El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 40

U-Ti preguntó.

-¿Y los otros inmortales Hsien, Maestro?  ¿Podrá Hu-Sien-Ku,  la bella muchacha,  cargar esa enorme flor de loto que lleva a su espalda durante toda la eternidad?

-Sí podrá,  mi princesa.  Y de esa flor dependerá el ritmo de las primaveras.  Este cielo tan azul que hiere la vista y esa luna brillante y el aire claro y fresco salen de los pétalos de Ho.

-Nuestra ciudad fue soñada por el dios de las artes.  Por eso pueden hallarse por doquier grabados de madera, biombos pintados,  linternas de colores,  preciosas piedras decoradas  y la cordialidad del artista, quien conoce que el tiempo es un aliado de la creación.

La ciudad se aquieta en los hogares sencillos pero dignos,  con sombreados patios interiores  donde abundan  las plantas  y  las peceras y en las que se recogen frutos y vegetales.  Las colinas envían su brisa cordial y los hombres respetan la ley.  Santones y magos conviven con ascetas y monjes -que habitan los monasterios algo apartados pero no separados de la urbe-  vendedores, coleccionistas, actores, artesanos y labriegos que traen su mercancía cada semana.  El campo rodea la ciudad por doquier,  y es mimado por todos.  También hay pillastres y magistrados  -condenados a entenderse-  y gentes que siegan  con  placer los trigos ajenos para destruirlos. Pero todo lo compensan los hombres y mujeres libres,  cuyo comercio es parte del bello pecado compartido.

Caminan por una avenida amplia,  por la que pueden correr juntos tres grandes carromatos. A U-Ti le maravilla esta libertad, tan ajena a la dorada cárcel de los palacios, cuyos fosos y murallas son en parte simulados por los brillantes pabellones de vidrio arcoiris.  Todas las casas son bajas  -sólo el Emperador puede construir más de un piso-  y por ello ocupan una grande y armoniosa superficie.  Sucesivas puertas con arcadas conducen los caminos interiores de la ciudad hasta las Terrazas del Pueblo,  una colina artificial  -construida sobre otra natural-  desde la que se domina el prodigioso valle del Yantz-Tse  y el  palacio de U-Tang.  Desde allí, respirando el nuevo viento del sur,  U-Ti inunda sus instantes de una plenitud diferente,  que nunca olvidará.

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