El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 44

Cuando despierto me doy cuenta: es por Li-Tao.  Él podrá acceder a ese rango hasta ahora exclusivo de las familias Chang. Él será un príncipe,  si no yerra mi maestro del té, el más sabio de los hombres,  después de mi padre, el divino Emperador, y de mi hermano,  su heredero.

 

Pero un sentimiento me estremece: ¿Pensaré así llevada de mi afecto? Porque nada es tan evidente como el error de quien juzga lo que ama.

 

Si me equivoco, o si el Tiempo no se hace aliado de nuestro tiempo,  nada podrá fecundar las mieses de nuestros campos.

 

He pasado a saludar a mi padre. Está dibujando con lenta pluma,  coloreada.  Una luz iris atraviesa los ventanales. Son las piedras de colores que forman el arco del cielo. ‘El hombre se diferencia de los dioses en que puede mejorar su naturaleza,  y hacerla social sin dejar de ser única’.

 

-¿Qué es esto, padre?

 

Hay una curva de nostalgia en la frente noble del Gran Señor.

 

-Esto es una revolución, mi taza de leche.

 

-¿Y qué es eso? –le pregunto.

 

Mi padre me abrazó suavemente. Yo me sentí muy niña, tan feliz, protegida como un cachorro de tigre.

 

-¿Recuerdas aquella fiesta, más allá de los muros de la Ciudad, cuando estallaron los cohetes del pueblo?

 

Fue espantoso.  Ardieron cientos de casas, hubo muchos heridos.  Sí, lo recordaba.  Se iluminaron durante dos días con sus noches los arrabales del palacio.

 

-La pólvora no es un regalo de los dioses,  ni el sueño del rayo.  Es el comienzo de una carrera sin fin por el dominio de la materia… y su destrucción. Pero –había un eco oscuro en la voz del Emperador- así lo han querido. –Elevó al cielo sus ojos negros y brillantes, y comprendí que se refería a los habitantes del Cielo, señores de los señores del mundo-. Y nosotros hemos de cumplir nuestra misión:  dar a los hombres  la materia y el conocimiento que los libere o los destruya.

 

Había un gran peso sobre los hombros de mi padre.  Yo lo vi,  físicamente,  una sombra de plata que procedía de otro cuerpo, idéntico al suyo,  que era también él mismo, pero que parecía observarle.  La visión, tan fugaz,  me fascinó.  Salí sin decir nada.  No pude.

 

 

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