Las cuatro viudas de S.A.

Cuando Soterio Álvarez se murió, sus viudas acompañaron al féretro del bracete, como buenas amigas. Hasta ese momento sólo se habían conocido de oídas, que en el caso de las mujeres es más que suficiente. Aparte de maldecirlo -como hombre que era- y aprovechar sus pensiones, nada tenían en común, en apariencia. La primera, Asunta, se le subió al cielo una tarde de primavera, cuando adolescente, y ya no le dejó hasta la primera madurez, con su hijo Jacobo. La segunda, Beatriz, le acompañó a los infiernos y allí le dejó poco después, con su hija Jacinta. La tercera, Casta, le conoció de visita a la mancebía, tan antigua como el grito del lobo, y aunque puta, fue la mejor, porque al menos no se avergonzaba de cobrarse. Su hijo, Jonás, desapareció en un ballenero, cuando le dieron el Erasmus para la Universidad de Tokio. Y la última, que se sepa, Diana, le pescó en una cacería, cuando suplía la escopeta por la caña con cebo, que para el caso es lo mismo. Puso Jimena a su niña, porque siempre le gustó el Mío Cid. Como la última se encargaba del féretro y de organizar las exequias, las otras pusieron las flores y una docena de misas, porque lápida y cenicero ya lo daba el seguro, una Mutua que de Virgen de los afligidos había pasado a llamarse Descanso postrero, que sonaba más moderno. Soterio Álvarez se habría puesto contentísimo de haber podido verlas, de cuatro en fondo, agarraditas como las coristas de la primera fila en el Moulin Rouge, venga a divulgar las excelencias del muerto. Y es que hasta ese momento nadie se había dado cuenta de lo fetén que era. Sus amigos, el del quiosco y el de la papelería, a los que era adicto, comentaban sus últimas palabras: “No hay quinta mala”, con media sonrisa de torero recién corneado. “¿Tanto te gusta la E? Porque tocaba Elena, sin hache, y tal vez Judas, para completar. Los nombres en jota eran cosa suya, de él, porque decía que esa letra simbolizaba los más suculentos verbos del diccionario de la real calle: joder, jorobar, jibar, jamar, jugar, incluso jipiar y jubilar. Incluso sustantivos de gala: jardín, jarana, jumento… Algunos residuales y desdeñables, como jabón, pero de poca monta, ya digo, antinaturales. Y el orden de las damas, a,b,c,d, era puro como el latín, sin la contaminación griega de la gamma, alfa, beta, gamma, delta, épsilon, porque Soterio nunca comprendió a los gatos, por muy pequeños tigres que fueran, ni a los gallos, con su canto ridículo, sus espolones de enanito rancio y su cresta prestada por el dragón. Tampoco entendía el bombo de los girasoles, tan pedantes, ni siquiera en el lienzo de Van Gogh. Las cuatro damas negras sonreían, con su puñadito de tierra en la mano, sólo que Soterio no fue enterrado, sino depositado en su hornacina, bien cubierto por el granito y a salvo de la corrupción, pendiente del último Juicio, que siempre había considerado su vástago postrero. Así que, mirándose a hurtadillas, soltaron la arena en el suelo, dejando un rastro de hormigas, y quedaron para un bocata de calamares y caña doble en El Brillante de Atocha. “Es por ella -dijo Diana señalando con su uña roja hacia Beatriz- tiene que coger el AVE de las cinco, y le pilla al lado”. Eligieron una mesa a la sombra, pero buscando el sol, mientras el camarero aguardaba, paciente y sudoroso, para llevar lo de siempre. Masticaron y deglutieron en silencio, con algún leve gesto de ansiedad, porque habían sido demasiadas emociones juntas: las obras del Ayuntamiento a la puerta de la Sacramental, que obligaba a encontrar un acceso misterioso a la vuelta, el encuentro con los hijos -excepto Jonás, que aún habitaba en el seno de la ballena- y su desaparición una vez tramitado el responsorio, el vahído de una espontánea joven y morena, con pinta de bailarina y una incipiente barriguita, consolada de inmediato por una par de voluntarios, y, en fin, el traslado de los restos, cuya inhumación mínima aún resultaba extraña a las tías de Soterio, que le habían reservado un mausoleo a todo mármol en el pueblo. “Madrid es otra cosa”, consolaba el quiosquero, aludiendo a la carestía del terreno, y a lo directo de las costumbres, ya que prevalece la incineración sobre la preservación de la osamenta, que con el tiempo viene a ser lo mismo. “Pulvis et in pulverem reverteris”, añadió el librero, que había pasado una semana en El Sahel y estaba de arena hasta el moño. Las tías, de peineta y velo negro con encajes, asentían, que era lo suyo, mirando de reojo a las viudas, reafirmadas en su frente común. “Póker de damas”, susurró Jacobo, observando a Jimena con cara de incesto. Y le pareció que aquella era una jugada insuperable.

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