti a Li-Tao

 

El emperador ha despedido a los hijos más pequeños de la diosa del fuego, cuyo valor asombra al sol y es el espejo de los otros dioses. Porque ellos han subido a la nave de velas amarillas, cuya proa embiste el agua como el unicornio los ríos de plata que esconden la inmortalidad.

 

Los inmortales viven en la cuna del sol. Mi ama dice que, cuando era niña, su tatarabuelo, un ancestro rubio, con los cabellos en llamas, recorrió las estancias del dragón. “Busco mi origen”, decía, y se golpeaba el pecho con unos puños transparentes. El más anciano de la Corte le llevó presentes, de entre los que destacaba la piedra rosa de la vida. Al verla, el diablo blanco contuvo su respiración. Mi tata dice que en ese instante se detuvo el mundo, y la noche cubrió la tierra, como bajo el manto azul de mi lecho. “Es el ojo del dragón”, musitó, y tendió su mano para asirlo; pero en ese momento la piedra saltó de su recinto y golpeó el puño del inmortal. De entre sus dedos brotaron ríos de lava, y comenzó la hora del mar.  Olas como montañas se alzaron sobre el palacio y todos perecieron. Todos, excepto una niña recién nacida y su aya, que habían subido a la Torre del viento, para la ofrenda de las nubes.

 

-¿Y la piedra-ojo del dragón?

 

El inmortal la arrojó a las aguas y se deslizaba como un junco hacia el este. Allí se encontró con su dueño, justo antes de que comenzase la guerra de los siete señores.

 

–          Uno de ellos fue el abuelo de tu abuelo, cuya edad se pierde en el tiempo.

 

 

Envió un barco a la búsqueda de las hierbas de oro, que hacen invulnerables a los dragones e invisibles a los hombres. Eran jóvenes vírgenes, y así deberían mantenerse hasta agotar su misión. Nunca regresaron.

 

El ama me enseñó el pan de oro sobre el que orfebres antiguos dibujaron el mapa del otro mundo. ‘Es como ese cielo, inaccesible, alto y lejano, en el que, sin embargo, estamos inmersos’. Yo no la entendía. Tampoco comprendí el mensaje escrito con los signos de Shen-Zhu, el elegido:

 

‘Son tres las consignas que

devuelven tus dioses. La primera,

no somos lo que crees. La segunda,

vivir no es vivir. La última, nos

la reservamos para cuando llegues’.

 

-¡Pero no llegaría nunca! ¿Y cómo puede haber un mensaje si ellos no regresaron?

 

-Eso no importa. –El ama guiño su ojo izquierdo, y yo sonreí, porque con ello se le alzaba la oreja y el pendiente de oro que atendía los rumores de un jade tallado al extremo de su cordón de plata-. ¿Acaso no recibes tú los mensajes de los sueños?

 

Algo me dijo que todo era inventado. Pero no importaba. La vida también era oscilante, y la verdad un espejo. Algo me decía que sólo valía la pena ser para otro. Aquella noche sentí mi cuerpo albergado por una placidez de seda.

 

 

 

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