FIRE.

Cuando terminó la jornada, el rebelde con causa se desplazó al fondo de la nave, extrajo con mimo el cigarrillo del paquete rojo y blanco y lo prendió inhalando despacio el humo con todos sus componentes maravillosos. Desde la prohibición así se le antojaba lo que antes era rutina, y aguardaba la hora del cierre como el preso de seguridad máxima el momento del bis a bis. En eso estaba, disfrutando de poco más que la nada, como si fuera el todo, cuando sonó el teléfono. Ese pelmazo que quiere controlarlo todo, voy a ver. Se dirigió a la pequeña oficina despacio, pensando que bien podía haber llamado el jefe un par de minutos más tarde. En fin. Dejó la colilla humeante al borde de una mesa, aguardándole. Cuando colgó la había olvidado. El rescoldo prendió enseguida sobre unas virutas, en la zona de corte de madera, y las llamas alcanzaron los estantes bajos, con productos inflamable, los barnices, sprays para teñir las tablas, botes de pintura. Una explosión y el humo le alertaron, ya tarde. Sacó el móvil, lo guardó y extrajo de la pared un extintor. No funcionaba contra aquel fuego químico. Rápidamente se extendieron las llamas, y el guarda se asustó. No estaba allí para hacer de bombero, sino para vigilar las ratas que de madrugada deambulaban por los alrededores con furgonetas preparadas, para robar lo que pudieran. Se había sentido siempre seguro, incluso cuando redujeron el turno y ya estaba solo. A su compañero le habían trasladado, por hacerle un favor, a la sección de transporte de material. Nunca le había gustado el fuego, pero aquella noche le pareció especial, hipnótico, como si le hablase. Las llamas crecían, y cuando las explosiones aumentaron salió corriendo. La nave era enorme, y estaba desentrenado, así que tardo varios minutos en alcanzar la puerta de salida. Presionó la barra. Estaba atascada. Buscó entre sus llaves, y cuando ya le alcanzaba el humo, giró el pomo de la cerradura. Una oleada de aire gélido entró en el local, que aparecía iluminado al fondo, abriéndose camino hacia todas partes una luz asombrosa, que cubría poco a poco los rincones, creando unas sombras danzantes, como fantasmas. En la cercana carretera se habían detenido varios coches, y los conductores miraban fascinados. Alguien avisó a los bomberos, que durante toda la noche, mientras él tiritaba con el plasticucho del café en la mano, vertieron toneladas de material sobre la cubierta calcinada.

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