El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 39

El joven no la había entendido.  Sacaba una pequeña pieza de plata para pagar un ramo de omipashi,  pequeños capullos amarillos.  Lo ofreció a Ki-Chu -él no podía galantear directamente a la princesa- diciendo:

 

-Lo llaman la mejor de las flores.  Pero quien le puso el nombre aún no te conocía.

 

La esclava rió, tapándose la boca con una mano.  Con la otra tomó el ramillete,  una esfera de oro.  U-Ti había enrojecido hasta la raíz de sus cabellos,  sin desviar ni un segundo la mirada.  Pero en su mente bullían las escenas felices del biombo azul:  un enjambre de muchachas cortejadas por los vendedores de cáñamo junto al lago.  Al doblar un recodo de piedra,  bajo un sicomoro,  dormitaba un anciano.  “Parece un viejo Buda”,  pensó U-Ti.  A su lado, en una silla de bambú,  acariciándose levemente con un abanico de hojas de palma,  soñaba quien debía ser su esposa.  A lo lejos,  los tejados de oro del Palacio Imperial,  una joya engarzada en los bordes purpúreos del cielo.

 

-Nuestra ciudad es un regalo de los dioses.  Nunca han visto nada igual los ojos humanos  -recitaba a su lado el Maestro de la Palabra.  Mira la fuente de jade,  con su cinturón azul y los cedros milenarios que observaron la venida del primer Hsien.  De sus copas surgió el primer Paraíso,  el K’Un Lun que gobierna la diosa-madre del ocaso,  Si-Wang Mu;  allí esperó al dios de Oriente, su esposo Tung,  quien trajo el secreto de la longevidad de uno de sus viajes por el cosmos.

 

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