El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 43

LA VISITA DEL GRIEGO.

 

Del Diario de U-Ti.

 

El Primer Ministro ha recibido en la Sala de las espadas a un sabio del lejano occidente, un maestro de las islas que llaman griegas, donde los gigantes cruzan el mar a pie. Es un hombre atractivo, de mirada azul y cabeza esculpida al viejo estilo Bon-Zai, que encierra en lo menos lo más y en lo más lo menos.  He asistido,  desde las celosías del  atrio,  a las conversaciones con los maestros de mi padre,  que traducía un  joven explorador de tez oscura, cuyos ojos conocen el nacimiento de los ríos de perlas. El griego se llama serpiente en el campo, que es el poder de curar y el poder de matar de la naturaleza: Pitágoras.  Dice que el hombre es la medida de las cosas, y el custodio del tesoro imperial ha sacado la espada de dos filos para rebanarle el cuello, porque todos saben que es un insulto al divino emperador, único entre los esclavos y los hijos de los dioses que puede medir el mundo.  El negro de los ojos brillantes le ha detenido con un gesto de magia,  y la espada se ha derrumbado con estruendo.  El maestro de la palabra ha explicado que en occidente la imperfección raya en locura,  y  que sus mentores deben ser tratados con magnanimidad por quienes conocen que no es ir hacia adelante en el conocimiento del universo renegar de la tradición.  Yo no le entiendo, porque sus expresiones son oscuras,  y tienen la belleza de una noche insomne mirando el cielo.  Mi camarera me dice, al desvestirme,  que un  cuento rural habla del diablo griego de pelo cano,  fecundador de las mieses.  Yo deduzco que al eliminar parte de la perfecta cosmogonía de oriente, acabada como una constelación,  puede suceder lo mismo que al suprimir los rituales de la voz,  que se abra la comunicación a lo vulgar.  Se lo he dicho a mi maestro del té. ‘La cultura se dinamiza –me explica- porque ya no está reservada, como en los tiempos antiguos.  No es malo que todos puedan elegir, de vez en cuando, algún alimento. Pero descuida, mi princesa. Pasarán miles de siglos y el hombre,  aun conocedor de lo bueno, seguirá optando por lo peor.  Eso continuará dando sentido a la aristocracia, que ya no será únicamente de la sangre’.  Me ha alegrado escucharle, aunque no sé bien por qué.

 

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