El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 46

Ser funcionario del Emperador tenía un sentido específico;  era un sacerdocio,  una dedicación al dios,  pero también una posibilidad singular:  la de acercarse a la sabiduría,  dedicando las horas al estudio,  lejos de las banalidades que,  como fruta verde,  atraían tanto como enfermaban.  Los Maestros,  cuyos largos años de solitaria y excluyente dedicación justificaban ab initio el apelativo,  sonreían con un enigma alquímico en el rostro,  sabedores de que la transformación de plomo en oro es menos valiosa que la permutación de la ignorancia en conocimiento.  Ellos descubrieron que la piedra filosofal es el buen hacer de cada jornada.  Pero no cualquiera,  sino el actuar selectivo y organizado,  que excluye,  tras laborioso discurrir de las edades,  lo inútil,  lo accesorio, lo impertinente, lo hostil.  A eso conducía, tras los lentos años de adiestramiento total,  la dignidad del funcionario poeta del Gran Dios. Difícil es por ello que entre los funcionarios surjan líderes –esos conductores de masa inerte o hueca-  pues les basta con conducirse (después de hallarse) a sí mismos. Tampoco surgirán rebeldes,  excepto por lo que atañe a la crítica del gobierno y las ideas,  animales blandos pero venenosos como el Ung-Zú,  o pez globo del abismo,  tan preciado por los cocineros Sing y los gourmets del alto Jai-Pan. Por eso,  y porque el deseo de saber tenía un doble objetivo tan divino como insuperable:  el alcanzar la fuente de la verdad y el beber de sus aguas para morir en paz,  nada podía entusiasmarles tanto como su propio trabajo ni consolarles más que su esfuerzo permanente,  tan lejano de  los arañadores de privilegios o  estudiantes forzados, a cambio de una sinecura,  a deglutir sin saborear los saberes. En esto se distinguían,  con el rechazo de tantos,  a los demás.  Y de ahí les venía también un cierto despecho,  una superioridad no siempre comprendida.  Pues, ¿acaso debe aceptarse de buen grado esa mirada dentro de la mirada que parece indicar todos los males y desdenes del mundo y un conocer más allá del hábito y la forma? Era, en suma, una secta. Pero también lo era la elite de los universitarios, tan pagados de sí como de los errores que mantenían durante siglos, hasta que la necesidad de luchar contra los enemigos más avanzados en sus técnicas de guerra,  o de combatir el ingenio de sus competidores,  les obligaban a pensar.  Lo dijo Siu-Siu,  el genio de los vientos: ‘En la Tradición está la semilla de lo nuevo. No mantengas sólo por mantener,  ya que transformar puede ser el único arte’. Y sectas eran los burdelarios de los centros religiosos,  en los que doncellas arrancadas de sus hogares aprendían el oficio de la seducción y llegaban a ser las más cotizadas de las amantes.  Dicen que de uno de ellos salió la Emperatriz Takochi,  mítica impulsora de la elaboración de sedas y las labores de terracota tallada. A veces nada había tan amargo como ese sentirse diferente,  aislado hasta un punto tan amargo como la tristeza ajena.  Pero junto a ello el consuelo eficaz de saberlo irremediable y compartido por aéreas visiones y fugaces encuentros.  Aquéllos en que confluían vidas alentadas por fuerzas semejantes,  pese a la tentación permanente de pensar que nada podía,  en fin  comparárseles.  Y no era simple vanidad,  pues ésta procede de la autoconsideración como algo superior e inmejorable,  sino de una suerte de vanidad unida a la revelación de una verdad intransmisible pero sentida. Algo que les convencía y convertía en seres distintos.  Todo en el mundo, incluido el desorden o el vacío,  cumple con su misión y ocupa su lugar.  Nada pues es despreciable,  excepto la estupidez,  propia sólo del hombre,  contra la que los dioses  han perdido innúmeras batallas,  desde aquella proteica en que gustaran hacer un ejercicio de fallida semejanza. La única y definitiva estupidez de los dioses.

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