El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 32

¡U-Ti, amor! Humedeció el pincel en la tinta. Con trazo experto, cincelando los signos de acuerdo con la permanente belleza de los ideogramas, Li-Tao reanudó su escritura.

-Pronto tu vista será aguda como la del halcón  y habrás extraído de la escritura la educación que no se altera.

El maestro de la caligrafía consideraba de mala educación no escribir perfectamente. Teniendo en cuenta que sólo una de cada diez mil personas conocía la escritura, esta opinión reflejaba un evidente pesimismo.

A través del ventanal, el río descansa. Sus puentes de mármol blanco se detienen en las aguas sin fondo del Hanho.

Debe prepararse concienzudamente. Pronto los visitadores del Emperador le convocarán para su graduación como loytia, un grado de funcionario distinguido, sólo superado académicamente por el de maestro.

Pero este honor inmenso es apenas una sombra de lo que siente por U-Ti. Recuerda, o sueña tal vez con el viejo Je-Chu de los tristes:

Desconozco, Señor, lo que me pasa,

mas te diré, por hacer más comprensible mi estupor,

que ignoro la raíz de esta tristeza: solo sé

que me invade y seca todas las plantas de mi huerto

como un fuego helado, como una niebla densa.

Por eso escribe, con el temblor del ocaso entre los dedos, con la complicidad  de los ojos que dan la respuesta desde lo alto del tiempo.

Para que no digas

que el silencio es mejor cuando sonríe,

echa aquí un vistazo, bajo el aura

levemente azul de la noche,

y contempla mi alma lejana, entristecida

desde que falló el universo

en la diana de los dioses.

A veces un viento basta y tornan las palomas,

otras ya es tarde incluso para el alba.

¿Qué habrá de fuerza en le hastío

que duele tanto y tanto, chirriantes

las corolas levísimas del mundo?

Un ramillete de aquellas dulces violetas olvidadas

cuando yo descubrí el resorte del secreto,

y la caja del sueño despertó, casi niña,

hiriéndose de nubes los párpados,

rechazado el paisaje quebradizo del otoño

en el inmenso golpe de la carne

lacerada de mente y circunstancias.

¡Oh, dios, mi dulce libertad,

la paz de la muerte,

el tiempo asido a la memoria

con el seguro aliento!

Nada quiero ni espero,

nada deseo. Nada tengo.

Soy el Buda Feliz, un ignorante

pasadizo de recuerdos

que se cruzan como alas.

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